Lapidación de héroes

Álvaro Méndez | Falso 9

Es una verdadera lástima, pero suele ser así. En la inmensa mayoría de las situaciones críticas que ha atravesado nuestro país a lo largo de la historia, los españolitos de turno hemos exigido la cabeza de alguien, teniendo en cuenta que ese alguien no tenía por qué ser siempre el culpable. Y es que esa obsesión casi enfermiza por la culpabilización del chivo expiatorio de la que hacemos gala casi constantemente constituye un sambenito tan nuestra como la corrupción, la siesta, la paella o los toros.

Es cierto que este mal no nos afecta solamente a nosotros. Se podría decir que es un proceso sociológico común a toda la humanidad. Pero lo cierto es que en nuestro país adquiere una dimensión dantesca que lo hace muy particular. Judíos, afrancesados, rojos y muchos otros portabanderas lo han sufrido en sus propias carnes.

Somos, nos guste o no, los primeros en levantarnos con antorchas, estacas, hoces y guadañas para perseguir cual masa enfurecida al primero que echa a correr. Y de todo esto ya nos había avisado el bueno de Mariano José de Larra: “Esa es la sociedad. Una reunión de víctimas y de verdugos. ¡Dichoso aquel que no es verdugo y vítima a un tiempo! ¡Pícaros, necios, inocentes! ¡Más dichoso aún, si hay excepciones, el que puede ser excepción!”

¿Y cómo funciona todo este patético proceso? Desgraciadamente, ejemplos de chivos expiatorios o de cabezas de turco sobran a día de hoy. Y no hace falta recurrir a lo corriente, a la sagrada Biblia o a la literatura de El señor de las moscas para comprobarlo. El Rey Swazi, por ejemplo, tras una época de malas cosechas en el árido sudeste africano elegía a un sujeto extranjero que se acercara a los dominios de la tribu. Durante un corto período de tiempo se le dejaba barra libre para violar todos los tabúes y transgredir las normas, tras lo cual era brutalmente sacrificado en una ceremonia dantesca de máscaras y bailes en la que todos los miembros del pueblo se manchaban con la sangre de la víctima. Sólo así los dioses quedaban plenamente saciados y regalaban a la tribu la paz y la prosperidad.

En la sociedad moderna en la que vivimos, la sangre se ha disfrazado con el griterío y las pancartas, mientras que la muerte ha encontrado sus sustitutos en los despidos, los exilios y las degradaciones. Pero el rito sacrificial sigue siendo el mismo, con la misma carga simbólica necesaria para su éxito. Así, la política, la economía y la guerra dejan cada año decenas de chivos expiatorios en las cunetas.

Todo ello encuentra su fiel reflejo en el mimético universo balompédico. Las aficiones unánimes y los medios de comunicación señalan como en Fuenteovejuna a los culpables —que no tienen por qué serlo—. Tras el rotundo fracaso en el Mundial de Brasil, los aficionados en masa cometieron un linchamiento mediático cuyas víctimas fueron prácticamente los mismos que poco antes habían traido a Madrid dos Eurocopas y un Mundial.

Ya nadie se acuerda de los penaltis contra Italia, de la pena máxima detenida a Cardozo o del uno contra uno de Robben. Casillas siempre será el de las cantadas en la fase de grupos en Brasil 2014. Nadie recuerda el portentoso adelantamiento a Lahm en el Prater de Viena ni al máximo goleador de la Eurocopa 2012. Torres será un paquete almidonado cuyo único mérito será haber sido afortunado. Y, últimamente, ni Xavi ni Iniesta se libran de semejantes bajezas.

La eliminación de estos héroes, en la que participan activamente todos los miembros de la comunidad de manera unánime, inaugura una nueva etapa de ilusión y cohesión. Es decir, en paralelo a esta lapidación surge la búsqueda de un nuevo mesías, la sed de encontrar a un nuevo salvador que sea capaz de guiar a la sociedad hacia una era dorada. Idolatría, al fin y al cabo, de todo aquello que huela a nuevo.

¿Y quién representa esa esperanza? Un brillante centrocampista nacido en Benalmádena que mantiene intacto el estilo que tan grandes nos ha hecho y que ha engatusado (y con razón) a todo un país gracias a su elegancia en el trote, su habilidad para el regate, su innata visión de juego y su olfato goleador. A Isco no le ha temblado el pulso a la hora de echarse a la espalda a toda una Selección. Y clase no le falta.

El problema es que, sabiendo cómo funcionamos, los que ahora se erigen en nuevos héroes puede que en un futuro sean otra vez lapidados por una sociedad que, cuando vienen mal dadas, lo único que desea es ver correr la sangre, sea o no de un inocente. Aunque espero equivocarme.

***

Foto de portada: Isco con la selección sub-21 en 2012 (Foto: Wikimedia)

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