Woody Guthrie: la voz del pueblo (y II)

“Odio las canciones que te hacen pensar que no eres bueno para nada. Odio las canciones que te hacen pensar que has nacido solo para perder. Con rumbo, destinado  a perder. Bueno para nadie. Bueno para nada. Estoy fuera para cantar canciones que te hacen sentir orgulloso de ti mismo y de tu trabajo”.

“I hate a song that makes you think that you are not any good. I hate a song that makes you think that you are just born to lose. Bound to lose. No good to nobody. No good for nothing I am out to sing songs that will prove to you that this is your world(…) I am out to sing the songs that make you take pride in yourself and in your work”.

Woody Guthrie.

Continuamos desde donde lo dejamos

La ciudad de New York resplandece de vigas, automóviles; de boinas verdes, caquis y camisas deshilachadas y señores trajeados. En su vagabundeo neoyorquino de emisoras, callejones, habitaciones de moteles, alfeizar de cemento y sofás de amigos, Woody Guthrie escribía centenares de poemas y escritos en prosa no publicados y se hacía un nombre, por pura inercia, en el panorama leftartist (artistas de izquierdas) de la ciudad: conocería a Alan Lomax, leyenda de la etnomusicología y uno de los más importantes recopiladores de canciones folk en EEUU; sería Lomax quien le animaría a escribir Bound for Glory, conmocionado por la historia de Woody ―En La Biblioteca Musical General de Bournemouth (Inglaterra) tuve la suerte de tropezarme con un ejemplar viejo, pero muy bien conservado, de American Ballads and Songs (1932) editado por Alan y su hijo John Lomax, una deliciosa compilación de letras y melodías de las primeras canciones folk que dio el país, aquellas canciones que se entonaban en porches y tabernas con las ásperas manos del campo y el trabajo―.

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Pero Guthrie quería hacer algo más que elevar su voz por todo el país con los Almanac Singers denunciando el racismo y el fascismo durante los difíciles años de la Segunda Guerra Mundial: decidió enrolarse en la marina mercante de los EEUU, donde serviría como fregaplatos y cantaría con frecuencia para animar a las tropas ―se desconoce la fecha exacta, pero a partir de mediados de los cuarenta comenzaría a usar el famoso eslogan “esta máquina mata fascistas” pegado a su guitarra―. Después de su servicio, Guthrie se asentaría en la Mermaid Avenue. Por aquel entonces, comenzó a visitarle un joven con guitarra al hombro que arreciaba duras baladas en las Avenidas de NY: Jack Elliot había escapado de su casa en Brooklyn años atrás ante la insistencia de su padre para que fuese cirujano, como sentenciaba la tradición familiar, y se enroló (es la expresión más adecuada) en uno de los pocos rodeos que aún sobrevivían al este del Mississipi: el Rodeo del Coronel Jim Eskett. Ahora, de vuelta en la ciudad y fruto de sus viajes por el país y las escuchas en la radio, Jack Elliot no podía perder la oportunidad: idolatraba a Guthtrie hasta la obsesión como lo haría Dylan más tarde. Comenzó a frecuentar su casa en la Mermaid Avenue y estudió cómo componía y de qué manera vivía.

Jack condensaba buena parte del amor de Woody por la libertad del trotamundos y ambos viajaron en la segunda mitad de la década de los cuarenta por los estados del Atlántico y Nueva Inglaterra ―estos viajes y su particular modo de vida le granjearon el seudónimo de Jack “Rambling” Elliot (Jack “Herrante” Elliot).

Al igual que Dylan, Woody era un hombre complejo. Se ha dicho que Woody Guthrie frecuentaba un carácter áspero con las personas de su entorno más cercano mientras se guardaba un talante natural amable y entregado a la causa social popular ―en el amor también fue itinerante: se casó tres veces―; yo, sinceramente, creo que, para un hombre habituado al hambre, las carreteras y lo impredecible, cierto recelo ante las cadenas emocionales suponía una apuesta más que probable. En uno de estos viajes con Elliot, Woody conducía una vieja lata de cuatro ruedas y, sin motivo aparente ―quizás cansado de la insistencia de su aprendiz, o debido al comienzo recio de su enfermedad, o pretendiendo que Jack aprendiera desde el hambre y los trenes de carga como hizo él―, paró el motor en una cuneta, abrió la puerta, le espetó un “Jódete, Jack” y le obligó a salir del vehículo, abandonándolo en mitad de la carretera.

