Europa, ¿tiempos de secesión?

Los casos de Escocia, Cataluña y Flandes constituyen los ejemplos más visibles de un grupo mucho más numeroso de regiones europeas en busca de la autodeterminación. Aunque a simple vista el presente pueda parecer un momento histórico de relativa calma en la delimitación de fronteras, hay indicios para pensar que, todo lo contrario, son tiempos propicios para la fragmentación.

A nivel global la imagen es clara. De poco más de medio centenar de estados a mediados del siglo XX, la cifra se triplicó entre la Segunda Guerra Mundial y principios del XXI de tal forma que en 2011 se contabilizaban 195 países. “Para que nos hagamos una idea mucho más clara podemos decir que si esta tendencia continúa habrá 281 estados en 2050”, precisaba Brian Girvin, historiador y profesor honorífico de la Escuela de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad de Glasgow.

“Hay razones históricas para creer que las circunstancias favorecen la secesión en el siglo XXI”

“Son conjeturas, pero hay razones históricas para creer que las circunstancias favorecen la secesión en el siglo XXI”, aseguraba durante una conferencia el pasado martes este académico especializado en nacionalismos tras repasar cómo desde la Revolución Francesa cualquier intento secesionista ha sido rechazado por motivos de “soberanía e integridad nacional”, dos conceptos en continua evolución que hacen que los estados multinacionales lo tengan cada vez más difícil para crear un clima de lealtad entre sus comunidades subordinadas.

La teoría se refuerza con argumentos mucho más prácticos como el menor coste de ser independiente que implica la existencia de organizaciones supranacionales como la OTAN o la Unión Europea, o la tendencia decreciente en el número de conquistas de pequeños estados. Ante esta situación, de acuerdo al académico, se inicia una nueva fase en la que cabe preguntarse si “existe la necesidad de una convención europea sobre secesión” que permita crear el marco necesario para abordar una situación cada vez más habitual.

El “triunfo” del SNP

Cuando el pasado 18 de septiembre las urnas tomaron la palabra y le dieron la espalda a esa “oportunidad única en una generación” –como la bautizó el Partido Nacionalista Escocés (SNP, por sus siglas en inglés)- para crear una nueva sociedad “más democrática, próspera y justa” al norte de Gran Bretaña, muchos pensaron que el sueño independentista guardaría silencio durante un tiempo prudencial, que se replegaría a posiciones seguras y quizá repensase su estrategia. Los más pesimistas incluso temieron que el partido se fragmentase. La dimisión del Ministro Primero de Escocia y líder del SNP, Alex Salmond, parecía a priori reforzar esa imagen de formación tocada y haciendo maniobras para no hundirse.

Sorprendentemente, tan solo dos meses después, no sólo demuestra haber esquivado el temporal, sino que puede presumir de haber retomado la dirección y bajo la nueva capitanía de Nicola Sturgeon, la primera mujer al frente del gobierno escocés, se dirige viento en popa hacia la próxima cita electoral.

“Estamos viendo cómo tras la derrota en el referéndum se está dando la paradoja de que los perdedores se han convertido en ganadores” explicaba Tom Lundberg, profesor del departamento de ciencias políticas en la Universidad de Glasgow en esa conferencia. El partido, que contaba con 20.000 afiliados al principio de la campaña, ha triplicado este número en tan solo unos meses alcanzando los 85 mil miembros y se ha propuesto consolidar la tendencia y llegar a los 100 mil.

Medios como el Financial Times se hacían eco de esta sorprendente recuperación y se referían al SNP como “la fuerza política con mayor crecimiento del Reino Unido”. Este abrumador aumento de dimensiones, que hace que se convierta en la tercera formación británica por tamaño y que parece tener al Partido Laborista entre sus principales víctimas, requiere no obstante de mucha organización interna para que los nuevos afiliados sean digeridos por la organización y no al revés.

