La Isla Mínima: El camino correcto

Todo el mundo desconfía de los caminos que no llevan a ninguna parte; de los cruces endiablados y los solitarios atardeceres de los campos. Pero siempre se teme más a los laberintos.

A estas alturas y después de la polvareda publicitaria que ha levantado La Isla Mínima —se ha dicho de todo: “película que ha revolucionado el Festival de San Sebastián” (tres premios: actor, fotografía y crítica), “mejor película del año” y demás vociferíos de Atresmedia—, no esperaba más que disfrutar con aquella habitual soltura y maestría de Alberto Rodríguez a la hora de modelar historias con denominación de origen, de gran calado y difícil respuesta (7 vírgenes, Grupo 7), ésta vez quizá manchada por la sombra del cine negro detectivesco. Pero La Isla Mínima es mucho más que Rodríguez tras la cámara con una agudeza de género.

A principio de los años ochenta, dos policías madrileños expedientados viajan a un pueblo de las marismas del Guadalquivir —donde parece que todavía fabrican vidrio soplando— para resolver la desaparición de dos jóvenes hermanas. Cada uno con una visión y metodología opuestas: Pedro (Javier Guitiérrez), el curtido y casposo policía de Tricornio, adobo “empanao” y escopeta de caza; y Juan (Raúl Arévalo), el fiel y democrático agente de la soberana Constitución del 78. Este juego de tensión entre los dos personajes —que escenifican la Presunta España  (esa que se vivió en los vítores de los despachos de las administraciones y de la Guardia Civil, donde se hicieron favores, autos de fe y faltaron periodistas) —  sirve como mapa para orientarse a través de las enfangadas carreteras de las marismas del Guadalquivir, un territorio nuevo y perdido; donde no hay camino correcto.

La Isla mínima es una película madura. Cada gesto, plano y relucir de linterna en sucio espejo está medido al mínimo detalle. Tan madura, que roza la perfección enfermiza y sintomática del género; pero es justo aquí donde Alberto Rodríguez se desmarca con medio tirabuzón.

No se escapa nada: inquietante banda sonora de Julio de la Rosa, luz nostálgica y plañidera en la fotografía de Alex Catalá —a veces expresionista a veces embellecida de polvo—; todo está al servicio de una minuciosa dirección de cine negro que sugiere más de lo que muestra; heredero de ciertas marcas de autor que Alberto Rodríguez reconduce de manera sucia, cruda y traicionera hacia la intriga y el mejor cine policiaco —intrigantes cámaras desde el interior de los automóviles, sugerentes y virulentos planos cenitales (verdaderos Pollocks con Catalá encabezando la fotografía) que ya apuntan las claves estéticas y conceptuales al inicio y durante toda la película—.

Aparte de este exquisito mimo, no hay trampa: un Señor Guion que engancha al espectador como el mejor thriller desde el minuto uno (co-escrito con Rafael Cobos) y personajes de ruda humanidad y crudo patetismo interpretados por un elenco de actores de quitarse el cráneo  —igualmente desgarradores los secundarios; Antonio de la Torre y Nerea Barros—. Incluso Jesús Castro, el guaperas de brocha gorda recién llegado al cine de músculo, logra elevarse a un rebufo digno, considerando las soberbias interpretaciones de Gutiérrez y de Arévalo, en menor medida.

La Isla Mínima, viene avocada a convertirse en un clásico de la filmoteca española, un recuerdo de la desmemoria histórica y la crudeza de la vida rural (la esencia del país), un documento que ha hecho de hermosos parajes, macabras trincheras: la complejidad laberíntica de un entorno hermoso y abominable (como la problemática social y política de aquellos años), donde el graznido chillón de los flamencos y gaviotas espantan resonancias a Hitchcock y a Lynch, al asesinato y al sinsentido, mientras los pájaros —locos, coléricos, traicionados— huyen del fin del mundo; o vuelan despavoridos buscando el camino directo hacia él. Qué más da.

¿Qué gafas me llevo?

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Entonces: ¿voy a verla?

Corre a pillar tu entrada de cine (que por cierto, la fiesta está aquí ya). Por sus virtudes me arriesgo a pontificar que va a ser la mejor película española del género en, al menos, dos años. Y en dos años ocurren muchas cosas.

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