Interstellar: Una nueva dimensión de Nolan

Es preciso empezar confesando que no me siento cualificado para escribir esta crítica. Interstellar es, antes que cualquier otra cosa, una película compleja, excesiva y difícil de abarcar. En un primer visionado podríamos darnos por satisfechos con haber seguido la trama sin perdernos y disfrutar con algunas de las magistrales (y a buen seguro carísimas) secuencias del espacio. Pero como el necesario segundo visionado no ha llegado aún, en esta santa revista se esperan críticas los martes y, qué narices, la sección se llama El Crítico prejuicioso, no me queda más remedio que tirarme a la piscina con la ropa puesta.

Ahora que vivimos en un mundo de lovers y haters (sobre todo haters, que siempre es más fácil), es un ejercicio de honestidad decir que a mí Nolan me flipa. El caballero oscuro es una de mis pelis favoritas (aunque ganen los malos) y he pasado horas defendiéndola delante de todo el que se me ha puesto por delante. Pero más allá de aquella película de superhéroes, lo que me gusta de este señor es que su incansable tendencia a complicarse la vida. Es un tipo que se monta un mundo de sueños, con diferentes capas espaciotemporales y un clímax de cuatro secuencias en paralelo para contarte una película de atracos. Respect. Por eso, lo de Interstellar, los agujeros de gusano y la teoría unificada parecía casi cuestión de tiempo.

Me gusta pensar que Nolan se ve a sí mismo como un maestro de los puzles. Le imagino preparando sus películas en su gran casa de Londres (no sé si vive ahí, pero es mi imaginación y hago lo que quiero) trabajando con su hermano en el próximo proyecto. El primer mes consiste en desarrollar la línea argumental básica de lo que van a contar. Los once siguientes se dedican a cambiar las piezas de sitio, esconder las importantes, añadir otras para despistarnos y, sobre todo, reír a carcajadas con voz maléfica mientras lo hacen. Al final, por algún extraño motivo que achaco a la magia negra, el puzzle encaja a la perfección, venden la historia por milicientos millones de dólares y cada par de años consiguen ponernos a hacer cola para sudar entre dos y tres horas mientras intentamos adelantarles (sin éxito) en la resolución del puzzle. Ese es el gran talento de Nolan y el que le ha llevado hasta aquí.

El puzzle de Interstellar es el más complicado con el que Nolan se ha puesto hasta la fecha. Aquí los dobles fondos, las paradojas y los problemas no se encuentran en la estructura narrativa, ese lugar en el que el director se siente tan cómodo, sino que se los ofrecen las mismísimas leyes de la física. Ante un jaleo así, los directores con talento suelen poner a trabajar su imaginación y recurrir a metáforas para abarcar lo inabarcable. Los menos talentosos, pasan de rollos físicos y se inventan a un mago. Nolan, incapaz de ninguna de las dos opciones anteriores, se mancha las manos y entra de lleno en los números. Tiene que convertir las ecuaciones en imágenes, mostrar el cosmos como no lo habíamos visto, explicarnos un poco de física para que podamos entender la trama y, además, contar una historia entretenida. Y al amigo le sale.

Un reto como este debería ser motivo suficiente para ir al cine, pero Nolan también nos regala los ingredientes marca de la casa para poder disfrutar: las increíbles imágenes, la épica de las secuencias de acción, el montaje trepidante, y por encima de todo eso, una banda sonora impresionante de Hans Zimmer. Esos malditos órganos, que ahora mismo son mi música favorita de todos los tiempos, me están haciendo sufrir por culpa de la mente brillante que decidió sacar al mercado la banda sonora dos semanas más tarde del estreno de la película. Es cierto que la música es constante, subraya más de lo deseado y manipula como un hermano mayor con ganas de comer sin riesgo las galletas reservadas para los invitados. Pero si la partitura es tan buena, a mí como si suenan cantos gregorianos que repiten “¡LLORA ÁLVARO!” incesantemente durante la secuencia más intensa. Así de buena es.

Por todo esto le perdonamos a Nolan uno de los guiones menos consistentes de su carrera, la obsesión por no mantener un plano durante más de tres segundos, algunas incoherencias (científicas, pero también narrativas) que salpican la película o un epílogo más que mejorable. Se lo perdonamos porque hay que tener narices para convencer a los señores del dinero de que le produzcan algo así y entregarnos una película muy rara y muy especial. Gracias por atreverte.

¿Qué gafas me llevo a esta peli?

interstellar-grafico-prejuicioso

Entonces, ¿voy a verla?

Acabo de ver el futuro. Eres tú en unos meses sentado en tu sofá después de ver Interstellar en tu birriosa pantalla de 30 pulgadas. Estás tirándote de los pelos, mordiéndote las uñas y maldiciendo a tu yo del pasado por no haberla visto en pantalla grande. Detrás del sofá estoy yo repitiendo “te lo dije” sin parar.

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Especial Premios Óscar 2015

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