La fiesta

Arturo ha llegado pronto a la fiesta. Tan pronto que, de hecho, es el primero, y Marina y Manuel le han dejado solo en el salón del modesto apartamento madrileño que comparten desde que se casaron, mientras se preparan a toda prisa. Él está en la ducha, ella en su habitación, Arturo supone que maquillándose y arreglándose el pelo. Han cerrado la puerta que une el salón con el pasillo y el resto del piso, y Arturo siente que tiene unos minutos para relajarse. Está solo.

No se han visto en varias semanas, y es una situación un tanto extraña, porque durante años han sido inseparables, mejor que buenos amigos, con una amistad que él creía, hasta hace poco, inquebrantable. El punto de inflexión se produjo en un concierto al que iban a ir los tres y al que faltó Manuel a última hora. Eufóricos en el bis, Marina y Arturo se dieron la mano, algo borrachos, y amagaron con besarse, algo que, por suerte, no llegó a pasar porque ambos se dieron cuenta de que aquello estaba mal y de que era, probablemente, algo de lo que iban a arrepentirse profundamente al día siguiente.

Dos amigos se dan la mano en un concierto de uno de sus grupos favoritos. Están borrachos, se miran el uno al otro, y luego nada. Ya está.

Aquella noche, después del concierto, se despidieron fríamente y no volvieron a hablar en varios días. Arturo se hizo el ocupado, y Marina y Manuel rechazaron un par de invitaciones que les hizo para ir a la Filmoteca con otros amigos comunes. Al cabo de dos semanas sin verse, Arturo ha empezado a sospechar que Marina podría haberle contado algo a Manuel de lo que pasó, y que quizá por eso están dándose un tiempo antes de verle de nuevo. Pero, al fin y al cabo, ¿qué había pasado? En realidad, nada. Dos amigos se dan la mano en un concierto de uno de sus grupos favoritos. Están borrachos, se miran el uno al otro, y luego nada. Ya está. No es la primera vez que se da la mano con alguien en un concierto sin que tenga que haber necesariamente un romance adúltero y lujurioso de por medio.

Y ahora, justo en el momento más inadecuado, su maldita previsión le ha hecho llegar el primero a la fiesta de cumpleaños de Manuel. Sus dos amigos, los anfitriones, le han saludado, sin embargo, como si nada hubiera ocurrido, sonrientes y genuinamente felices de verle, aunque a toda prisa, eso sí, por lo que es pronto para sacar conclusiones. Con el ánimo algo bajo, se acerca a la estantería de Ikea que domina la pared principal del salón. No es una de esas estanterías baratas, en ésta se han gastado un buen dinero. Libros y discos se acumulan en los estantes, perfectamente ordenados, y en el centro, presidiendo, el tocadiscos que Manuel arregló él mismo y en el que han escuchado vinilos cada semana desde que se conocieron en la carrera. ¿Cuántos años hace ya de eso?, se pregunta Arturo, extrañado. Casi diez. No, espera, más de diez. Son once ya. Once años.

Joder. Once años, más de una década.

Arturo nunca ha sido un gran fan de los vinilos. A decir verdad, ahora sólo escucha música en Spotify, algo que decididamente es menos interesante que volver a casa en tren con una bolsa llena de discos de grupos oscuros y casi desconocidos dispuesto a pasar una noche de insomnio y comida basura. Pero lo que sí ha hecho, consciente de la enorme afición de Manuel y Marina, es regalarles vinilos de cuando en cuando, normalmente coincidiendo con viajes al extranjero, en los que se asegura de encontrar discos originales y poco conocidos, muchas veces de bandas locales o no profesionales que, como suele decir Manuel con ironía pero también cierto innegable orgullo, “no conocen ni en su puta casa”.

Saca con cuidado de la estantería uno de esas regalos que le ha hecho a la pareja, Hello to my friends de The Flying Picadilhos, y se acuerda de golpe de las tres semanas que pasó en Viena hace seis años, intentado aprender alemán, y de la cara de Johan, el holandés bonachón y rollizo que se sentaba a su lado en clase y que le recomendó encarecidamente que escuchara ese grupo. Estaban juntos cuando compró el vinilo, fueron algo parecido a buenos amigos (de verano, eso sí) y, sin embargo, Arturo no consigue recordar muy bien su cara, que se le presenta en la mente como una especie de borrón extraño con pelo rojizo alrededor, un poco al estilo de Ron Weasley de Harry Potter. Nunca se agregaron a Facebook y después no mantuvieron el contacto. Debe ser por eso, piensa con resignación mientras coloca de nuevo el disco en su sitio.

No sabe qué va a pasar entre él y sus amigos. Tiene miedo de que todo se acabe, no de golpe, sino poco a poco, como con esos antiguos compañeros de la facultad que ha ido perdiendo de vista y con los que ya casi no intercambia nada más que mensajes en Facebook, aislados e inconexos y, muchas veces, algo absurdos. Pensar en que algo así les pueda pasar a ellos hace que le suden las manos. Quiere tanto a Marina y a Manuel que de golpe siente pánico por haber llegado el primero a la fiesta y tener que estar solo con los dos y arriesgarse a una confirmación prematura de que ha pasado algo tan grave que no tiene solución. Marina y él nunca harían eso, se dice. Aunque alguna vez se le ha pasado por la cabeza, jamás, jamás, jamás dejaría que nada parecido pasara.

Sabe que una pareja que lleva once años junta es un milagro, un milagro en toda regla, y él quiere ser parte de ese milagro.

La puerta del pasillo se abre y allí están, ya listos y arreglados, Manuel con una extravagante camisa de lunares que le queda bastante bien (Arturo siente un deje de envidia) y ella con un vestido negro y el pelo cardado en plan años ochenta. Él les mira mientras se acercan y se fija, como si estuviera viendo un vídeo en alta definición a cámara lenta, en la incipiente calva de Manuel y en las sutiles arrugas que le han salido a Marina alrededor de los ojos. Se están haciendo mayores, los tres, y tienen que cuidarse. Tienen que cuidarse unos a otros. Sabe que una pareja que lleva once años junta, matrimonio de por medio, es un milagro, un milagro en toda regla, y él quiere ser parte de ese milagro. Pero desde fuera, apoyado en la barrera. Quiere ser su amigo fiel, su escudero. El padrino de sus putos críos, cuando los tengan.

Manuel le está hablando. Te hemos echado de menos, ¿sabes? Estás en Babia, ¿qué tal todo? ¿Qué has estado haciendo, dónde te has metido? Llaman al timbre y viene gente. Gente joven, gente de su generación que puede entenderle cuando habla de ciertas cosas, cuando hace ciertos chistes, cuando pone cara de indignado. Está todo lleno de gente, y ha perdido de vista a Manuel y Marina, pero no pasa nada, el sentimiento de urgencia y ansiedad que le corroía ha desaparecido. Ahora hay, en cambio, risas y alcohol y la sensación de que la vida echa a andar y va a algún sitio. Bebe mucho, de nuevo, como todo el mundo.

Joder, os quiero mazo, tíos. Os quiero mogollón. Quiero que lo sepáis por si me muero mañana.

Lo sabéis, ¿no?

Marina tiene lágrimas en los ojos, pero sonríe, y sigue sonriendo hasta que se acaba la fiesta y todo el mundo se ha marchado.

***

Foto de portada: Victrola Gramophone (Foto: Jimmy Baikovicius – Flickr)

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