El misterio de los hipopótamos y el fuego

Todo el mundo quiere encontrar un rastro de verdad en la literatura y quizá, a veces incluso al mismo tiempo, un rastro de ficción en la realidad. Dice Muñoz Molina que la máxima fuente de verdad y mentira que tiene un escritor es él mismo. A riesgo de caer en un tópico de la novela decimonónica, diré que la historia que sigue a continuación es completamente cierta y que mucho de lo que narro en este artículo ha sido fruto de cavilaciones que no he hablado jamás con nadie ―a excepción de un amigo escritor que vive en Santiago y del desaparecido circulo poético La fallet de Sevilla―.

En mis primeros años de carrera, solía deambular por la Biblioteca Provincial de Sevilla devorando casi todo lo que caía en mis manos: recopilaciones de los Simbolistas Franceses, Las mil y una noches, Los textos fundamentales del psicoanálisis de Freud o Mas allá del bien y del mal de Nietzsche son buenos ejemplos de lo variopinto de mis viajes entre estanterías. Un día me fijé en un pequeño libro de tela negra (no tendría más de doscientas páginas, todas ellas envejecidas, ninguna numerada) en la sección de literatura extranjera. No contaba con título en la portada ni hoja de impresión y al pasar a la primera página impresa una tipografía muy antigua, como de máquina de escribir deslavazada, cincelaba anciana y severa el nombre de la obra: And the hippos were boiled in their tanks (Y los hipopótamos ―fueron cocidos o se cocieron― en sus estanques).

Bajo el título, una fecha: 1945, remarcada a forzado bolígrafo, como si adoleciera de falta de tinta y alguien tuviera miedo de que el número fuera a cambiar a la par con los años. Más abajo, casi llegando al faldón corroído por un arranque esto:

Will Dennison (escrito a bolígrafo, sustituye al nombre de abajo)

(Borrón a bolígrafo) chapters written by William Lee, Mike Riko chapters by John K (el arranque incendiaba la página hasta aquí mismo)

Ojeé el interior del libro. Las letras arrastraban la misma textura de máquina de escribir  fotocopiada y algunas páginas estaban arrancadas (como la parte inferior de la primera página) o comidas; pero resolví que no eran muchas y que mi escaso inglés permitía la lectura cómodamente. Los capítulos no tenían título sino que se repartían dos nombres: Will Dennison y Mike Riko. Estaba claro que el libro reclamaba la autoría de dos mentes pensantes: William Lee escribía la parte de Will Dennison y el misterioso John K, la de Mike Riko; ambas partes parecían descripciones en primera persona bastante sobrias y mundanas ―a simple vista me recordó a la literatura de Raymond Carver― y parecían responder a cierto modelo turnista a la hora de narrar los hechos, casi como el planteamiento de una novela río.

Quizá fuera por el aspecto desvencijado del libro y su irresistible leyenda misteriosa, su apocalíptico título o por mis ansias de mejorar en inglés (o quizás por las tres cosas); pero lo cierto es que me lo llevé a casa. Después de releerla dos veces, quería encontrar a sus escritores como fuera.

Y los hipopótamos se cocieron en sus estanques

El libro, a priori, contaba la historia de unos amigos vecinos en el mundo bohemio ―algunos de ellos estudiantes― que tropezaba dando tumbos por las arterias de New York en las noches plomizas de mediados de los cuarenta: visitas intempestivas, sentadas en sofás y siestas en azoteas, taburetes acolchados e incertidumbre alumbrada de alcohol, whisky, Pernod, morfina y soda. Will Dennison y Mike Riko narran las idas y venidas en primera persona con un talante austero, claro y conciso: Barbara, Janie, Cathcart y Danny Borme, entre otros, populan por las primeras páginas ilustrando el ambiente de New York y su despreocupado modo de vida. Pero el núcleo dramático de la novela se encuentra en la relación que mantienen dos de sus amigos; en particular Phillip Tourian y Ramsay Allen. Y vaya núcleo.

