También te puede no tocar a ti

¿Tiene sentido comprar lotería?

Quienes no compran, por principios, lotería, suelen ampararse en las estadísticas y en el narcisismo para repudiar como ilusorias las esperanzas de que a nadie le pueda tocar jamás un premio generoso: hay más probabilidades de que te caiga un rayo, dicen; y además les resulta cándida y simplona la sospecha irracional de que el azar pueda favorecernos por el mero hecho de pensar “este año tendré suerte”.

Convengo con ellos en una cosa: cada uno se atribuye a sí mismo un destino (ya sea desdichado o afortunado), y resulta cada vez más arduo en este mundo liberarse de la pegajosa sensación de estar viviendo constantemente la propia vida, como quien transita en tiempo real la película de su propia existencia. Sólo mediante la fe en la propia suerte, (o en la propia adversidad, que da lo mismo) nos sustraemos a las estadísticas y nos afirmamos como casos únicos e irrepetibles, como centros constantes de un universo que no deja de pensar en nosotros, aunque sea para decirnos que no le importamos una higa. Así, comprando lotería, estaríamos negando con nuestra subjetividad la espeluznante neutralidad de los números: “¿y si me toca?”

Pero sospecho que los reproches tan racionalmente planteados no aciertan en el verdadero el blanco de su crítica. No sólo la famosa comparación entre la suerte y el castigo de Zeus carece de fundamento (en el anexo mi amigo Emilio G, ingeniero y lo bastante curioso para molestarse en investigarlo, ofrece de ello una detallada y precisa explicación) y obvia, por lo común, el reparto de las pedreas o las devoluciones del dinero, sino que también la explicación psicológica deja de lado el componente más importante de los hombres y sus comportamientos: lo social.

Olvidan quienes despotrican contra la compra de lotería que ésta suele organizarse en grupo, ya sea con compañeros de trabajo, con familiares o con amigos. Raro, o muy raro, es aquel comprador de un décimo que lo adquiere en soledad por el mero hecho placer del juego. La compra de lotería pertenece al ámbito del ritual navideño: un acto, nos guste o no, en donde la racionalidad se suspende, no en contra de la estadística o de la insignificancia de uno, sino a favor de nuestro instinto grupal. Precisamente, que la probabilidad de que el premio recaiga en una mujer sea tan superior a que recaiga en un hombre se explica en gran parte por la todavía mayor capacidad de la mujer para desenvolverse en sociedad.

Pues no puede negarse, citando a Rafael Sánchez Ferlosio, “el hecho de que la pertenencia [a una sociedad o grupo social] sea a la vez tan necesaria como trágicamente inestable en los humanos”, o sea, “hasta qué punto la tradicional concepción del hombre como animal social lo vincula, de la forma que fuere, a la determinación de pertenencia”.

No otra cosa sucede en los estadios cuando los miembros de la masa se contagian entre ellos una misma exaltación, hasta el punto de homogeneizarse en sus aparentes diferencias. Y obsérvese que ni siquiera hace falta saberse las normas del juego o apoyar a un equipo: que cada cual rememore si alguna vez algún conocido suyo, que aborrecía, por ejemplo, el fútbol, no ha llegado a contagiarse del ambiente de un bar o de una casa, atestados de gentes más apasionadas, y ha terminado chillando nervioso cada vez que se acercaba la posibilidad de un nuevo gol.

Masas

“Sin embargo”, me objetará alguien, “que hayas colocado la irracionalidad en el instinto grupal, o mimético, o como quieras llamarlo, no desmiente lo que alegan quienes detestan la lotería. Puede que el ejemplo del rayo sea malo, pero las posibilidades de ganar algo son muy escasas. Y puede que no sea narcisismo, pero sigue siendo un engaño”.

Y a eso contestaré lo siguiente, para que quede más claro y no parezca yo navegar entre dos aguas: que quien compra lotería esperando, de verdad, que le toque, es sin duda un iluso y se equivoca; pero quien no comprende el ritual de la lotería, y trata de corregir semejante comportamiento apelando a la racionalidad estadística, no se entera del poder de las presiones o las gratificaciones en las conductas compartidas, por insensatas o razonables que éstas sean.

Mas no venía a hablar hoy de por qué la gente juega a la lotería, sino de la última y más grosera inmoralidad del Estado: el anuncio con que tratan de convencernos para que juguemos todos.

