Un mundo en retroceso

Olga lleva años fantaseando con irse al pueblo. Hace exactamente dos semanas, cuando la revista para la que trabaja como autónoma encubierta por 400 euros al mes la invita a dejarlo -“damos por zanjada nuestra colaboración”, son las palabras exactas de su jefe- en vez de cumplir las promesas de convertirla en fija que le venían haciendo cada poco tiempo, la vida parece darle el empujón definitivo.

Es ahora o nunca, se dice Olga. Desde que terminó Periodismo, ha pasado varios años de lucha por salir adelante sin tener muy claro hacia dónde va, sumida en una precariedad agobiante y pegajosa, y necesita tomarse un respiro. Quiere descansar. Y no se le ocurre lugar mejor que el pueblo castellano donde pasó los veranos de su infancia, un río sin fondo de días interminables y apacibles.

“Damos por zanjada nuestra colaboración”, son las palabras exactas de su jefe.

La vieja casa de piedra parece estar igual que siempre. Después de comprobar que hay luz y agua corriente, se asoma al huerto con expectación. Tal y como esperaba, presenta un aspecto salvaje, plagado de zarzas y hierbajos que le llegan casi a la cintura. Recorre las habitaciones y se para en el dormitorio de sus abuelos.

Observa la pulcritud con que lo dejaron todo ordenado antes de marcharse, primero a Madrid a casa de sus tíos y después a una residencia: las cortinas con sus bordados típicos bien visibles desde la puerta; la colcha todavía perfectamente extendida y sin una sola arruga; las fotos familiares en la coqueta -Olga sonríe cuando la palabra le viene a la mente-, alrededor de una hermosa figura de la Virgen, y algunos libros en la mesilla. Sube la persiana, abre la ventana y el paisaje castellano, amarillo y ondulado, le sobresalta con su quietud.

Por la noche, después de descansar un rato, sale a pasear por el pueblo. Las calles desiertas y la sorprendente claridad del cielo le sientan bien. Se ven las estrellas y reina un silencio que, acostumbrada al bullicio constante de Madrid, le resulta extraño y acogedor al mismo tiempo. Otro mundo, se dice.

Camina hasta donde terminan las casas y empieza el campo abierto, del que apenas distingue las sombras y el rumor de los árboles que mueve el viento. Se sienta un rato en un banco de piedra, sin saber muy bien qué hacer. El verano se está acabando, pero todavía no hace frío y se queda allí un buen rato, disfrutando de la súbita capacidad que ha adquirido de no pensar en nada. Vuelve a casa sin cruzarse con un alma.

Disfruta de la súbita capacidad que ha adquirido de no pensar en nada.

A la mañana siguiente, se acerca al único bar del pueblo a desayunar y comprar el pan. Le agrada lo modesto del lugar, con sus mesas de madera y sus sillas antiguas, la tele encima de una repisa –dando, tal y como ella recuerda, repeticiones de los goles del Real Madrid de la jornada de Liga anterior– y Eusebio, el viejo Eusebio, todavía al otro lado de la barra, como siempre.

“Bueno, ¡pero mira quién ha venido!”, sonríe. Los parroquianos, apenas cuatro jubilados que leen el periódico y se preparan para su partida diaria de dominó, también le saludan afectuosamente, coincidiendo unánimemente en lo mucho que ha crecido y lo guapa que está. Le hacen prometer que mandará saludos a sus abuelos; todos esperan verles pronto por allí, ¿cuándo volverán? Olga contiene las lágrimas porque sabe que sus abuelos probablemente ya nunca regresen al pueblo que les vio nacer y crecer, y algo triste que se le agarra al pecho al pensar en ello, pero no dice nada y promete que hará lo que pueda.

En los últimos años, Olga ha ido aprendiendo a la fuerza a manejar el concepto de irremediable: hay cosas en la vida que no puedes cambiar. A veces, ni siquiera es fácil cambiar tu propia vida. Sentada en el pequeño huerto de su familia, que nadie labra desde hace años, rodeada por unos muros de piedra que han estado siempre ahí; por ventanas, habitaciones, fotos que alguien colgó en las paredes hace décadas, pero también por árboles, campos sembrados y amarillos, el cielo y el viento; un lugar de la memoria que de repente es real.

Está cansada de intentar sobrevivir, siempre al día, sumida en una precariedad emocional y económica que la tiene agotada, exhausta.

Allí sentada, con toda la mañana por delante, Olga piensa en sus últimos años: la universidad, la beca Erasmus, algunos novios, amistades que se van yendo sin mucho ruido, sus primeros y decepcionantes trabajos como becaria, el sentimiento de que las cosas no son como había pensado que serían y la sensación aún más acuciante de que, poco a poco, ha perdido la esperanza de cambiarlas. Ahora lo único que consigue es, a duras penas, adaptarse a ellas. Está cansada de intentar sobrevivir, siempre al día, sumida en una precariedad emocional y económica que la tiene agotada, exhausta. De ir a remolque.

Olga tampoco se engaña. No está segura que refugiarse en el pasado sea la clave para recuperar el control de su vida. Intenta librarse de la obsesiva idealización del pasado en la que vive inmersa su generación, la de los ochenta. Aunque con poco éxito. Todo y todos parece mirar hacia atrás en busca de tiempos mejores. Y ella se deja arrastrar.

Espera pasar unos pocos meses en la vieja casa familiar, al menos hasta que recupere algo de la confianza que ha ido perdiendo en los últimos años. Un respiro, unas vacaciones de Madrid y de sí misma. Unos meses felices, como entonces. ¿Qué hay de malo en ello? Ha traído una maleta llena de libros, el portátil cargado de películas y un adaptador USB para conectarse a Internet -lo cual, admite, es un poco hacer trampas-. Tiene mucho tiempo por delante; tanto, que no sabe qué va a hacer para llenarlo, aunque eso ya no parece tener ninguna importancia, porque de eso se trata.

Todo está bien. En este mundo en retroceso, se dice Olga mirando unos cipreses que se recortan en el horizonte, nada puede hacerme daño.

***

Foto de portada: Villaseco de Pan, Zamora (Foto: Villaseco en Flickr)

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