Ramsay Allen es un poeta homosexual, taciturno y afable, que está obsesionado con el guapo Phillip Tourian, aspirante a poeta de dieciséis años que Allen, antiguo amigo de su madre, había apadrinado de alguna manera desde su encuentro en París, cuando Tourian contaba sólo doce años. Las claves para entender el desmesurado interés de Al por Phil (he pasado demasiado tiempo con la novela) las da Mike Riko en una conversación con el mismo Al sobre Tourian:

“Al estaba allí sentado con cara triste y pidió cerveza y una langosta fría. Finalmente dijo: ―Creo que bajaré hasta allí esta noche y treparé hasta su habitación―. Escupí un trozo de pinza de langosta y le miré.―Bueno ―dije―, eso sí es tomar el toro por los cuernos. Pero Al hablaba en serio. Y dijo: ―No, sólo voy a meterme en su habitación mientras duerme para observarlo durante un rato. ― ¿Y qué pasa si se despierta? Se creerá que tiene un vampiro a su alrededor.―Oh, no ―dijo Al en tono de resignación―, me dirá simplemente que me marche. Eso ya ha pasado antes (…) Simplemente me pongo lo más cerca que puedo de él sin despertarlo y me quedo allí hasta que amanece.” (pag. 49)

Por su parte, Phillip es perverso, inquieto y excéntrico; la pura imagen del artista moderno que años más tarde espolvorearía Andy Warhol en el mismo Greenwich Village ―como dirá Will Dennison: “Pero tú eres un artista. Tú no crees en la decencia y la honestidad y la gratitud”. Será cruel con Al mientras vive cómodamente con su novia Bárbara con la que no mantiene sexo porque ella es “virgen” y “no sabe lo que quiere” y “es complicado” según palabras del propio Tourian. Phillip decide alejarse todo lo que pueda de Al y embarcarse con Mike Riko en algún barco que salga hacia Francia, que consideran cuna de la bohemiez, de la libertad y la cultura. Y los hipopótamos se cocieron en sus estaques es áspera y dura con el tema de la homosexualidad incipiente en los años cuarenta; de nuevo, gentileza de Mike Riko:

“Janie y yo estábamos sumidos en una especie de silencio hosco. Estaba enfadado con ella porque no dejaba que Al se sentase con nosotros.  «Ese puto marica», no paraba de decir, y yo contestaba todo el rato: «Y qué pasa, es un buen tipo», y ya me contestaba a eso con un «cállate, marica»” (pag.78)

Con estas pocas pinceladas, pudiera parecer que la esquiva historia hacía hincapié en las construcciones sociales, la amistad y la identidad; en la homofobia y el odio al mundo; pero deseché esa idea tan pronto como seguí leyendo. Había algo que se me escapaba. Cuando apenas quedaban veinte páginas para el final, Phil les cuenta a ambos, cada uno en su correspondiente capítulo, que acaba de asesinar a Ramsay Allen clavándole un hacha en la cabeza y tirando su cuerpo en un almacén. Al parecer Allen sinceró sus sentimientos en una escena que alcanza su clímax contada por el propio Tourian en casa de Will Dennison:

Nos subimos al tejado ―continuó―. Al no paraba de decir que quería enrolarse conmigo. Yo me puse furioso y le di un empujón. Casi se cayó. Se quedó mirándome y me dijo: “Yo quiero hacer las mismas cosas que tú” (…) “¿Es que quieres morir”?, y él me dijo: sí, hizo un par de chistes y quiso ponerme el brazo por encima. Yo todavía tenía el hacha en la mano, de manera que le pegué en la frente. Se cayó. Estaba muerto” (pag. 142).

Ambos (Dennison y Mike) reaccionaron de manera fría y preocupándose más del aciago futuro que le aguardaba a Phillip, que por la ausencia de su difunto compañero ―de hecho, Dennison acaba el capítulo de la confesión de Phil con una sinceridad estremecedora: “cerré la puerta, luego cogí la cajetilla (de tabaco) ensangrentada del suelo, la rompí en trozos pequeñitos, arrojé los trozos al retrete y tiré de la cadena. Era hora de irse al trabajo, así que empecé a vestirme”. Tourian pasó la tarde con Mike Riko, antes de entregarse en casa de su tío, viendo películas en la calle Cuarenta y dos, en los antiguos cines-teatro y visitando el Museo de Arte Moderno donde Phillip quedó irónico y fascinado (al menos así lo extraigo yo del libro) mirando un retrato del señor Jean Cocteau de Modigliani:

