Dejé mis sueños aparcados en el Garaje Sónico

Hacía  tres años que no pisaba Madrid. Y aquí estoy, de nuevo en la universidad, dispuesto a batallar para recoger una certificación académica que me va a costar un ojo de la cara. Nada más entrar en el campus me he dado cuenta, con horror, de que la gente parece tan joven que es como volver a pisar el instituto, pero con cien años encima. Soy un auténtico vejestorio.

La ausencia de cinismo es absoluta en la elección de los atuendos y las camisetas estampadas de grupos musicales; atrapado en la cafetería en una marea de estos nuevos jóvenes estudiantes de Periodismo y Comunicación Audiovisual mientras intento que el café con leche no se me caiga encima, soy consciente de que he olvidado lo fácil que era creer en algo. Creer con tanta fuerza que sientes que va a hacerse realidad. Y eso, lo admito, me da un poco de pena, porque es justo lo que llevan grabado en la mirada estos chavales.

Hacía tres años que no pisaba Madrid, y me siento como atrapado en una de esas pelis que ves mil veces cuando eres pequeño y que, al hacerte mayor, pierdes de vista. Una de esas pelis que, un día por casualidad, te vuelves a encontrar, y es como si supieras lo que va a pasar, lo que van a decir los personajes, y sus fotogramas son extrañamente familiares pero con cierto margen para la sorpresa y la reinterpretación. Una de esas pelis, aunque más aburrida, y un poco peor de lo que recuerdas.

Hace poco un amigo me comentaba que ojalá hubiera podido elegir su carrera con 25 años, porque es justo ahora cuando tiene un idea clara de cómo son las cosas.

La Universidad… era, casi, como ser adulto, creía. Y vaya, pues no, parece ser que lo adulto, lo verdaderamente adulto, siempre está por llegar. Estas chicas y chicos tan jóvenes, puedo sentirlo, creen que van a cambiar las cosas, que el futuro está de su lado. Cada uno de ellos está seguro de su individualidad, de un mundo interior que les diferencia y personaliza, y esperan con la cabeza alta que el tiempo les dará lo que han venido a buscar.

Su vida es una peli de Spielberg, y yo querría salir en esa peli. ¿Se imaginan que va a ser difícil? ¿Ven ellos el mismo país en ruinas, las mismas fallas, que veo yo? Hace poco un amigo me comentaba que ojalá hubiera podido elegir su carrera con 25 años, porque es justo ahora cuando tiene un idea clara de cómo son las cosas. Y, claro, es imposible elegir a los 25; de hecho, a los 25, aunque tienes información clave y estratégica sobre el mundo en el que se va a desarrollar tu vida adulta (lo que viene siendo la tira de años, vaya) y, como diría un libro de autoayuda, te conoces a ti mismo, el rango de posibles decisiones es tan reducido que lo mejor es seguir hacia adelante y no pensar, como Indiana Jones en La Última Cruzada, cuando está al borde de un precipicio y cierra los ojos y elige confiar en que va a materializarse un puente sobre el vacío que le ayude a cruzar. Y el puente se materializa, y cruza. Creo que la crisis es el abismo de mi generación, y muchos estamos intentando no caernos. Espero que no tenga que ser así para ellos.

Un sonriente administrativo me da la certificación académica que he venido a buscar, previo pago de un dineral. Pero, ¡todo bien! Mi autobús sale por la noche, así que tengo algo de margen para visitar la ciudad donde he pasado casi toda mi vida. Me puede la melancolía y llamo a dos antiguos compañeros de clase, pero las conversaciones son deslavazadas, inconexas después de la sorpresa inicial. Ambos quedan en whatsapearme más tarde si pueden tomar algo.

Almuerzo cualquier cosa en el McDonalds de Sol y después hago el recorrido que haría cualquier turista: Sol – Plaza Mayor – Catedral de la Almudena, y después vuelta a Sol y todo Preciados hacia Callao; después Gran Vía, y finalmente Fuencarral. Hace sol (así recuerdo Madrid, un día de invierno con sol; creo que así lo recordaré siempre) y hay mucha gente por las calles. Me paro delante de la gigantesca tienda de ropa que una vez fue Madrid Rock. Tenía 18 años cuando cerró y lo pusieron todo en liquidación. Me llevé una pila de discos; aún los guardo en una caja aparte, aunque ya no los escucho, la verdad. Era tan, tan guay comprar discos, pienso con resignación mientras cambio de canción en Spotify y saco una foto de la Gran Vía con el móvil.

