Lo inútil y el sentido de la vida

Lo inútil…

1. Hasta hace relativamente poco, lo suficiente para que algo de escándalo me susciten los cambios que voy a mencionar, las universidades se publicitaban como centros en donde los futuros estudiantes lograrían una formación completa y rigurosa; y el celo y la calidad con que impartían sus estudios lo avalaban tanto el profesorado, al que se elogiaba, como los medios físicos y económicos de los que dispusiese dicha universidad. Ahora, todas y cada una, en su afán por correr como galgos en pos de los tiempos, atraen a los alumnos con el señuelo de que, estudiando en ellas, se asegurarán un puesto de trabajo en el mercado laboral. No extraña leer que tal universidad se ha asociado “con las mejores empresas”, o que ofertan la enseñanza de las carreras “con más salidas”.

2. Nada objetaría yo a que cada centro buscara el modo óptimo de acrecentar el número de sus clientes, pero, cuando los publicistas emplean con tanta seguridad un reclamo, podemos estar seguros de que dicho reclamo ya constituye en la sociedad una idea bien asentada, indiscutible y nítida, de qué desea la gente y de cómo son las cosas. Como gusto de advertir por aquí en ocasiones: “las peores falacias son aquéllas que, de tan claras, dejan de verse”. Y a lo que remite esta nueva disposición de la universidad es a la supremacía de la utilidad sobre el contenido; de la praxis sobre la pregunta acerca de la praxis.

3. Hasta tal punto alcanza dicha supremacía que los alumnos, por lo que me cuentan algunos profesores, preguntan cada vez con más insistencia “¿Esto para qué sirve?” al toparse en las clases con contenidos de dudosa aplicación en la vida práctica o futura de cada uno. No hacen más que repetir, naturalmente, lo que han aprendido de la sociedad o de sus padres; y basta con fijarse en los nuevos planes educativos para comprobar que es la utilidad –para lograr un empleo– de la asignatura, con independencia de lo que en ella se imparta, el criterio mediante el cual se ajusta o modifica lo impartido por los enseñantes.

También, en fin, ha llegado la cuestión a introducirse como piedra de toque para enfrentar las materias de ciencias con las de humanidades: la lectura de poemas en voz alta, como es lógico, “no sirve para nada”; mientras que el cálculo de una incógnita x posee la utilidad más absoluta. Tanto es así que los problemas matemáticos se plantean de hecho en forma real y práctica: “Si tengo 26 yogures, pero son 22 los niños que quieren tomar postre…”.

(Quede, no obstante, este asunto para otro momento. A mi entender, ni la diferencia entre humanidades y ciencias es tanta, ni está bien planteada como oposición. Saltemos sobre ello con un ligero brinco).

Estudiando

4. Mas si ahora preguntásemos, fingiendo ignorancia o simpleza, “¿en qué consiste la utilidad de algo?”, la respuesta que se nos daría se parecería a esto: “Pues en lo que puedes hacer con ese algo. Por ejemplo: un bolígrafo está fabricado para escribir o pintar. La tinta se concentra en su esférica punta móvil y deja así su rastro en un papel”. O, aplicado a la elección de una carrera, si nos guiásemos por la publicidad de las universidades: “Una carrera útil es la que te proporciona un buen trabajo. Una universidad útil es la que te enseña esas carreras, y te prepara para obtener un buen empleo”. Claro que los eslóganes suelen añadirle un plus subjetivo y emocional, del estilo “haz realidad tu sueño” o “con nosotros, alcanzarás las metas profesionales que deseas”, frases en donde el peso del atractivo recae sobre los anhelos del sujeto que estudia, y no tanto sobre las enseñanzas que se ofrecen.