10822360_858722147481670_1860978134_n

La novela me dejó en estado de shock. Había algo de onírico, de sfumato candente en las páginas. La primera noche dejé el libro en la mesita, me acosté, me hice un ovillo y al segundo encendí la luz y seguí leyendo. Me lo acabé a las siete de la mañana del día siguiente. Parecía que todo en el libro era una broma demasiado seria para reírse, y además de mal gusto. Un cuestionamiento del absurdo modo de vida propio de la sociedad moderna, en un tono existencialista, a ratos desconcertante y ensimismado al modo de El extranjero (1942) de Albert Camus, una novela que planteaba muchas más preguntas que respuestas.

Empecé mi búsqueda en Internet mientras el libro reposaba a mi lado como prueba forzada de su existencia. Evidentemente, la novela no existía ni en español, ni en inglés en la red y en la biblioteca no sabían a ciencia cierta de dónde había salido el libro. Decían que era parte de una donación internacional. Cuando pregunté me dijeron que el ordenador lo ubicaba en depósito con el nombre de William Lee, el único seudónimo que a ciencia cierta podía rastrear. William Lee, fue un cura inventor inglés de la época colonial cuyo mayor logro al imperio británico fue la invención de una máquina de tejer para medias. Quien se hubiera apoderado del seudónimo de William Lee, tenía un gran sentido del humor.

Pasadas unas semanas, las clases y la repentina aparición de los exámenes me alejaron de aquel despropósito: devolví el libro a la biblioteca, aún sabiendo que lo meterían en una caja de cartón de vete tú a saber qué sótano y me dediqué a estudiar. Por aquellas fechas se presentaba como cada año la feria del libro en Sevilla y me pasé en un descanso a ver qué deparaban las letras de lujo de la ciudad. Pregunté por Y los hipopótamos en casi todos los puestos, más por desganada curiosidad que por verdadero interés y una chica de acento inglés me oyó y empezó a hablar conmigo en español del libro. Decía que ella también se lo había leído, que le había gustado mucho, pero que había sido nada menos que en la Biblioteca de New York (apelo a la credibilidad del lector de nuevo, soy testigo de que estas cosas pasan). Me dijo que estaba segura de que ambos eran seudónimos y que tenía una copia fotocopiada en su casa.

William Lee y el señor J.K

Cuando volví, el sofá aún estaba caliente. Eché las mantas a un lado y acurruqué mis pies helados como pude sin molestarla. Ella se arrebujó desperezándose sin tocarme. Afuera llovía y desde la calle la luz moldeada cruzaba el techo culpando a las imperfecciones de cemento encaladas. Me destapé, apoyé los pies en el suelo y encendí la luz. El piso era un refugio para bestias domesticadas, una sola habitación muy acogedora y también muy pequeña y desordenada. Me levanté y fui hasta el escritorio del salón-habitación donde estaban las copias abiertas, en la primera página fotocopiada:

Will Dennison (escrito a bolígrafo, sustituye al nombre de abajo)

(Borrón a bolígrafo) chapters written by William Lee, Mike Riko chapters by John Kerouac)

El apellido por sí solo era elocuente. ¿Podía ser que fuera otro Kerouac y no el famoso escritor de On the Road? Por encima de todo, yo era consciente de que quería que Mike Riko fuese Kerouac. Lo que sí parecía es que coincidía en fecha con el periodo en que Jack Kerouac, escritor estandarte del movimiento Beat, había cursado sus estudios en La Universidad de Columbia en Nueva York, cuando sólo contaba con 23 años. Kerouac también se alistó en la marina mercante al igual que Mike Riko tras una lesión que le impidió jugar al futbol durante la universidad. Demasiadas coincidencias para no tomar el nombre de Kerouac en serio. Demasiadas para no considerar que Mike Riko pudiera ser un modelo parcial, acotado, ficcionalizado; quizá una versión manifiesta de él mismo en la novela. Si tenía en cuenta estas dos realidades como punto de partida, era mucho más fácil acercarse al segundo nombre: William Lee.

Como Oscar Wilde en el exquisito El Retrato de W.H, me embarqué a la caza de rastros textuales que explicaran mi teoría de la autoría de Jack. El primero es el propio nombre del segundo escritor: William.

