Kilómetro cero perdón

El semáforo se colorea de verde y arranca. Pero como un autómata. Lleva varios minutos conduciendo por inercia, porque esa noche ha vuelto a tener la pesadilla. Y no se la puede quitar de la cabeza. De hecho, lleva ya muchos años intentando librarse de ella. Pero no lo logra. Más de una década de psicólogos, de culpas y de terrores.

Cuando en el grupo de amigos se ponen todos a una a evocar anécdotas de la infancia con una entrañable y sana melancolía de pasatiempo, él, sistemáticamente, pasa palabra. Hubiera preferido no tener infancia.

-¡Anda! ¡Es verdad! ¡Ya se me había olvidado cómo cortaban los ‘flash’! Seguro que los fabricaban con ese envoltorio para que los niños nos rajáramos la lengua, ¡ja ja! ¡Qué cabrones! Y, oye, oye, ¿¿os acordáis de los ‘tazos’ que salían en las bolsas de patatas?? –se emociona siempre Luis cuando rememora.

-¡¿Cómo no me voy a acordar?! ¡La de ratos que habré pasado jugando a eso! –le suele apoyar Alberto.

-¡Cierto! –apostilla Ricardo con la mirada invariablemente soñadora-. A mí me molaban mogollón, pero siempre los perdía todos. Ahora, que yo no me achantaba y seguía jugando…

-Bueno, y tú ¿qué? ¡Que nunca dices nada! –le reprocha a veces Luis, otras Alberto, sólo unas pocas Ricardo.

-Yo nada –replica él al tiempo que hurta la vista, enterrándola en el suelo-. Yo tengo una memoria fatal. No me acuerdo de nada.

-¡Chico! ¡Parece que no has tenido infancia!

Ahí le has dado Luisito. Justito en el clavo. Claro que no la tuvo. Porque se la quitaron. Pero, ¿cómo va a contarlo? ¿Cómo demonios va a decirles que lo que él perdió no fue sólo la colección completa de ‘tazos’? ¿Cómo carajo se confiesa que a él le importaba una mierda que el ‘flash’ le rajara la lengua porque en su vida había otras cosas que le causaban infinitamente más daño y que le daban un miedo tan atroz que le hacían mearse en la cama? No. Esas miserias no se contaban. Aunque, en no pocas ocasiones, sentía de pronto que las palabras le estaban borbotando en el gaznate, atorándoselo, subiendo irrefrenables como la espuma de una Coca-cola agitada que promete desbordarse.

Otra vez había estado a punto de cascarlo, porque ya no podía más, porque le quemaba por dentro

Y en esas ocasiones se asustaba mucho porque, casi sin darse cuenta, otra vez había estado a punto de cascarlo, porque ya no podía más, porque le quemaba por dentro. Y entonces tenía que morderse literalmente la lengua para no levantarse y simplemente gritar:

Pues a mí, cuando era un niño, me violó un puto cura. ¿Os acordáis de eso?

Por eso, al final, más por desahogarse que por cualquier otro motivo; para evitarse, a él y a los suyos, esa situación de epifanía tan embarazosa que amenazaba con convertirse en realidad con más frecuencia de la cuenta, decidió escribir aquella carta y enviarla al Vaticano. Ahí es nada. La de tonterías que hace uno por sacudirse de encima los demonios. Al menos notó que les propinaba un puntapié en el culo cuando la echó al buzón. Y le serenaron un poco las lágrimas que derramó mientras la redactaba.

Lo más terrible de todo es que nadie es capaz de comprender. Nadie puede sentir el dolor que siente él. Eso no se puede compartir.

Ostras, cómo lloró aquel día. De pena, por el crío que fue (o el que podía haber sido de no ser por…). De rabia, como la que le correspondía sentir al hombre que ya era. Pero ahora, aunque tuviera ganas, no podía llorar. Porque estaba conduciendo. No se le podía nublar la vista con la que veía un Peugeot delante de él y el Mulhacén en la distancia. Ese Mulhacén que desde luego no le entiende, como nadie lo hace. Lo más terrible de todo es que nadie es capaz de comprender. Nadie puede sentir el dolor que siente él. Eso no se puede compartir. Ni con Luis, ni con Alberto, ni con Ricardo. Con nadie.

“Bueno, céntrate –piensa aferrándose un poco más al volante-. Te han dicho que tienes que coger la primera salida a la derecha”. E inmediatamente, por asociación de ideas, su mente concluye “la única salida que te queda es olvidarte”.

Y entonces suena el móvil. No debe cogerlo. Le echa un vistazo a la pantalla que se enciende y se apaga a espasmos. Número desconocido llamando. No puede evitarlo. Le gana la mano la curiosidad. Y activa el manos libres. Descuelga. Al otro lado de la línea preguntan por su nombre.

-Sí, soy yo. ¿Quién me busca?

-Buenas tardes, hijo, soy el padre Jorge.

-Perdón, se ha debido de equivocar. No conozco a ningún padre Jorge.

Bueno… tal vez me conozcas más como papa Francisco.

Se hace el silencio en el coche. Él sigue conduciendo, más que nunca por inercia. No puede apartar los oídos de esas palabras con acento argentino que van surgiendo del altavoz. Pero no logra entender con precisión lo que le dicen. Sólo logra hacerse cargo de un ruego que le hacen:

Perdón… perdón… perdón…

Cuando la conversación termina, no sabe exactamente qué ha ocurrido. No logra recordar lo que ha dicho el papa, o lo que ha dicho él. No podría afirmar si ha perdonado o no. Lo único cierto es que se ha despistado y, en vez de la primera, ha cogido la segunda salida a la derecha. Y se pone a conducir con los cinco sentidos fijos en la carretera, porque ese camino es nuevo para él y no sabe adónde lleva.

***

Foto de portada: Pog Collection (Foto: Wikimedia)

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