Gregory Porter: Borrar la máscara

Un pasamontañas que permite ver el rostro y una gorra negra de Kangol con la visera levantada coronan a un imponente, enorme, caballero negro. Por lo demás, impecablemente vestido. Buena parte de las veces, con traje de tres piezas y corbata, pajarita o pañuelo de seda. Una barba algo salvaje y algún anillo completan el retrato. Imposible no fijarse en él. Bien. Gregory Porter ya ha conseguido su primer objetivo. El segundo parece algo más difícil: hacer que olvides todo lo anterior.

Tranquilos, su voz hará el resto.

Gregory Porter iba para jugador de fútbol americano o para planificador urbano. Hijo (obviamente) de una pastora protestante en una familia con nueve hermanos, consiguió una beca completa de estudios en la Universidad Estatal de San Diego a cambio de formar parte de la plantilla de los San Diego State Aztecs, de la Primera División del deporte universitario norteamericano. Con un palmarés de 19 títulos de conferencia y 3 trofeos nacionales, no era precisamente un equipo de barrio. Sin embargo, una lesión en el hombro le apartó de las 120 yardas, por fortuna para el panorama internacional de la música.

Con el deporte descartado, parece que sus estudios en desarrollo de ciudades no le interesaron tanto como los escenarios. Con la experiencia que se le podía esperar después de una infancia pasada cantando de iglesia en iglesia mientras acompañaba a su madre, pasó por algunas compañías de teatro amateur antes de ser contratado para formar parte del reparto de It Ain’t Nothing But the Blues, musical que en 1999 recibió cuatro nominaciones a los Tony y que, lo que es más importante para nosotros, le permitió dar el salto de costa a costa e instalarse en Brooklyn.

Work song: pasaporte al éxito

Allí, como no podía ser de otra forma, el gran padrino del jazz en la Nueva York del Siglo XXI tendría un papel relevante en esta historia. Porter se acercó a una jam session dirigida por el batería Ali Jackson en el Lincoln Center, el lugar donde la palabra de Wynton Marsalis vale más que la del presidente de los Estados Unidos. Nuestro protagonista llegó tarde y había cantantes de sobra en la sala pero, como el propio Porter reconoce, contarle a Jackson que había trabajado en San Diego con el mítico flautista Hubert Laws le dio un pequeño empujón. La jam iba a terminar, pero ese pasaporte hizo que Jackson quisiera escucharlo. “La última”, debió de decir el batería de Marsalis y de la Jazz at Lincoln Center Orchestra. Work song. Esa fue la canción que convirtió a Gregory Porter en quien es hoy.

Gregory Porter junto a Yosuke Sato, saxofonista de su banda, en el Festival Kunstflecken de Neumünster, Alemania (Foto: Manuel Weber)

Gregory Porter junto a Yosuke Sato, saxofonista de su banda, en el Festival Kunstflecken de Neumünster, Alemania (Foto: Manuel Weber)

A los pocos días recibió una llamada del Lincoln Center ofreciéndole la posibilidad de actuar acompañado por la orquesta, posiblemente la big band más reconocida internacionalmente de las últimas décadas. Acababa de subirse al ascensor directo al Olimpo del jazz actual.

En 2010, con 39 años, firmaría su primer trabajo discográfico, Water, con la independiente Motéma. Instalada en Harlem y centrada en el mundo del jazz, hay quien dice que se trata de la Blue Note del siglo XXI. La mezcla de jazz, soul y blues, el agua como leit-motiv temático, su voz noble y oscura de barítono, forrada en terciopelo, y un control de la técnica vocal que recuerda que cantante no es todo aquel que se ponga delante de un micrófono fueron algunos de los elementos que Porter apuntó en ese primer LP y que seguirían acompañándolo en su ascenso imparable. Water también significaría su primer contacto con los Grammy: nominado a Mejor álbum de jazz vocal.

