Her vs Black Mirror: maneras de enamorarte de tu móvil o por qué Spike Jonze me cae mal

Hace ocho meses llegaba a nuestros cines Her, la última película de Spike Jonze, acompañada por una aclamación unánime de la crítica. Fue precisamente la inapelable recomendación de nuestro Crítico Prejuicioso, Álvaro Alonso, la que me obligó a calzarme y salir de casa tan rápido como pude. “Todo parece indicar que va a ser un peliculón, así que no sé ni por qué me preguntas eso en vez de ir reservando tus entradas”, rezaba en su predicción de lo que sería la película ante la clásica y ya desaparecida pregunta “¿Por qué ir a verla?” de la sección.

Pues bien, indudablemente, Her tiene trazas de gran película, pero con eso no basta.

Durante toda la proyección, no podía evitar que esa relación entre el magistral Joaquin Phoenix y su embriagador sistema operativo me transmitieran una sensación profundamente desasosegante. La cuestión es que nadie parecía pensar igual que yo. Las críticas que leí en aquel momento y el público de mi entorno parecían encantados con esa profunda y compleja historia de amor capaz de romper los límites del género.

Creo que la imagen que mejor explica lo que sentía en aquellos momentos era la de un invitado a una fiesta de etiqueta. Todo el mundo es elegante y disfruta del excelente catering encargado. Se ríen y charlan, contándose anécdotas y buscando lugares comunes en los que coincidir. Nadie parece reparar en que sobre la mesa principal hay un caballo cagando sobre los aperitivos. ¿Seré raro por no entender qué pinta la mierda de caballo en todo esto y por qué los demás invitados se sienten cómodos con ella?

Ya en su crítica posterior al visionado, el Crítico Prejuicioso hablaba de que Spike Jonze requería “un salto mental” del espectador para entrar por el aro de la historia que propone. Ese salto mental no es otra cosa que el truño de caballo del párrafo anterior. Parece que Álvaro tiene las mucosas nasales hechas polvo, pero yo aún sé distinguir cuando huele a mierda en una habitación.

El legado de Steve Jobs

Toda producción cultural, y más aún toda producción cinematográfica, implica una visión y unos valores respecto al mundo que le rodea o, en este caso, el mundo al que nos acercamos. Ninguna historia está exenta de una carga ideológica y mucho menos aquellas que se entienden como “mero entretenimiento”. En el caso de Her esta idea es clara: enamorarte de tu móvil puede molar mucho.

La relación de Phoenix con su sistema operativo pretende ser muy bonita, emocionante y llena de significado para el personaje y para los espectadores. No solo no da lugar a que el protagonista se aísle del mundo, sino que llega a dar la sensación de que, gracias a la voz de Scarlett Johansson, su vida social mejora notablemente y le sirve incluso para superar una situación de crisis personal importante posterior a su última relación humano-humano. El mensaje respecto a cuál es el camino que nuestras vidas están tomando debido a nuestra cada vez más penetrante relación con la tecnología no podría ser más optimista apareciendo en un mensaje del nuevo producto Apple (qué casualidad, ambos parecen dirigidos al mismo público objetivo).

[Ojo, que van espoilers] Es cierto que la relación no acaba bien, pero este es un hecho circunstancial. Acabó mal la cosa entre Phoenix y la voz de Johansson lo mismo que podría haber acabado con ambos envejeciendo juntos en una pequeña casa de campo a orillas del Pacífico (esperemos que los creadores de estos sistemas operativos no hubieran preparado una obsolescencia programada). No había una línea argumental en la película que nos dijese en ningún momento que esa relación estaba abocada al desastre. Simplemente, se rompió, como rompen muchas parejas, porque cada uno tiene necesidades distintas. Sin dramas.

De hecho, si lo pensamos un poco, la cosa no funcionó porque la tecnología está por encima del ser humano y este no está capacitado para satisfacer las legítimas necesidades de la primera. Si hiciéramos un careo entre Her y Matrix, Spike Jonze nos diría que vivir enganchados a esos tubos es mucho más alucinante que luchar por Zion. Me pregunto si había alguien parecido al Agente Smith en la mesa de productores de Her.

¿Qué haría Charlie Brooker?

En todo caso, el hecho de que no me dejase llevar por la historia de Her tiene otra razón bien distinta. Álvaro apuntó por un momento a ella en su crítica, pero dejó pasar la oportunidad de hincarle el diente. No te puede gustar Her si te gusta Black Mirror.

A diferencia de la adoración que Spike Jonze hace del statu quo tecnológico actual y del que parece que está por venir, Charlie Brooker “nos atiza para poner en duda el camino que estamos tomando”. La frase no es mía, sino de mi querido aunque hoy atacado Álvaro Alonso. Este es el quid de la cuestión. Quien esté de acuerdo con las tesis que aportan los episodios de la serie de Channel 4, tiene que oler necesariamente la mierda de caballo.