La mayoría de los lectores, supongo, ya lo habrán visto; y, en algunos casos terribles, hasta se habrán llegado a emocionar. No obstante, no considero una gratuidad volver a describirlo con una mirada más analítica, más aséptica.

Vamos allá.

El anuncio de la Lotería de Navidad de 2014

El anuncio se abre con un plano aéreo de un Madrid digital, nevado y sin obras: o sea, el Madrid más irreal que pueda imaginarse. Manolo, un evidente fracasado, a juzgar por su aspecto ojeroso y su pelo revuelto, observa la desoladora mañana desde un ventanal. El hombre está jodido. Porque no compró billete de lotería –vayan a saber si por la crisis, o por su esencia intrínseca de puro loser–, y resulta que en el sitio en donde lo compraba cada año ha caído un buen pellizco. Su mujer, desaliñada como él pero dulce de voz y persuasiva como ninguna, le convence en pijama de que baje a la calle a felicitar a los demás. Manolo, como es natural, no parece muy por la labor, pero, ante el reto de inmolarse emocionalmente con un gesto tan masoquista, se viste un abrigo feo y viejo y baja a la calle mientras su mujer está caliente en casita (con casi toda seguridad, tomándose un chocolate mientras piensa que al menos se ha librado un poco del triste de su marido).

Mientras Manolo camina penosamente hacia sabe Dios dónde, pasa un frío del carajo y atraviesa la típica nieve de Madrid que llega hasta la rodilla, deja atrás una urbanización más fea que la del decálogo de Kieslowski y se observan a su lado elementos escogidos entrañables: tiendas con miles de adornos encendidos, árboles de navidad en medio de la acera, y una bici fea y escarchada que yace bajo la nieve sin que aún no la haya robado nadie. Le acompaña en su caminar la alegre canción extradiegética Glacier, de James Vincent McNorro. Imagínense ustedes que el productor de turno hubiese incrustado ahí el Baile de los pajaritos de Mª Jesús y su acordeón. ¡Qué gozo! ¡Se hubiera convertido al instante en una obra maestra!

Cuando cesa la música, Manolo, el pobre, levanta la cabeza hacia el “Bar Antonio”, su taberna de confianza. La peña está pletórica. Manolo se abre paso y avanza hasta la barra. “Nos ha tocado el gordo”, berrean los clientes mientras brincan alcoholizados como si estuviesen en una rave ibicenca. El camarero y arrendatario (que no dueño, como se revela en este otro video: que te paguen el alquiler es “perder”) Antonio, le saluda y le ofrece un champán. La soltura con que le ofrece el espumoso delata que Manolo ha pasado largas veladas en ese sitio acompañado por una cantidad generosa de litros de alcohol. Pero esta vez pasa de su somnífero habitual a la resaca, y le pide un café. Como Antonio parece un hombre nuevo gracias al dinero que aún no ha cobrado, a Manolo le entra apuro y le pide al instante la cuenta. Antonio le dice: “21 euros”. Manolo no da crédito, y se indigna como cuando vamos al mecánico a que nos infle los neumáticos y al final resulta que tenemos que cambiar los frenos y reemplazar la correa de transmisión. Por fortuna, cuando ya el espectador está con el estómago tan encogido que no puede ni sorber con pajita, Antonio se vuelve hacia nuestro desdichado Manolo, y le explica: “Un euro por el café, veinte por esto”. Entonces le entrega un sobre con un décimo en su interior. La música deprimente de antes ha vuelto, pero yo aquí ya no pondría la de Los pajaritos, sino Me gusta ser una zorra de las Vulpes, para así mantener el nivel estético en esta obra publicitaria cumbre de la manipulación sentimental.

Manolo llorón

Llegados a este punto considero necesario añadir que mi madre lloró; y, como ella, supongo, unos cuantos miles de entre quienes vieron el anuncio sin haberse precavido antes. Pues bien, Manolo coge el décimo emocionado y mira enternecido a su Antonio con los ojos húmedos (otro síntoma del alcoholismo). En el último plano aparece el bueno de Manolo extasiado mientras habla con un reportero de la televisión; ya con voz silenciada porque resuena, por tercera vez en apenas dos minutos y pico, la misma canción desesperante con que tanto nos han machacado para enternecernos. La mujer aparece entonces, hecha un asco en su semi pijama, y le besa. “El mayor premio es compartirlo” reza el eslogan con que se cierra el comercial. Qué demodé, ¿verdad?, eso de decir “el comercial”. También es bastante demodé la palabra “demodé”.