This Train is Bound for Glory

“This train is bound for glory, this train. 
This train is bound for glory, this train.
This train is bound for glory,
Don’t carry nothing but the righteous and the holy.
This train is bound for glory, this train”

This Train (Canción folk tradicional)

Pero la mañana es clara ahora y la luz temblorosa de enero azuza las mantas blancas y el olor a arsénico en la habitación del Greystone donde Woody Guthrie no esperaba a nadie. Cuando Robert Zimmerman apareció por la puerta, inseguro, algo tímido,  Woody llevaba años en camilla sin poder mover un músculo y apenas podía articular palabra debido al mal de Huntington, la enfermedad que le arrebató su infancia y que ahora le impedía disfrutar de su madurez. Dylan tocó, hablaron durante horas, y Guthrie quedó tan cautivado por las formas y el ímpetu del joven que decidió invitarlo a casa de los Gleason, en el East Orange.

Dejando atrás el ajetreado New York, Bob y Sid Gleasons, amantes del folk y amigos de Woody, vivían en la localidad de East Orange en el estado de New Jersey. El matrimonio había conseguido un permiso especial del Greystone para custodiar a Guthrie los fines de semana. La voz se había corrido por todo el Greenwich Village ―el barrio bohemio de NY, donde empezaba a repuntar el género del folk (lo que se llamaría el Folk Revival)― y el piso del Orange pasó a ser un lugar de reunión abierto a compañeros y amigos: Jack, Pete Seeger, Cisco Hudson… Bob Dylan solía sentarse en cuclillas en el suelo, muy cerca del sofá donde tendían a Woody, para poder escuchar sus torpes balbuceos y ambos cuchicheaban y reían. Cada vez que Woody se trasladaba a casa de los Gleasons, preguntaba por el “chico”. “¡Díos, el chico sabe cantar! Es un verdadero cantante de folk. Pete Seeger es un cantante que canta canciones de folk, pero el chico es un verdadero cantante de Folk”.

Dylan era un gran imitador; o si se prefiere, un ferviente imitador. En 1961, Bob Dylan ocupaba las tablas bohemias del Café Wha? y del Common´s siempre con un deje chaplinesco, como de personaje de Samuel Becket domado, grave y dramático. Y mucho fue por influencia de Woody Guthrie que agudizó sus maneras escénicas y áspero sentido del humor. “Una vez, en el escenario, puso todas las armónicas en una mesa, delante de él y esperó un buen rato posando la vista en cada una de ellas con un gesto de sospecha: «¿Uhmmm, dónde está aquella dichosa armónica en Do»? Y la gente se desternillaba”―recuerda un amigo suyo en Bob Dylan: A Biography.

