Woody Guthrie: la voz del pueblo (I)

Lo veo ahora, la mañana helada del 25 de enero de 1961, con sombrero de fieltro, la guitarra al hombro y despelucado, quizá sacudiéndose la nieve, investigando con la mirada la fachada siniestra del Greystone Park Psychiatric Hospital con sus lastimeros ojos azules. Poco más que un muchacho esquelético y testarudo: había pasado varias semanas en Chicago y hacía días que salió de Madison, como si temiera adentrarse en las arterias de New York. Porque sabía bien para qué había venido, por qué aun estaba delante del Greystone sin dar un paso. Dylan debía conocer a Woody Guthrie. Y no todos los días uno conoce a su dios.

De manera incomprensible, es difícil llegar a conocer la música y obra de Woody Guthrie si no es a través de las migas de devoción e idolatría que dejó Robert Zimmerman: y resulta incomprensible porque, de alguna manera, Guthrie vivió la vida que soñó Dylan, la que treinta años después moldearía la imaginación del bardo de Duluth para adecuarlas dócilmente a su imagen de trotamundos: Guthrie recorrió el país de punta a punta, palpó las llagas de La Gran Depresión, escribió y escribió, pasó hambre y vagabundeó (la imagen romántica del hobo), se rió en la cara de la vida y después entonó unas cuantas baladas para apaciguarla. Y es imposible que nada de lo que escriba en dieciocho líneas le pueda hacer justicia.

Greystone Park Psychiatric Hospital

El Hospital Psiquiátrico de Greystone Park, cerca de New Jersey

“En la lengua de los indios creek, Okemah significa pueblo de la colina, aunque nuestra colina más concurrida era la del cementerio” Woodrow Wilson “Woody” Guthrie nació en 1912, hijo de una familia pudiente cerca de la colina del cementerio, en un rincón de Oklahoma (Okemah) donde el petróleo aún era un rumor y los acuerdos de las fincas se sellaban con tinta y un apretón de manos. Uno de los primeros recuerdos de Woody era las reuniones a la mesa con sus hermanos donde su madre, Nora Guthrie, les enseñaba las viejas canciones y las historias que se desprendían de las baladas populares. Pero pronto, la madre cantarina y dulce, comenzaría a desarrollar Hungtinton ―un mal genético y degenerativo causante de un trastorno neuropsiquiátrico que empujó a Nora a quemar su propia casa en repetidas ocasiones, hasta llegar a prender fuego a la vivienda con su hija dentro―. Como consecuencia de las crisis nerviosas que sufría y debido a una enfermedad de tan difícil diagnóstico, Nora fue internada en el manicomio de Norman (Oklahoma), lo que supuso un shock emocional para Guthrie y la desestructuración de toda la familia.

En sus doce primeros años de vida ―y con su padre y hermano trabajando fuera―, Woody Guthrie pasó de pasear risueño de la mano y señalar caprichos en los escaparates a buscar basura con un saco de chatarrero en los vertederos cercanos de Okemah. En los campos, las reglas del trabajo y su mundo cambiaban al ritmo de torres, cables y tiendas de chapa: las ciudades nómadas de petróleo se movían drenando la vida y el oro negro de pueblos y ciudades. “El petróleo era lo que decidía si te trataban como a un ser humano, como a un asno o como a un perro”, recuerda en su autobiografía, Bound for Glory.

Bound for Glory es un libro rasgado de una hiriente humanidad, de un optimismo vitalista ante la adversidad y el fracaso ―para entender el carácter de Woody, basta con escuchar Car Song―. La literatura de Guthrie, que no es otra cosa que el bronco testimonio de Guthrie, es consciente, honesta y devastadora ―cercano en ánimo periodístico y cruda forma realista al imprescindible George Orwell de Sin blanca en Paris y Londres (1933)―, una elevación de las raíces populares en un tiempo apocalíptico, una voz que clama una reivindicación y reinvención de la música que regresa al pueblo trabajador.

¿Tienes algo de comer?

A los veinticinco años, casado con su primera mujer: Mary Jennings, con tres hijos y los achaques de una treintena de trabajos a sus espaldas ―entre los que relucen adivino involuntario y pintor ocasional de carteles de tiendas―, el Dust Bow y los estragos de La Gran Depresión obligaron a Woody a ingresar en la lista del millón de Okeis (trabajadores) que pusieron rumbo hacia las fértiles tierras de California  ―“California is the Garden of Eden”, cantaría en Do Re Mi, una de sus baladas más rítmicas― todos desesperados por encontrar algo de trabajo. Viajó en trenes mercancías y estuvo a punto de morir congelado, durmió bajo puentes, conoció a maleantes, fue engañado por compañeros, obligado a caminar bajo la lluvia por policías; pasó hambre, empezó a agudizar su intuición, comenzó a llamarse a sí mismo músico, se enamoró, compartió pan de leche, y vio las condiciones y la voluntad de los trabajadores, todo esto siempre con la intención de enviar dinero a Mary. Muchos viajes más siguieron, pero esta primera marcha hacia la tierra prometida de más de 2.000 kilómetros ―de La Pampa (Texas) hasta Sonora (California)― fue determinante en su formación y modo de vida: Woody Guthrie descubrió que amaba la carretera por encima de todas las cosas, la sorpresa del despiste, la despreocupación de lo inesperado; pensamientos que recoge en una veintena de letras como, por ejemplo, Aint got no home anymore:

Ain’t got no home, I’m just a-roamin’ ‘round,
Just a wandrin’ worker, I go from town to town.
And the police make it hard wherever I may go
And I ain’t got no home in this world anymore.