Quizá muchos, entre los cuales me incluyo, hubieran preferido otro final en el que Manolo saliera del bar tras pagar veintiún euros por el café (“Veinte por el café y uno por el azúcar, Manolo, que ahora que Podemos va a ganar las elecciones y la mitad del barrio es rico, hay que subir los precios pa’ provechar”, diría Antonio), regresara a su casa, estrangulara a su señora tras una discusión que ni en ¿Quién teme a Virginia Woolf?, y se reventara los sesos en el váter con una carpetovetónica escopeta de caza al estilo que se estila en La chaqueta metálica.

Pero tanto neorrealismo nos privaría de los complementos imprescindibles al video principal: estos cortos que transitan estrepitosos lugares comunes de un modo aún más obsceno que el anuncio nuclear. Sólo una pregunta le corroe al avieso veedor capaz de soportar uno tras uno estos intolerables anexos: Si tantos actores desconocidos actúan tan bien, ¿quiénes y cómo hacen el casting de las películas y las series españolas?

(Les recomiendo el de la hija mimada que se enfada por ir en metro, y que gracias al gordo le van a comprar un coche; y el del arrendador que se hunde cuando descubre que su arrendatario va a poder pagarle el alquiler).

Lo que bajo el anuncio subyace

Cuando yo era niño, la lotería me parecía algo tan inconcebible (y, por ello mismo, tan fácil de creer) como los reyes magos o la veracidad de los anuncios: que alguien recibiese tanto dinero por participar en un sorteo debía de tener algún truco. Como a nadie se le escapa, si bien en los orígenes de la lotería moderna hay algún deje de afán pío, desde casi siempre su utilidad ha sido económica, y se empleaba para recaudar dinero de un modo nada doloso: «aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes», que dijo su impulsor en España. De tal modo que se trataba, en el fondo, de un impuesto no obligatorio cuya motivación última se sustentaba en la esperanza de conseguir un premio. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es lo que queda de espiritual en el acto de dar un dinero al estado para que éste, si el azar lo tiene a bien, entregue a cambio mucho más dinero mientras hace al mismo tiempo un buen negocio?

Esa misma pregunta es la que se plantean desde hace años los publicistas encargados del anuncio navideño de la lotería, ritual tan obligatorio y tan vacío como cualquier otro, pero en una esfera superior, no ya la social, sino la comercial: nada puede librarle al estado (ni la oferta, ni la demanda, ni el consumo o cualesquiera criterios que una empresa ordinaria sí podría aducir), de la obligación de lanzar a las gentes un anuncio cada año. Cosas del liberalismo y de la lógica del mercado.

Bombo

Pero lo que esta vez han fraguado (y he aquí que nos acercamos al tuétano del asunto) sobrepasa lo que nadie hubiera previsto hasta ahora.

Bajo el lema de “lo mejor es compartirlo”, que aferra el asunto por el pescuezo mismo del instinto grupal, se crea una dualidad: el que compra y el que no compra. El segundo, creyéndose exento del sistema de culpas y retribuciones, osa, por cualesquiera motivos, no participar en este reparto de bienes. Su decisión se reviste aquí de los atributos de la cobardía y la soledad, y no parece hija de una decisión valiente ni meditada. Ni siquiera, en ese contexto de barrio obrero en que con tanta deliberación se sitúa el anuncio, se antojan suficientes las razones económicas: ¿qué son 20 eurillos de nada? Pero el primero, el que compra, y que sabe cuán importante es compartir, extiende magnánimo su ala y da cobijo a ese pobre desdichado. De tal manera que no se exalta la resignación o la actitud del que no compra (que bien merecido tiene el escarnio, pues por sus frutos los conoceréis, que decía el Evangelio, y en eso el anuncio es pródigo: mirada triste, frío, ropa vieja, pelo lacio, ojeras… y sin una virtud positiva más que cuanto de sí dé la compasión ante el que sólo sufre), sino la generosidad del afortunado, del que compró a tiempo y vivió de la alegría para compartir después, pues sólo puede compartir aquel que tiene algo.