Meses atrás de su visita al Greystone, en el otoño de 1960, Dylan conoció por primera vez a Guhtrie a través de Bound for Glory “El libro me cantaba como una radio. Guthrie escribe como un torbellino y el mero sonido de las palabras sirve para colocarte. Puedes abrir el libro por cualquier página; todas desbordan energía” Y Woody entonó las palabras adecuadas ―desgarradoras, sucias, aventureras― para peinar cierto nihilismo antimaterialista y de talante Beatnick que frecuentaba Dylan en el bohemio y universitario barrio de Dinkytown (Minessota); un existencialismo aturdido de fiestas universitarias, hierba, tocadiscos y guitarras; de horas muertas sin pisar la clase y solitarias madrugadas en duermevela con la guitarra aun en los brazos, arpegiando acordes de Hank Williams hasta el insomnio. En esta amalgama dulzona de amaneceres y locales folkies, Dave Whittaker, uno de los amigos de Dylan más comprometidos con este estilo de vida alternativo ―y en gran medida una figura influyente en su mundo interior por edad (cuatro años mayor que Bob), magnetismo y convicciones― quien le hablaría de Bound for Glory. Está todavía vivo, enfermo en algún lugar del Este”. Dylan devoró la autobiografía de Guthrie. La obsesión de Bob era tal, que en más de una ocasión le tomaron el pelo, como recuerda el periodista Anthony Scaduto en boca de una amiga de Robert en el imprescindible Bob Dylan: A biography: “Una vez estábamos en una fiesta con unos chicos y Bobby había bebido. Afuera nevaba y estos chicos empezaron a decir: «¡Ey, Robert! Woody Guthrie ha venido a verte! ¡Está en la puerta!» Y Bob abrió la puerta y se alejó gritando ¡Woody, espera no te vayas! Los chicos empezaron a reírse de él. No molaban nada».

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Dylan dominó el repertorio ―según él mismo unas doscientas canciones― y las formas escénicas de Woody en los días de Minessota. Tanto, que John Pankake; “un purista entusiasta del folk, profesor ocasional de literatura” y habitual de las actuaciones de Dylan en Dinkytown, se percató del truco: “No haces más que imitar a Woody Guthrie. Más vale que pienses en otra cosa. Jack  pasó por la misma etapa en la que estás tú y la superó”. Pankake condujo a Dylan hasta su casa donde bajó la aguja en el vinilo Jack Takes the Floor, Dylan lo recuerda en Crónicas Volumen I: “El disco empezó a girar, y la voz de Jack atronó la habitación. Joder pienso, este tío es brutal. Suena como Guthrie más escueto y perverso. Y las canciones no son de Guthrie (…) Elliot había ido más allá de Guthrie y yo todavía no había llegado”.

El Jack girando en el tocadiscos de Pankake y en la cabeza de Dylan no era otro que Jack “Rambling” Elliot, el discípulo predilecto que Guthrie despachó con viento fresco al final de los cuarenta y que Dylan conocería año y medio después en New York, aprendiendo sus formas escénicas, personalidad y estilo. Jack Elliot supuso un espejo del joven Guthrie donde mirarse, ya que Dylan conoció siempre a Woody inmóvil en un sofá o una camilla aquejado de su enfermedad.“Woody no me enseñó. Sólo me dijo: si quieres aprender algo de alguien, cógelo”, abundaría Jack Elliot, sobre su reverenciado maestro.

Woody Guthrie murió en 1967 en el Brooklyn State Hospital sin poder mover un músculo ni decir palabra. Bob Dylan le dedicó un balada que le cantaría en el mismo Greystone: Song to Woody, un homenaje a sus hazañas; una canción basada en la melodía de 1913 Massacre que escribiera Guthrie en los años cuarenta. En 1963, antes de ajustarse el sombrero y empaquetar la guitarra hacia los prados eléctricos, Dylan le brindó Last Thoughts on Woody Guthrie, un extenso poema rítmico al modo beat ―ya se intuía su relación con el poeta Allen Ginsberg― para su “último héroe”; intrincados versos que elogiaban a las más altas cumbres del país, a los trenes de mercancías, a los carteles de Estaciones de servicio, al polvo y la vida que había compartido con Woody Guthrie en sus historias y canciones mucho antes de conocerlo. “A Woody Guthrie, para Woody Guthrie”, al que siempre dedicaría una parada en el camino y un hondo vistazo ―quizá arrepentido― hacia los confines inalcanzables de la carretera; una carretera que, desde que el hombre es hombre, siempre ha conducido ―y siempre conducirá― Rumbo a la Gloria.

“You can touch and twist
And turn two kinds of doorknobs
You can either go to the church of your choice
Or you can go to Brooklyn State Hospital
You’ll find God in the church of your choice
You’ll find Woody Guthrie in Brooklyn State Hospital

And though it’s only my opinion
I may be right or wrong
You’ll find them both
In the Grand Canyon
At sundown”

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