Lo que la carretera le ofreció lo cantó cruzando el ancho del país sin un centavo en el bolsillo y elevando su voz en todos los sitios donde siguieran el ritmo con las manos y los pies. Las palabras de Guthrie intentaban aliviar un mundo luminoso de polvo y miseria. Los temas que nacerán de estas experiencias ―Better World, Hard Travelling, Plastures of Plenty, Blowing down this road, Aint got home anymore― y una treintena más, seguían el modelo tradicional de las canciones folk en repeticiones y rimas (la mayoría copiaban la estructura y melodía de viejas canciones folk), pero en las letras comenzaba a despuntar una sombra del ingenio que peleaba con los puños desnudos, poemas de una dura agudeza que daban voz a los desfavorecidos.

Fue en estos viajes donde creció la preocupación social que ya se intuía en Woody desde Oklahoma y que más tarde maduraría en Los Ángeles (California), donde su comentarista y amigo Ed Robbin ―al que conocerá grabando canciones comerciales de hillbilly en la radio KFVD― le abrió los ojos al mundo sindical y Comunista del Sureste de California.

“Lo único que sé es que debemos juntarnos y mantenernos unidos. Este país no podrá recuperarse mientras sigamos con el todos contra todos. ¡Debemos unirnos y conseguir que alguien en alguna parte nos dé un empleo para hacer lo que sea!” ―Gritó Woody a una veintena de trabajadores antes de partir de Oklahoma.

Será el mismo Ed Robbin quien le presente al activista y actor Will Geer que, más tarde, le pondría en contacto con John Steinbeck, autor de las Uvas de la ira y De ratones y hombres; el escritor dirá de Guthrie: “Nada dulce hay en él y nada dulce hay en las canciones que canta. Pero hay algo más importante para quienes aún las escuchan: la voluntad de resistir”.

Al estallar la segunda guerra mundial, el desencanto norteamericano ante la connivencia entre Rusia y Alemania llevó a los directivos de la emisora a la decisión de desvincular la firma de cualquier tinte político cercano al comunismo y ambos abandonaron la radio.

Esta tierra, es tu tierra; maldita sea.

Fue en New York donde el cantautor de Oklahoma escribió la que es, para muchos, su obra magna: This Land is your Land. Muchos son los que consideran esta canción como un himno estadounidense no declarado, pero lo cierto es que aquellos acordes, melodía y letra fueron el resultado de la molestia y la indignación que Woody sentía al soportar cada dos por tres God bless América de Irving Berlin en la radio. Para Guthrie, que había recorrido montañas de hombres y tratado con pillastres y desfavorecidos de todas las clases, la canción le resultaba  “falsa” y demasiado “complaciente”, debía mostrar la otra cara esencial de América:

In the squares of the city, In the shadow of a steeple;

By the relief office, I’d seen my people.

As they stood there hungry, I stood there asking,

Is this land made for you and me?

Tuvo cierto éxito en el programa de la CBS y sus actividades a favor de los trabajadores le permitió conocer a músicos comprometidos con la causa obrera: Pete Seeger, Millar Lampell, Lee Hays, Lead Belly, y demás figuras cruciales del Folk, quienes años más tarde le invitarían a formar parte de los Almanac Singer (miembros del Popular Front y la izquierda que cantarían y grabarían canciones antibélicas y antirracistas por todo el país entre 1941-1943). Consiguió enviar el dinero suficiente para traer a Mary y a los niños a la gran ciudad, pero Woody no podía parar quieto: renunció a ser el invitado radiofónico de Pipe Smoking Time ganando 180 dólares a la semana (una fortuna en la época) según él debido las restrictivas normas del programa sobre las canciones que debía cantar.

“Volví a echarme a los caminos atravesé el continente un par de veces por carretera y en mercancías. La gente me escuchaba en programas de radio con difusión nacional de la CBS y la NBC, y pensaban que era rico y famoso, cuando no tenía donde caerme muerto y volvía a pasar fatigas”611px-Woody_Guthrie_NYWTS

Todo parece indicar ―a pesar de la dificultad para ubicar los viajes de Guthrie en el tiempo― que fue a mediados de los años cuarenta, después (o durante) el recorrido con los Almanac Singer, cuando los pies de Woody viraron de nuevo hacia New York,  donde tuvo lugar una anécdota deliciosa que ilustra la personalidad del vaquero de Oklahoma.

