Permanently lost in translation

Había tomado la decisión de adquirir una cinta de correr. Su constitución no era particularmente gruesa y desde hacía años sostenía la teoría de que para mantener la línea le era suficiente con pensar muy intensamente porque al pensar se quemaban calorías. Aquella había sido su filosofía durante la universidad, particularmente en época de exámenes.

Ahora, sin embargo, todas las horas que pasaba sentada en el trabajo esculpían en su figura ensanchamientos que le resultaban ajenos y le hacían pensar en versiones distorsionadas del cartel de la película Secretary. También su corazón latía con ritmo anómalo tras las sesiones de ansiedad a las que lo sometía diariamente. “No estoy pensando lo suficiente”, cavilaba. “Me estoy alienando”. Y un día, tras ese pensamiento, echó a correr sin más por una calle vacía. Los zapatos que llevaba eran inadecuados para la ejecución de tal actividad, pero al llegar a casa sudando y sin aliento, de alguna manera se sintió mejor, más tranquila.

Vivía sola en lo alto de una ciudad vertical colocada en la colina de un país extranjero cuyo idioma no comprendía.

Equipada con papel, boli e internet, comenzó a hacer cálculos sentada en la mesa de la cocina. Vivía sola en lo alto de una ciudad vertical colocada en la colina de un país extranjero cuyo idioma no comprendía. El invierno era largo y se llenaba todo de nieve, lo que le imposibilitaba garantizar una rutina al aire libre de la práctica de ese deporte.

Podía apuntarse a un gimnasio, pero el más cercano estaba en la parte baja de la ciudad. Siendo honestos, su débil voluntad deportista sucumbiría ante el primer indicio de hielo en el empinado pavimento. O ante el empinado pavimento en sí, fuera cual fuera su estado físico. Y aunque el interés por alguno de los cursos que se impartían en el gimnasio pudiera constituir un incentivo, su desconocimiento de la lengua rechazaba toda actitud positivista al respecto. Aún así, miró el precio de la suscripción. Después miró cintas de correr en varias páginas web. Pensó en sus ahorros y en la utilidad de una inversión para su salud, y con la ejecución de un algoritmo mental decretó su sentencia.

La tienda online le confirmó la entrega unos días más tarde. Pidió la jornada de vacaciones en el trabajo para poder atender al transportista, ilusionada por esta nueva etapa de su vida en la que iba a hacer ejercicio, comer mejor y comportarse de manera más saludable. Todo ello haría que su cerebro generara endorfinas, que entusiasmarían a su estado de ánimo y, consecuentemente, su vida social mejoraría, independientemente de la aparente ausencia de humanidad que ostentaban las calles de aquel país tan distante.

Cuando el repartidor llamó al timbre, su corazón dio un pequeño vuelco. Abrió la puerta y esperó a detectar desde la entrada de su estudio el sonido de pasos subiendo las escaleras hasta su cuarto piso sin ascensor, pero el edificio permaneció en silencio. Tras continuar inmóvil unos segundos en los que siguió sin ocurrir nada, bajó a la calle. Allí aguardaba un hombre con sobrepeso apoyado en una plataforma de deslizamiento metálica sobre la que se hallaba el paquete con la cinta de correr. Se miraron unos instantes, reconociendo la problemática situación.

Ella intentó comunicarse en todos los idiomas que podía recordar y también a través de signos, y él se negó a hablar otra cosa que no fuera su dialecto. Finalmente, el hombre le dio un pequeño empujón para que se apartara, y tras descargar bruscamente el paquete en medio de la calle, dio media vuelta. Ella le siguió, tratando de hacerle comprender lo absurdo de semejante entrega e intentando negociar una ampliación del servicio, hasta que la puerta de la furgoneta del transportista se cerró y el vehículo desapareció al doblar una esquina.

Observó las nubes que sobrevolaban la ciudad e intentó predecir el grado de probabilidad de lluvia mientras se sentía estúpida.

Desamparada, regresó a la puerta de su edificio y se sentó sobre la caja abandonada en el suelo, pensando en qué podía hacer. Observó las nubes que sobrevolaban la ciudad e intentó predecir el grado de probabilidad de lluvia mientras se sentía estúpida. Después sacó el móvil y llamó al teléfono de contacto de la tienda. La chica de centralita escuchó atentamente su historia y acto seguido le preguntó que si no disponía de amigos que pudieran ayudarla a cargar con el paquete escaleras arriba, pues esa constituía la opción más sencilla.

Mientras contestaba, a su inicial sentimiento de estupidez se sumó la sensación de profunda desdicha. Aunque llevaba ya varios meses viviendo allí, no tenía ninguna relación lo suficientemente cercana como para atreverse a pedir un favor así. También podría pedir ayuda a algún vecino, pero en el tiempo que había permanecido allí sentada habían pasado tres mujeres, un hombre y el cartero, y sus únicas muestras de reconocimiento habían sido miradas furtivas mientras apuraban el paso.

Al percibir la infinita tristeza encerrada en el tono de voz al otro lado del auricular, la chica de centralita indicó que trataría de contactar de nuevo con el transportista, si bien sería difícil encontrar una solución ese mismo día. Quince minutos más tarde, la chica llamó de vuelta indicando que el transportista regresaría para ayudar a lo largo de la próxima hora a cambio de una comisión adicional. Mientras ambas colgaban el teléfono, la furgoneta ya estaba doblando la esquina, como si no hubiera ido nunca más allá, esperando una oportunidad de negocio que ella ya le había ofrecido antes de que el hombre fingiera su partida, pues consideraba la pantomima innecesaria. Nuevamente venía solo, y su primer comentario, esta vez en inglés, fue “¿Así que cuarto piso sin ascensor?”.

No recordaba que en su país cada situación en la que se veía envuelta le supusiera un dilema.

Cargaron el pesado paquete escaleras arriba haciendo descansos cada cuatro escalones. El hombre jadeaba e intentaba colocarse siempre en la posición superior, donde el peso de la caja era menor. Ella defendió su situación, sorprendida de estar compartiendo semejante intimidad con un extraño que le generaba tamaña aversión. En el último tramo, los resoplidos del hombre eran tan fuertes que atrajeron la remota empatía de un vecino que observaba la operación por una mirilla y que se ofreció a ayudar con el empujón final.

Con la cinta de correr ya en su apartamento, le dio las gracias al vecino y pagó la comisión al transportista sin saber muy bien por qué. Solo quería perderle de vista. Después cerró la puerta mientras analizaba si lo que ella identificaba como mezquindad en el carácter de aquella gente se debía sencillamente a diferencias culturales. Últimamente no paraba de preguntarse qué porcentaje de su permanente confusión se debía a patrones culturales inconscientes, porque no recordaba que en su país cada situación en la que se veía envuelta le supusiera un dilema. En cualquier caso, sí tenía una cosa clara. Pensar era insustituible. Le pareció que esto debería reivindicarse más. Y a pesar de la tragedia social imperante, sonrió porque su filosofía permanecía intacta.

***

Foto de portada: Maks Karochkin (Streets. Stockholm on Flickr)

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