El anuncio deja bien claro que la circunstancia del perdedor se modifica, no por causas intrínsecas, sino por las bondades ajenas. Y así, de un modo sutil, pero bien evidente, el que no compra lotería adquiere los rasgos del ser que repta entre los menesterosos. El mensaje que el anuncio proclama es el desnudo mensaje del miedo. El de la “no pertenencia” (retrayendo las palabras de Ferlosio) que con tanta coacción impregna la vida de los hombres. A diferencia de lo que se hizo otros años, en los que se transmitía el también etéreo valor de la ilusión o de la esperanza como invitación a la compra, se ha suplantado cualesquiera alegrías que el premio nos dé por el temor a “estar fuera”, a no ser “el único” que se haya quedado sin premio en el grupo. Se apela al nivel de irracionalidad más bajo y, por lo tanto, más efectivo: a ver quién tiene arrestos de no comprar este año lotería cuando todos a su alrededor lo hagan.

Pero, por encima de todo, el anuncio es un ejemplo salvaje de lo que Álvaro Alonso llamaría “pornografía sentimental”: un muestrario de prácticas cinematográficas orquestadas con un único fin, el de hacerle llorar al espectador mediante los golpes y artificios más rastreros, para, una vez haya bajado la guardia, asestarle el derechazo ideológico que lo deje K.O. “Compra, maldito, o serás un paria”.

Que la publicidad emplee tales recursos ni me extraña ni me indigna; pero que el estado, en su afán de recaudación de impuestos, consienta un spot así, acerca su persuasión a unos niveles de vileza casi estalinistas.

Lo que nunca se verá en el anuncio

En fin, ¿qué otra cosa podría haberse hecho? Del anuncio del año pasado, ni hablemos, que era de otra índole. Los anteriores potenciaban la ilusión. Ya que el acto de comprar un décimo es tan sólo un intercambio de dinero, los publicistas se apresuran a envolverlo en cuantas capas de emociones puedan. Y, con todo, sus límites hay.

Lo que nunca verán ustedes en ningún anuncio de lotería es la aceptación de no haber ganado ni un solo euro al mismo tiempo que la felicidad por haber jugado. Si el premio se quita de en medio como reclamo, por mucho que se apele al instinto grupal, a la ilusión, o hasta al placer de ver el sorteo en una casa calentita y acogedora llena de amigos, si no gana alguien un solo céntimo, o no se acuesta al menos con la esperanza de hacerlo… entonces el anuncio no podría ni empezar a rodarse.

Por eso sabe uno que los sentimientos del anuncio son falsos: porque despojados del dinero, potente narcótico emocional sin emociones, no habría ni un solo hálito de amor humano que no nos sonase ahí a hueca, triste y repulsiva tomadura de pelo.

Anexo: Los rayos y los premios (por Emilio G)

“Es más fácil que te alcance un rayo a que te toque la loto”

Las estadísticas de caídas de rayos varían bastante, de modo que promediamos: Entre 1941 y 1980 mueren en España 1.981 personas víctimas de los rayos, de los que menos de una quinta parte fueron mujeres (373) y el resto hombres (1608). 

Dividiendo por entre 40 años y 45 millones de habitantes salimos a 1981/40/45 = 1.1 muertes por millón.

Cuando se juega un décimo hay una posibilidad entre 100.000. Expresado de otra forma: 10 posibilidades por millón.

De modo que si jugamos un décimo será unas 10 veces más probable que nos toque el gordo a que muramos porque nos caiga un rayo.

Lo normal, no obstante, es que la gente juegue a varios números.

Imaginemos el caso de alguien que ha participado en cinco o seis décimos (uno del trabajo, otro del grupo de amigos, etc)

Y así, a 5.5 décimos x 10 posibilidades por millón = 55 posibilidades por millón.

En este caso, ceteris paribus, la posibilidad de perecer por el impacto de un rayo es 55 veces inferior a la de ganar el gordo.

Nota bene: Las mujeres tienen 4´5 veces más probabilidad de ganar el gordo. Así que manden a familiares femeninos a comprar los boletos, que la masculinidad gafa.

***

Imagen de portada: Ilustración original de Isabel Fernández.

¿Te gusta Mayhem Revista? Recibe nuestras entradas en un boletín semanal. Apúntate aquí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s