Claramente, ser moderno sale caro, porque los precios son prohibitivos.

Fuencarral es peatonal, a buenas horas. Camino pensativo hasta Tribunal, y giro hacia el Dos de Mayo. Es obvio, de un vistazo, que el barrio ha cambiado. Entro en boutiques de ropa y second hand stores en las que chicos con bigotes prusianos y chicas con brazos tatuados me dan las buenas tardes con amabilidad. Claramente, ser moderno sale caro, porque los precios son prohibitivos. El Penta y la Vía Láctea siguen imperturbables ante el paso del tiempo, eso sí, cual dos monolitos de la noche madrileña. La plaza se mantiene como siempre, y su sola vista me trae un puñado de buenos recuerdos, casi todos relacionados con personas con las que ya no mantengo ninguna relación. Vamos a echarle un ojo al Garaje Sónico, me digo, igual me da tiempo a tomarme una birra. Sería un broche dorado a esta jornada de memorabilia barata vital.

Pasé grandes noches en el Garaje Sónico. No mis mejores noches, pero sí noches inolvidables. Con sus dos salas, una más rock, otra más moderna, su fauna malasañera, el sentirse mayor y parte de algo… todo encajaba allí dentro, aunque la verdad es que lo de los dos ambientes era todo un hallazgo, un auténtico puntazo, que se dice. Incluso ir a los infernales baños era una aventura en la que podías conocer a alguien interesante (por el camino, no dentro, aunque dentro también) que cambiara el rumbo de la noche. Básicamente, el Garaje Sónico es uno de esos sitios a los que iba cuando era joven y valiente, parte de mis primeros veinte, por lo que está rodeado de un aura legendaria y épica que mi ausencia de Madrid no ha hecho más que acrecentar.

Pero el Garaje Sónico ya no existe. En su lugar, me encuentro con un bar totalmente diferente: una cristalera que da a la calle, mesas, aspecto cuidado y moderno, nuevo nombre y nuevo logo. Paso de largo con nerviosismo porque esto sí que no me lo esperaba. Me paro en la esquina y vuelvo a pasar, esperando haberme equivocado.

Pero no, no me he equivocado. Esta vez, una chica de hombros tatuados -¿cuándo se han puesto tan de moda los tatuajes?- se me acerca y me saluda. Le digo hola y me ofrece unos flyers con ofertas para el nuevo bar. Balbuceante, le pregunto si el Garaje Sónico ha cerrado. Me dice que sí, que ha cerrado y que ahora han abierto un nuevo local. Me dice que no conoció el Garaje pero que le han comentado que molaba mucho, como si estuviéramos hablando de algo que pasó hace muchísimo tiempo, cómo decirlo, en el Pleistoceno, por lo menos. Y eso es todo. Le doy las gracias y le prometo que quizá vaya más tarde a tomar algo.

Ellos tienen sus Garajes Sónicos, que serán igual de míticos que los nuestros

Las cosas cambian, hay que aceptarlo, pienso mientras vuelvo a Tribunal a coger el metro para Avenida de América, donde me espera un bus que me llevará lejos de Madrid. Del mismo modo que cambia nuestra percepción de la vida y de nosotros mismos, del mismo modo que la gente va y viene -hasta que en un determinado momento empieza a irse más que a venir-, no podemos esperar que los lugares en que pusimos tiempo e ilusión –cuando parecía que ambos eran recursos ilimitados– vayan a mantenerse inalterados para siempre.

Es una putada, pero es así. Como en un ciclo sin fin, igual que los que vinieron antes, nos hacemos mayores e idealizamos lo vivido. Estoy seguro de que los jovencísimos estudiantes que he visto esta mañana en la universidad están ya allanando el camino para vivir su particular momento de melancolía vital dentro de unos cuantos años. Ellos tienen sus Garajes Sónicos, que serán igual de míticos que los nuestros, lo que pasa es que, claro, nosotros no los conocemos. Lo importante es, creo, ser capaz de sobreponerse a esa idealización del pasado que nos impide avanzar, y volver a mirar hacia adelante.

Pero, ah, lo echo de menos, y es difícil. Ese punto de cambio, ese momento difuso en el que la vida que está por venir es lo suficientemente incierta como para que parezca que todo va a ir sobre ruedas.

Eso era para mí la puerta del Garaje, y esa puerta está cerrada.

***

Foto de portada: Garaje Sónico (Foto: Minube)

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