Woody había conseguido una audición en el Rainbow Room, uno de los más lujosos restaurantes del Rockefeller Center de New York. A la hora de la prueba, Woody se quedó en blanco y se agarró a lo que mejor sabía hacer: improvisar con la materia prima de un cantante de folk; su verdad:

New York vive un gran boom/Dejadme entrar en el Rainbow Room/Esto es New York, esto es New York/La vieja ciudad de New York/¡Donde he de saberme la letra!

De pronto, a una de las entrevistadoras le alumbró una revelación: “estoy viendo un carro de heno con jornaleros que cantan, y a este espíritu libre detrás, en una nube de polvo, ¡cantando tras culminar la dura jornada! Eso es. ¡Un disfraz de campesino francés! ―exclamó emocionada a su colegas―. No… ya lo tengo… ¡Pierrot! ―Se levantó y caminó hasta el escenario donde Woody balbuceaba un “¿qué?” para sus adentros― ¡Lo vestiremos con uno de esos adorables vestidos de payasos! ¡Pondrá en escena la vida, el brío y el frívolo humor de la época!

La mujer arrastró del brazo a Woody hasta llevarlo a un estudio, mientras decidía los pormenores de lo que se convertiría en su actuación. Guthrie solo miraba por la ventana, hasta que se percató de que no la escuchaba y la interrumpió con un delicado “disculpe”. Se disponía a ir al baño cuando se paró en seco, buscó el ascensor y bajó hasta la primera planta. Cuando se encontraba en el hall, aun con la guitarra encima, comenzó a cantar a pleno pulmón: “Al viejo Rockefeller no lo tengo por amigo/Al viejo Rockefeller no lo tengo por amigo/¡Te digo que al viejo Rockefeller no lo tengo por amigo!/Se lleva a las mujeres bonitas/ ¡Y de los hombres bien que se deshace!

Consciente del guarda de seguridad del Rainbow, salió a la calle y comenzó a andar a paso ligero hacia los muelles en un impulso frenético por cantar todo lo que veía y pensar por qué se había espantado del Rockefeller; “¿Qué nos cuenta el ancho mar” todos aquellos que le dedicaban una mirada tenían un verso, ¿Qué nos cuenta el ancho mar?, una pizca de canción, “Pues gime y murmura, forma olas con espuma”, los niños le seguían calle abajo, ¡Y en su viaje da vueltas!, las mujeres le preguntaban:“¿Vas a tocar algo de musiquita? ¡Dedícame una serenata!” Woody se movía rápido, entre hombres, niños, mujeres y reflexionaba: “Aquí en las sórdidas afueras, la gente se hacina en los bordillos, en las aceras y en las bocas de incendio, y coches y camiones y pelotas de caucho botan por las calles. Yo pensaba: «A esto lo llamo yo nacer y vivir; no sé qué nombre le daría a la torre que dejé atrás»”.

Arrastró a un enjambre de personas hasta el puerto y a estos se unieron los marineros. “Había por allí sombreros, gorras, suéteres y vestidos de toda condición pateando con ganas el asfalto y palmoteando” Se hizo la noche entre canción y canción,  entre ellos distinguió a su buen amigo Will Geer. Cuando la muchedumbre se dispersó, Woody, Will Geer y un aspirante a marinero llamado Carl, acabaron en casa de los McElroy, un matrimonio de entre el público que ofreció su chabola, construida en una chalana, como refugio para tomar la última copa. Cantaron y bebieron licor hasta el desmayo. Cuando todos se hubieron dormido, Will y Woody salieron de la chabola, saltaron a la siguiente gabarra  y observaron las negras aguas, y las luces en la distancia. Woody le explicó la historia del Rainbow Room y Will le aconsejó que volviera a disculparse, que aún no era demasiado tarde. Una encrucijada para Woody:

Levanté la vista hacia el edificio. El silencio que nos cercaba parecía decirme: ¡Muy bien! ¿Qué vas a hacer? ¡Ahora o nunca!―.

En ese preciso momento, el bote en el que conversaban comenzó a moverse. Su amigo gritó: ¡nos movemos, rápido! Y saltó de nuevo hasta la gabarra de los McElRoy. ¡Tira la guitarra y salta! Los gritos de Will se alejaban silentes en la penumbra. Guthrie se acomodó en la carga y encendió un cigarrillo.

¿Llevas encima algo de dinero?― Woody tiró una piedra al agua. ¡Cuando amanezca, me palparé los bolsillos!― Will lucía un sonrisa radiante iluminada por la luna. ―Pero, ¿dónde estarás?.

La respuesta era tan esencial como los reflejos en el abismo del Hudson, donde todo se desdibujaba y parecía otra cosa, algo bello, esperanzador y fulgurante por lo que vivir: No lo sé.

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Imagen de portada: Denise Carbonell

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