(Foto: European Free Alliance)

Foto: European Free Alliance

Una de las principales características de la campaña independentista que explica este fulgurante crecimiento es su amplia y coordinada base social, aglutinada en el movimiento “Yes Scotland”. En la conferencia nacional del partido el pasado fin de semana, en un intento por canalizar esa fuerza y convertirla en votos, líderes nacionalistas propusieron que activistas por la independencia pudieran presentarse a las elecciones generales bajo las siglas del SNP, una iniciativa que ahora tiene que ser debatida por el resto de órganos del partido. El poso de concienciación política que parece haber dejado tras de sí el referéndum se podría traducir, de acuerdo a Lundberg, en una herramienta para “mantener la presión en aras de conseguir mayores niveles de devolución e incluso mejores niveles de democracia”.

Con esta situación, es obvio que el discurso independentista ni ha menguado ni ha desaparecido. La nueva líder del SNP anunció que conseguir el apoyo suficiente para celebrar un segundo referéndum está entre sus prioridades, algo que ahora mismo no parece demasiado descabellado, especialmente teniendo en cuenta la intención del Partido Conservador de llevar a cabo una consulta en 2016 sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europa a la que los nacionalistas y la mayoría de los escoceses se oponen.

El proceso escocés, paradigmático para muchos estudiosos por su ejemplaridad institucional, tiene precedentes relativamente recientes. En 1973 un referéndum sobre la pertenencia norirlandesa al Reino Unido (conocido como ‘Border Poll’) sentó las bases para futuras consultas negociadas. “El Pacto de Edimburgo (por el que se estableció la votación escocesa del pasado septiembre) no hubiera sido posible sin la experiencia previa de Irlanda del Norte”, aseguraba el profesor, quien recalcaba que actualmente no hay otro estado europeo que haya llegado tan lejos a la hora de otorgar poder de decisión a sus regiones disconformes.

“El actual sistema de estados necesita aceptar que una votación bajo las circunstancias correctas y democráticas tiene razones para ser válido y legitimo” expresaba tras puntualizar que sería necesario crear todo un marco para establecer las condiciones y abordar por ejemplo aspectos tan intrincados como qué sucedería si en el seno del territorio secesionista hay regiones que a su vez quieren su propio autogobierno, algo que, sin ir más lejos, podría haber pasado con algunas islas escocesas.

Los casos de Bélgica y España

Bélgica ofrecía el pasado mes de febrero una nueva fórmula para dar salida a las ansias secesionistas cuando el principal partido del país, el nacionalista flamenco N-VA, abandonaba la propuesta independentista para tratar de conseguir los máximos poderes posibles en el marco de una vía federal. “Bélgica ha demostrado cómo de lejos puede llegar el proceso de cesión de competencias sin resultar en secesión” comentaba Girvin, quien resaltaba las peculiaridades de un país donde los partidos no hacen campañas nacionales.

En España aún existen divergencias frente a un asunto tan básico como quién es nación y quién no.

En esa misma conferencia también participaba Santiago Pérez-Nievas, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid, quien recordaba frente a sus colegas europeos que en España, con un 20 por ciento de la población cuya lengua materna no es el español, existe una forma radicalmente diferente de abordar el asunto nacionalista vertebrado en torno a la existencia de dos concepciones diferentes del país. Mientras que nadie duda de que Escocia sea una nación diferente, en España aún existen divergencias frente a un asunto tan básico como quién es nación y quién no, que hace que cualquier debate se construya sobre un terreno poco sólido.

Aunque la Unión Europea ha mantenido un papel secundario en los tres casos mencionados, y en general en cualquier asunto que parezca violar la independencia de los estados miembros en este delicado tema, un marco común que aborde la cuestión nacionalista, especialmente en aquellos casos en los que hay un referéndum o consulta pactada por ambas partes garantizaría a juicio de los expertos un clima de mayor equilibrio entre las opciones al eliminar el alto grado de incertidumbre que la actual situación provoca.

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Asela Viar redactó este artículo desde Edimburgo.

Foto de portada: European Free Alliance

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