 4.1. Con todo, el neo-lenguaje de la propaganda universitaria me daría para un artículo en sí, que tal vez escriba alguna vez. Leo en la descripción que de sus virtudes hace la Universidad Europea: “Nuestro modelo pone especial énfasis en la madurez y autonomía del estudiante, de forma que éste aprenda a adaptarse a un mundo cada vez más complejo y en perpetuo cambio.” En donde, a poco que se medite, se transluce que los cambios del mundo son considerados neutros, indiferentes, mientras los estudiantes sean maduros y autónomos. Tampoco se entiende bien qué significa ahí ‘autonomía’, pues ésta sólo se concibe con respecto a alguna cosa (“esa compañía es autónoma: ya no pertenece a nuestra empresa”), y esta segunda cosa no se explicita; ¿y cómo sabemos si este mundo es más complejo que el de 1912 o el de 1536? Además, la maldad sibilina de educar en un mundo al que no se le juzgan los cambios, se muestra con descaro si se aplica a una situación concreta. Imagínense ustedes el siguiente anuncio en la España de 1973: “Nuestra escuela les enseñará a adaptarse a un mundo complejo en perpetuo cambio: sepa usted alcanzar el éxito bajo la actual dictadura exangüe de Franco lo mismo que en las aguas revueltas de la Transición”. Un individuo al que los cambios sociales le diesen igual, porque sabe adaptarse a todo, es precisamente el tipo de ser humano que luego justifica los mayores horrores alegando aquello de “A mí no me reprochen nada: yo sólo hacía lo que pedían las circunstancias”. O sea, un monstruo, un trepa, un cretino, un advenedizo, o hasta las cuatro cosas a la vez.

5. Pero retomemos la reflexión acerca de lo útil. ¿Qué cosas son, sin duda alguna, muy útiles por esencia? Para todo hijo del hombre que camine bajo el cielo, el dinero en cualquiera de sus formas. Para escribir, un bolígrafo o un lápiz. Para lavarse los dientes, un cepillo. Para desplazarse por carretera, un coche. Y así, si seguimos completando la lista, veremos cómo en la sociedad cada cosa posee su función específica; y, por lo tanto, parece razonable y evidente que las universidades prometan lo que, según la otra publicidad de los periódicos, más escasea en este país: un buen empleo.

6. Sucede, sin embargo, que una infame ideología se ha ido encaramando a la cúspide de la pirámide hasta darle la vuelta por la base: así, se da por hecho, y hasta se repite insaciablemente, que lo útil, sólo por serlo, es bueno y necesario. Y lo inútil, en consecuencia rigurosa, es malo o secundario. Que no se trata de una burda simplificación moral mía, y que no puede considerarse ni un poco exagerada, lo demuestro apelando a que cualquier discurso que el adulto pueda darle al estudiante se fundamenta en la utilidad de lo que ha de estudiar. Y no sólo en ese discurso, sino en los planes educativos mismos: valga como ejemplo la introducción en Madrid del bilingüismo en la enseñanza; introducido, no para que los niños dominen una lengua con afán lingüístico o literario, y se embelesen estéticamente, o aprendan a pensar en dos lenguas tan distintas entre sí, sino como algo práctico para obtener, ya de adultos, un empleo. Y tanto las universidades como los alumnos saben que las mejores carreras son las que luego poseen más salidas.

Por lo demás, tampoco seamos ingenuos: cuando a alguien se le pregunta “¿Y eso de qué vale?”, lo que se está haciendo es ponerle en la siguiente tesitura: “Si me dices que no vale para nada, entonces déjame de insistir, pesado, porque no merece la pena. Si me dices que vale para algo, abrevia y vete a lo que de verdad es útil”. Y este ejemplo no sólo se puede aplicar a lo que se estudia o se imparte, sino al contenido de cualquier discurso que se pretenda didáctico. O, pasando a la acción, a cualquier cosa que uno haga que esté condenada de por sí a la inutilidad: “Si lo que haces no vale para nada, entonces deja de hacerlo”. Pero en general las acciones inútiles se arrinconan en la caja vacía del “tiempo libre” o de las aficiones.

7. Pues bien: obsérvese cómo se puede retorcer este cliché. Supongamos que se nos gasta la tinta del bolígrafo con el que escribimos. La utilidad del bolígrafo se ha desvanecido. Antes valía para un fin específico, pero ya no. Se ha vuelto inútil en el sentido más definido del término: se ha agotado la función para la cual era. Cierto que tal vez algún ingenioso reciclador pueda otorgarle otros usos periféricos (para desmontarlo y fabricar una cerbatana, para apuñalar a un agresor, etc…); pero ello no nos impide reconocer que, como bolígrafo, ha quedado ya inservible: una vez perdida su utilidad, los bolígrafos se tiran.

Y lo mismo ocurre con los coches, los vasos, el papel higiénico, las carreras universitarias que ya nadie demanda, los preservativos, unas instrucciones de uso, la agenda del año pasado, etcétera.