El primer capítulo de la segunda temporada de Black  Mirror (Vuelvo enseguida) es especialmente esclarecedor en este sentido. En él [y cuidado, que los espoileres me acompañan], una mujer joven (Hayley Atwell) que sufre la pérdida de su pareja justo después de quedarse embarazada, reconstruye la personalidad del difunto a través de un software de inteligencia artificial basado en lo que el fiambre publicó en sus redes sociales y cuentas de correo electrónico.

Aunque la protagonista consigue incluso salvar el dichoso problema del cuerpo del amado que en Her tantos quebraderos de cabeza le trae a Scarlett Johansson, la historia sí plantea aquí un caso de aislamiento respecto del mundo exterior (en este caso hostil hacia la relación, a diferencia de en la película de Jonze) y una relación insatisfactoria.

Cierto es que la inteligencia artificial del sistema operativo de Her es mucho más avanzada que la de Black Mirror, lo cual provoca roces en la serie británica y que la capacidad de decisión y voluntad propia del robot de Jonze es superior al de Brooker, dando una sensación de mayor humanidad. Pero, ¿es eso suficiente? ¿La única barrera para que nos parezca bien una relación con un ordenador es que esté lo bastante desarrollado como para darnos una apariencia más real?

Adicción y falta de empatía

Dejaremos de lado lo que implicaría que los sistemas operativos tuvieran voluntad propia más allá de los deseos de sus dueños, como nos propone Her sin preocupación alguna (Asimov y los Wachowsky se revuelven allá donde estén), a diferencia de Black Mirror, y nos centraremos en dos puntos de vista distintos de ambas historias ante las mismas cuestiones que merece la pena señalar.

La primera es la adicción. Tanto el protagonista de Her como la de Black Mirror pasan por una situación crítica en el primer momento en el que no consiguen contactar con su pareja robot. La necesidad del contacto permanente con la tecnología y la incapacidad para postergar la satisfacción de nuestras necesidades es un cambio que cada día notamos más a menudo incluso en nosotros mismos.

Este puede que sea uno de los cambios más significativos que las nuevas tecnologías hayan operado en nuestra forma de ser y de actuar, y tanto Black Mirror como Her lo reflejan. Sin embargo, le dan respuestas bien distintas. Mientras que en la primera es uno de los puntos de no retorno del personaje de Atwell, en el que vemos que está perdiendo el contacto con la realidad; en el caso de Her se muestra poco más o menos como una nueva peripecia completamente lógica en una historia sobre esa “locura socialmente aceptada” (palabras de la película) que es el amor.

La adicción es, de hecho, la clave del desolador epílogo que nos deja Vuelvo enseguida. Por muy conscientes que seamos de que nuestra relación con la tecnología nos aporta infelicidad, somos incapaces de desconectarnos de ella. En el caso de Her, sin embargo, la adicción forma parte natural del amor y, como tal, solo podrá superarse con dolor a través de una ruptura no deseada.

La segunda diferencia tiene que ver con lo que supone lidiar con una persona real en una relación. Ambas películas nos muestran cómo relacionarnos con otros humanos parece cada vez más incompatible con el estilo de vida de la sociedad occidental actual. Nuestra tendencia a anteponer nuestras necesidades a las de cualquier otro en un mundo cada vez más individualista hace más cómoda la relación con un robot (en el caso del capítulo de la serie británica) o con un sistema operativo, creados ambos para complacernos, que con otra persona con sus propias neuras.

Hayley Atwell acaba por comprender que el amor no puede limitarse a recibir en todo momento lo que uno espera del otro, sino que las necesidades de este también deben entrar en juego y, en ocasiones, incluso en conflicto. Una relación sin ese tira y afloja no es una relación real. Her soluciona este problema con una inteligencia artificial más independiente, capaz incluso de superar al intelecto humano, obviando un problema que, claramente, su protagonista y su entorno tienen cuando se relacionan con otras personas.

La incomprensión y la falta de empatía se aprecian en la gran mayoría de las relaciones sentimentales entre personas que muestra Her (las de Joaquin Phoenix con su exmujer y con su ligue de una noche, entre la pareja que forman sus amigos y vecinos…). Pero la causa de estas no parece ser el utilitarismo o la incapacidad para ponerse en el lugar del otro, sino la imperfección de la naturaleza humana. Así, el protagonista alcanzará la felicidad con mayor plenitud en compañía de una inteligencia más desarrollada, capaz siempre de entender lo que necesita y estar dispuesta a complacerlo, que con un ser humano, por definición torpe y egoísta.

La devastación que produce la conclusión de Vuelvo enseguida poco tiene que ver con el “¡Ay, qué pena! Con lo felices que podrían haber sido juntos” del final de Her y nos dice tanto de lo que cuenta la película como de lo que, como espectadores, aceptamos como normal. La sociedad que disfruta la fiesta de etiqueta sin oler la mierda de caballo, pero es incapaz de entender a quien tiene al lado, que mantener una relación implica comprender plenamente al otro, a veces a costa incluso de las necesidades de uno, puede que tenga algo roto. Y aquí no hay servicio técnico al que llamar para quejarse.

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