La trampa de Spotify

El día nueve de este mes, parece que fue ayer, Apple ofició el último de sus posmodernos oficios religiosos para anunciar la puesta en el mercado de un puñado de nuevos artefactos carísimos. Además de la clásica edición anual de su teléfono, se sumaron a Samsung y otras marcas en el desarrollo de relojes ultramodernos con los que dar un pasito más en el proceso de conectarnos permanentemente a internet. La suma de Apple a la pelea de los smartwatch contra las gafas de Google por ser el aparato que se lleve internet de nuestros bolsillos (smartphones) a situarlo a un golpe de vista es suficientemente interesante como para que los amigos de Beat the Byte le dediquen un artículo algún día, y desde aquí les lanzo el guante para que lo hagan. Pero como esto (a veces) es una sección de música, lo que nos interesa es el tercer gran anuncio de la santa manzana: la inauguración, gentileza de U2, del mercado del spam musical.

No, no voy a escribir el enésimo artículo sobre la decadencia de U2, las perspectivas que este “regalo” abre en el negocio de la música o las manadas de histéricos obligando a Apple a que quiten ese maldito disco de sus teléfonos. De eso ya se ha escrito mucho (imprescindible este artículo de Raúl Minchinela) y precisamente eso ha sido lo que me ha hecho reflexionar un poco sobre lo que ha cambiado el negocio de la música en los últimos años y, lo que de verdad importa, lo que ha cambiado nuestra manera de escucharla.

Hace diez años, cuando ahorraba un poco de dinero me gustaba comprarme algún disco y, poco a poco, ir conformando una pequeña colección con mis favoritos. Paralelamente, uno de mis bienes más preciados era la carpeta “Música” del disco duro en la que iba acumulando cual Diógenes desatado todas las canciones, artistas y discografías que había escuchado o tenía que escuchar en el futuro si quería seguir considerándome un aspirante a melómano de pro. Ambas colecciones, por monstruosa que se fuera volviendo aquella carpeta, tenían en común que eran recopilaciones finitas y más o menos abarcables, además de que las podía considerar mías. Hoy, una década después, apenas tengo un puñado de álbumes desordenados en el disco duro, hace años que no compro un disco, y no poseo la inmensa mayoría de lo que escucho. Soy una víctima de los cantos de sirena del “todo a tu alcance”.

Hay que reconocer que el mensaje es tentador: una cantidad de música virtualmente infinita a un click de distancia esperando ser reproducida. Pero igual que nos entran mareos cuando nos cuentan que el universo es infinito y además está en expansión, miles y miles de megas de melodías pueden provocar vértigo. Desvirtualicemos la situación por un momento e imaginemos que nos encontramos en medio de la planta de música de unos grandes almacenes y nos instan a poner música. Durante unos segundos nos sentiremos sabios clásicos a las puertas de la biblioteca de Alejandría, pero la urgencia terminará guiando nuestros pasos al estante de un artista que dominamos. Es la maldición de Spotify.

¿Qué quieres escuchar?

Internet nos ha convertido en soberanos, pero el trono tiene un precio. La página inicial de Google nos muestra su universal logo sobre un espacio en blanco. ¿Qué quieres saber? ¿Qué quieres ver? ¿Qué quieres escuchar? Spotify se limita a esta última cuestión, y a pesar de ser bastante concreta a todos nos ha pasado que en algún momento no hemos sido capaces de responder, nos hemos quedado en blanco como si fuera un examen.

En Spotify saben que tenemos ese problema, y por eso nos dejan que creemos listas de reproducción y tengamos nuestra música favorita ordenada como en la vieja carpeta del disco duro o en la estantería donde guardábamos nuestros CDs. Esa ilusión de posesión consigue que la frustración del espacio en blanco se disipe en cuestión de segundos, pero qué pasa cuando queremos escuchar algo nuevo, cuando queremos descubrir música nueva. Sí, Spotify parece ir un paso por delante de nosotros y también ha pensado en ello: podemos escuchar playlist para cada género y estado de ánimo, crear radios partiendo de un artista o una canción, ver artistas similares a lo que estamos oyendo, espiar lo que escuchan nuestros amigos y, si todo falla, ponen a nuestra disposición la pestaña “descubre” para acceder en un instante a decenas de recomendaciones personalizadas.

Estos Diez Temas son el resultado de un pequeño experimento. Quería saber si Spotify podía servirme por sí solo para descubrir nueva música. Para ello, como es lógico, comencé entrando en la sección “descubre” y reproduje lo primero que apareció. A partir de esa canción, la idea era ir encadenando una tras otra con las radios, los artistas similares y todas las funciones que el programa me ofrecía. El resultado fue preocupante.

Aunque la primera canción sí que era nueva para mí, unos prometedores Wooden Shjips haciendo un buen homenaje a The Doors, la decepción llegó pronto. Solo tuve que pulsar la “radio del artista” para que apareciera una canción que ya conocía, y lo mismo pasó con las tres siguientes, aunque utilizara distintos métodos. Con media lista completa, tuve que recurrir a lo que estaban escuchando mis amigos para encontrar algo nuevo. Una amiga tuvo el gusto de descubrirme involuntariamente una bonita canción de Talkdemonic, con la que además tenía la oportunidad de volver a empezar. En esta ocasión, no fue a la primera ni a la segunda, pero la tercera ya era de Yo la tengo, habitual en mis listas de reproducción. De ahí, y para terminar de redondear, Spotify decidió reproducir la que hace unos meses dije por estos lares que era mi canción favorita de 2013. Recordad que el objetivo era descubrir nueva música.

Spotify me conoce demasiado bien, y ahí está su trampa. Como quiere que yo esté contento, su algoritmo siempre me satisfará con música que me gusta, eliminando el riesgo y aprovechando para conocerme cada vez mejor. El prometido universo infinito de la música, la biblioteca de Alejandría, se convierte en un homenaje continuo a mis propios gustos, que me lleva a estar completamente satisfecho mientras que neutraliza mis deseos de escuchar algo de verdad nuevo. Por eso, y a riesgo de terminar con la peor moraleja de la historia, os digo: escuchad música que no os guste.

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