Lo útil, dos minutos después de dejar de serlo

Lo útil, dos minutos después de dejar de serlo

8. En cambio, ¿qué sucede con las cosas que son inútiles, no en el sentido de que hayan perdido su utilidad, sino en el de que nunca tuvieron una del todo definible? Por ejemplo, el amor. ¿Quién podría ser capaz de enumerar, de modo tajante, delimitado y racional, la utilidad que posee el amor? ¿Y qué clase de bobo creería que tamaña empresa pueda siquiera intentarse? O, poniéndonos más groseros, el folleteo mismo: ¿Qué utilidad real, práctica, verdadera, posee el acto del coito? (Me expongo a que algún listo me cite las demostradas propiedades saludables del sexo, pero imagino que nadie está entendiendo tan mal el artículo). Así, las acciones en este sentido inútiles se extienden a casi todos los actos de nuestra vida: tomar una cerveza con los amigos, comer un plato sabroso, hacer deporte por la mera sensación de hacerlo, reírse a carcajadas, quedarse en la cama tapado cuando en el resto de la casa hace frío, leer un buen libro, escuchar música… actividades incluidas, la mayoría, entre lo que, como dije hace un par de párrafos, se considera “tiempo libre”.

Mas el meollo no reside en cómo se clasifiquen, sino en que todas ellas remiten a  una satisfacción o unos placeres más o menos conscientes o intensos y que son por completo inútiles, porque se constituyen como fines en sí mismos: en efecto, no sonarían ni siquiera razonables las preguntas, “¿En el sentido práctico, para qué sirve amar o tomar un café con un buen amigo? ¿Qué utilidad tiene el placer? ¿Y sentirse bien y feliz?”, o se entenderían en un sentido existencial en verdad no reclaman.

9. Retomemos ahora el susodicho “buen empleo” que prometen las universidades: ¿En que consiste? Un buen empleo, convengamos, es aquél que proporciona mucho o bastante dinero. Se me dirá que también hace falta estar a gusto en él. Sin embargo, “No me gusta nada mi trabajo, pero estoy ganando una pasta” parece una molestia inferior a “Es el trabajo que más me apasiona, pero gano al mes 200 euros”, frase que trasluce casi una queja desesperada. La condición económica es, por lo tanto, siempre necesaria; la de estar a gusto, ni siquiera suficiente.

10. En consecuencia, ya sin eufemismos, el empleo “de tus sueños” ha quedado reducido a una actividad, preferente pero no necesariamente placentera, que ha de estar en cualquier caso bien remunerada. Y nada no extraña: pues cualidad esencial al dinero es, sin duda alguna, la de ser útil.

¿Pero para qué se emplea el dinero cuando se tiene? Para gastarlo, precisamente (¡he ahí lo más admirable!) en todo cuanto antes se ha despachado como inútil: en cualquier acto o cosa que proporcione, por encima de su utilidad, una buena cantidad de placer. Conocimientos inútiles incluidos.

10.1. No se me replique la existencia de millonarios, como el difunto Emilio Botín, que en vez de entregarse al hedonismo acuden cada mañana puntualmente a su oficina hasta altas horas de la noche para ver cómo bajan y suben los mercados y las acciones de la bolsa y de su compañía; pues es evidente que eso ya no se hace en sí por su utilidad práctica, sino por otro tipo de placeres psicológicos.

11. Resulta así que, por una delirante ironía, lo útil se convierte en un medio de gozar lo inútil, y que todos los aprendizajes útiles, “con salidas”, “con futuro”, “buenos para lograr un empleo”, persiguen olvidarse de una vez por todas de la utilidad que ellos conllevan, para entregarse a las recompensas inútiles, placenteras, que sin embargo proporcionan a posteriori. Como esas gentes que dicen, “Estudiaré Económicas para ganar dinero, y cuando me vaya bien me dedicaré a estudiar Historia del arte por placer”, pero en una escala mucho mayor.