Apunten ese nombre

El resto de pasos fueron sencillamente los correctos. Porter depuró su estilo como compositor y letrista y se mantuvo firme en sus convicciones estilísticas cuando grabó Be Good, de nuevo con Motéma, dos años después de Water. Esta vez, la nominación al Grammy llegó con Real Good Hands, como mejor interpretación de rhythm and blues tradicional.

Para que pudiera llevarse el gramófono dorado a casa, si es que eso significa algo, tuvo que pasar un año más. En 2013, Porter recibió la llamada de Blue Note, que ya sabía el filón que tenía entre manos. Con la filial de Universal grabó Liquid Spirit, su disco más limpio en la composición, la producción y la interpretación. Y eso le valió el premio que no había conseguido con Water, además de una nueva nominación a la mejor interpretación de rhythm and blues tradicional, esta vez por Hey Laura.

Ya está. Fin de trayecto. Había nacido una estrella. Las giras internacionales con fechas cerradas un año antes, las colaboraciones con Stevie Wonder o con Jamie Cullum, las actuaciones  cada vez más habituales en Later… With Jools Holland o los remixes de sus temas originales son ahora el día a día de nuestro protagonista. Es posible que su ascensión haya sido la más destacable en el jazz vocal masculino desde el final de la edad dorada de los crooners, con perdón de Bobby McFerrin, que juega en su propia liga.

Pero, ¿qué hace tan especial a este tipo?

Gregory Porter ha puesto de nuevo bajo los focos internacionales un concepto quizá pasado de moda, pero que se saborea como un plato casero en cuanto se escucha: la elegancia.

A diferencia de los cantantes masculinos de jazz que habían surgido en los últimos años, como Jamie Cullum o Michael Bublé, Porter se ha mantenido, por el momento, fiel a un estilo personal marcado por la solidez de las distintas tradiciones de la música negra estadounidense. Las patas del jazz, el soul, el blues y el gospel sustentan una estructura que él sabe que no le permitirá convertirse en una superestrella de las radiofórmulas, ni llenar grandes estadios en giras mundiales. Que su salto a una gran discográfica lo haya dado de la mano de Blue Note puede servir para entender cuáles son sus prioridades pero, por si quedaban dudas, en Liquid Spirit, firmó Musical Genocide. Toda una declaración de intenciones respecto a su visión del camino que ha tomado la música negra actual. Una canción que recuerda en su filosofía a la genial Mr. Cole won’t Rock and Roll, del gigante Nat King Cole quien, por cierto, destaca claramente entre las influencias de Porter.

Y es que otro de los puntos fuertes del de Bakersfield es su capacidad para componer canciones con melodías que parecen destinadas, como la arquitectura del pasado, a perdurar, y en las que la letra es mucho más que una excusa para cambiar la articulación del vocalista. Claramente influido por el carácter religioso de su primer entorno, los temas de Porter tienen raíces fuertemente amarradas en cuestiones como la familia, el optimismo, el valor de la comunidad y del trabajo, una idea del amor que huye de los lugares comunes que devastan como malas hierbas el pop actual e incluso la protesta política y social. Temas como 1960 What?On my way to Harlem devuelven al jazz y al soul el carácter contestatario con el que han mantenido una relación de altibajos a lo largo de la historia, pero que forma parte indiscutible de su identidad como géneros nacidos en el seno de una comunidad golpeada por demasiadas injusticias.

Pero, más allá de todo eso, lo más importante es que estamos frente a un músico de jazz de primer nivel. Además de contar con una voz que se explica sola y que, como dijo Gernot Dudda en Efe Eme.com (al que odiaré siempre por haber escrito esas palabras antes que yo), “derrite las esquinas”, su creatividad en la interpretación o su incontestable capacidad para el scat (que saca a relucir menos de lo que debería) lo ponen de manifiesto. Además, Porter ha construido a su alrededor una banda estable  en la que cada uno de sus miembros sigue con dedicación a su frontman, formando un ente con una personalidad conjunta sólida y reconocible.

Todo ello ha convertido a Gregory Porter en uno de los nombres propios del jazz de esta década y, muy posiblemente, de las que vendrán. A estas alturas, ¿quién se acuerda de la gorra?

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