12. ¿Dónde está el truco y por qué el escándalo que he manifestado en la primera línea del artículo? ¿Por qué me inquieta tanto que las universidades oferten carreras útiles para un mundo en perpetuo cambio? Porque hubo una época en la cual los estudios se justificaban, no por la utilidad que para el mercado laboral ofreciesen, sino por razones que se pretendían intrínsecas, fines en sí mismos. Dado que el placer siempre se busca, y dado que las cosas inútiles pero placenteras parecen no cambiar con el paso, ya no de los años, sino de los siglos, se daba antaño la pretensión de que ciertos conocimientos, con independencia del trabajo, eran de por sí necesarios y buenos, porque en nada los cambiaba su utilidad económica. Entre ellos pueden citarse la filosofía, la historia, las matemáticas, la física, la química, la biología, la medicina, la antropología, la literatura y la lingüística, más algún otro que puede añadir el lector. Todos estos campos trataban, se suponía, del hombre, de su condición y de la vida, inalterables; y cada uno reflexionaba, además, por lo menos desde la Ilustración, acerca de la validez o del camino que debían seguir: lo que se llama una meta-reflexión sobre su propio campo.

En cambio, lo útil, lo práctico, lo coyuntural según “cambia el mundo”, ¡de qué poco puede uno fiarse de eso! Hoy los estudios que triunfan son los de informática; mañana, los de ingeniería de caminos; dentro de un mes, los de filología alemana. Allí precisan médicos, allá carniceros.

Semejante vaivén de las profesiones más demandadas ha sucedido siempre; pero lo que no sucedía era que las universidades, las cuales necesitan del estado para poder mantenerse públicas e instruir a cualquiera con independencia de su renta, se pusieran de rodillas ante las empresas y la rentabilidad, y ante la exigencia gubernamental de crear empleo, y, con una docilidad tanto más traicionera cuanto más interiorizada e inconsciente, ¡dijeran que sus valores máximos no consisten en seguir ahondando en la vida o en el ser humano, sino en crear empleados idóneos para un mundo laboral cuyas condiciones concretas y cambiantes importan un bledo con tal de que te permitan participar en él!

Por decirlo de una manera más sucinta: se trata de la primera vez, en la era moderna, en que el prestigio de los conocimientos no se valora de por sí y por sus contenidos, sino sólo en la medida en que permite la proliferación del trabajo asalariado. Diciéndolo de un modo más brusco aún: se estudia para trabajar, no para aprender. O, más a lo tosco: así se fabrican obreros sumisos, no pensadores críticos ni profundos. O, en fin, ya de modo salvaje y deliberadamente simplista: ni pienses, se trata sólo de ganar dinero.

Por fin: el conocimiento reconvertido en papelitos que crujen.

Por fin: el conocimiento reconvertido en papelitos que crujen.

13. Pues siempre que una nueva visión se erige sobre el resto, la mera inercia de la idea –no sugiero yo nunca que estos dislates se deban al cálculo y la voluntad de unos señores muy malvados, aunque sin duda hay unos cuantos necios inteligentes convencidos de que las cosas tienen que hacerse así– conlleva que trate de volverse única. Y así, una titulación en donde se cuestione o se olvide (desentendiéndose de cualquier fin práctico) la autoridad total de lo económico como argumento, quedará relegada al bando de lo inútil y malo.

14. De esta manera, la ideología dominante le arrebata al hombre una cierta libertad que había adquirido mediante la razón para sustraerse de las superestructuras sociales; pues, reemplazando el criterio de “quizá inútil, pero sin duda necesario” por el de “útil, con tal de encontrar empleo”, y suprimiendo el apoyo económico y social a ciertos campos del saber, claro está que la cultura, o quienes la ejercen, deja de observarse a sí misma, de criticarse a sí misma, de reflexionar sobre sí misma. Uno contempla con pena y asombro las angustias de los adolescentes que, incluso contra sus apetencias, escogen carreras o profesiones que no les apasionan, sólo porque “tienen más salidas”; o estudian con pánico ante la idea de no llegar a la media que el estado les exige para entrar en los grados más demandados.

De ahí la necesidad defensiva de ensalzar los saberes útiles, rentables y circunstanciales como los únicos válidos, y de anular el resto, así como censurar las distracciones estériles, para al mismo tiempo prometerle al sujeto que si sigue por la senda adecuada, y se deja integrar con docilidad en el redil, alcanzará el paraíso de las inutilidades que se le han negado mediante el esfuerzo de destacar en lo que sí es útil.

En la universidad que lleva su nombre no se imparte ni una sola carrera relacionada con los estudios literarios.

En la universidad que lleva su nombre no se imparte ni una sola carrera relacionada con los estudios literarios.

15. Incluso las matemáticas, que se dirían la herramienta idónea para el estudio moderno que reclama el mercado laboral, han perdido su autonomía; y ya nadie las defiende por el gozo que proporcionan al que con ellas se deleita aplicando la lógica, comprobando cómo encajan los números, o encontrando la demostración del teorema de Fermat. Más bien se han subordinado a la economía, a empresariales, a estadística, a los cálculos bursátiles, y a todo ámbito en donde haga falta reducir la vida a números: y tanto más se la tolera en la medida en que sea útil para el cálculo monetario. Como mera especulación racional, o como estudio de las relaciones entre las cifras, es sin duda una carrera secundaria, y los matemáticos suelen reciclarse para desempeñar cualquier otra profesión aneja.

15.1. Análogo, o aún peor papel, desempeñan los licenciados en psicología que terminan, no ayudando a la gente a conocer su pisque, sino seleccionando, como directores o adjuntos de RRHH, a los candidatos idóneos para un puesto. ¿Habrá mayor traición a las intenciones originarias de la ciencia que uno ha estudiado?

15.2. Aguantan aún con relativa fuerza las carreras de letras que permiten a sus graduados o licenciados dedicarse a la docencia. Pero a medida que los planes educativos vayan considerando inútil en este mundo la enseñanza de la filosofía –y no queda mucho– o del latín, estas carreras desaparecerán, y se convertirán en el lujo de algunos pocos ociosos.

16. Pese a todo, siempre quedan esperanzas. Todo lo bueno de esta vida es siempre absolutamente inútil, y causa ese placer indefinido y extraño que nos arroja a las grandes pasiones por las cosas. Hablar a favor de lo accesorio, del estudio por el estudio, o de las banalidades que sin embargo a uno le llenan por completo, es negar esa enfermiza publicidad universitaria, ramera de los mercados, del miedo y del dinero vacío, diciéndole: “Si me gustan la poesía, el vino, la hierba, la pintura, la filosofía, y tantas otras cosas, se debe sobre todo a que no valen para nada, ni lo valdrán nunca”. Y no sentir por ello ni el mínimo asomo de culpa: que eso es precisamente lo que buscan la mentira y el miedo ideológicos, y así es cómo han ido trepando como la hiedra hasta esos templos (imperfectos, pero templos al cabo) del saber que eran, antaño, las universidades, y que ahora funcionan mayormente como costosas sucursales del INEM.

“La gran preocupación eterna del ser humano”, dijo Platón a los miles de esclavos que le escuchaban, “es ante todo el problema del paro”

“La gran preocupación eterna del ser humano”, dijo Platón a los miles de esclavos que le escuchaban, “es ante todo el problema del paro”

…y el sentido de la vida

Los más desgarradamente desengañados, o los más vanidosamente cínicos, suelen proferir la frase “la vida no tiene sentido” como confirmación de una sabiduría algo repelente que, tras escudriñar esta existencia, proclama el absurdo pleno. Pero una ausencia de sentido no implica por necesidad un absurdo, y sí, en términos absolutos, una completa y refrescante libertad.

De modo análogo a cómo lo inútil, por gozoso, nos libera de la sumisión ideológica a lo tenido por vitalmente útil, una vida con sentido resultaría intolerable.

En efecto: si el sentido de la vida fuera uno concreto, y no otro, los hombres se dividirían en dos clases: a un lado, los que han alcanzado ese sentido o lo alcanzarán algún día; a otro, los que nunca lo harán. Los primeros podrían suicidarse al conseguirlo. Porque, si ya han cumplido con ese sentido, ¿qué sentido tendría prolongar su vida? Los segundos también harían bien en suicidarse: si nunca lo alcanzarán, ¿a cuento de qué seguir existiendo?

La vida, por fortuna, no tiene sentido. Esta ausencia de sentido se asemeja al placer, pues gracias a ello queda el hombre fuera de cualesquiera ataduras, imperativos, obligaciones o proyectos, y le arroja al único sentido verdadero de cuantos pueda haber: al hecho de que el que vive se pierde en sí mismo, de que fluye inabarcable; y de ese modo el sinsentido resulta tan gratificante como dador de verdadera y limpia libertad.

***

Ilustración de portada: Isabel Fernández.

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