Se podría pensar que por entonces (1945), cuando Jack aún no conocía a Neal Cassady ―su compañero de fatigas Dean Moriarty en la novela On the Road y otro gran exponente del movimiento Beat― el círculo intelectual de Jack estaba dominado por una figura esencial: William S. Burroughs. La primera vez que oí hablar de Burroughs fue a los catorce años y no por su revolucionario El Almuerzo desnudo (1959), sino en una completa biografía sobre Kurt CobainHavier Than Heaven (2001) ―, por Charles R. Cross en la que se comentaba que Kurt veneraba a William S. Burroughs como escritor y que quería colaborar con él costara lo que costase. Will también era el nombre del homólogo ficticio de Burroughs en la novela: Will Dennison. Will, siempre Will.

Si tomamos a Jack Kerouac como modelo para Mike Riko, William S. Burroughs debía serlo para Will Dennison. No son pocos los indicios que indican que verdaderamente Will pudiera ser Burroughs en Los hipopótamos. Y por supuesto, por encima de todo, yo quería que Will Dennison fuese Burroughs: la segunda evidencia era la edad.  Dennison se presenta al lector como alguien maduro, menos alocado y hace varias referencias a su avanzada edad en relación con el resto de amigos: — ¿Pero qué pasa con vosotros los jóvenes, ¿es que no podéis conseguir mujeres por vosotros mismos? (pag 113). “Ser precavido no es virtud de los jóvenes” (pag. 78). Da la impresión de que Dennison se desmarca en cuanto a experiencia durante todo el relato y, si atendemos a los años, es cierto que Kerouac y su entorno universitario tendrían en torno a los 22-24 años, mientras que William S. Burroughs acabaría de cumplir los 31. Además, William S. Burroughs habría utilizado el seudónimo “Lee” ―Bill Lee, concretamente― para la autoría de Yonqui (1953) su primera novela conocida.

Entonces y puestos a cavilar, ¿podía ser que el desgraciado Ramsay Allen fuera una representación, o al menos un deseo oscuro y evocado en literatura de Allen Gingsberg, el famoso poeta Beat de Howl? ¿Pudiera ser que hubiera una historia mucho más oscura, sólo sugerida, que la esbozada en Los hipopótamos dentro del propio Los hipopótamos? Pero todo esto es literatura de literatura; empezaba a verme a mí mismo en los delirios de Javier Cercas de Soldados de Salamina (2001), solo que mis protagonistas, por lo que yo sabía, estaban todos muertos y no había Bolaños ni Sánchez Ferlosios a quienes molestar con un pedazo de historia o verdad.

Decidí olvidarme del tema completamente, tenía otras cosas en la cabeza y al leer las obras imprescindibles de Kerouac ―On the Road, Desolation Angels, Dharma Bums― a menudo llegué a sonreír con nostalgia pensando en aquella teoría rocambolesca de un libro en inglés que nadie conocía. Hace un año, paseando por la FNAC del centro de Sevilla encontré esto:

10846552_858722434148308_1182320413_n

Su sinopsis hizo que se me saltaran las lágrimas, y aún no sé explicarlo:

“Pero en esta extraña novela casi sin ficción, nadie es quien dice ser. Porque Will Dennison es el nombre que se da a sí mismo William Burroughs en la novela, y Mike Ryko el que adoptó Jack Kerouac. Ramsay Allen era David Kammerer, y estaba obsesionado por Phillip, que en la vida real era Lucien Carr, (a quien Allen Gingsberg dedicaría luego su Howl, Aullido) quien el 14 de agosto de 1944 apuñaló a Kammerer, arrojó su cadáver al río Hudson y después les contó a Burroughs y a Kerouac lo que había hecho, y los hizo cómplices del asesinato. Ésta es la novela que ambos escribieron sobre aquel verano iniciático, y que se ha publicado por fin después de la muerte, en el año 2005, de Lucien Carr”

En algún lugar elegante de la Séptima Avenida y a una hora determinada de ese 1944 que compartieron todos, William S. Burroughs (Dennison), Jack Kerouac (Mike Riko) y Lucien Carr (Phillip Tourian) escuchan el noticiario de la tarde sobre un incendio de un circo y de repente la radio les bombardea con esa imagen, lacónica, absurda, patética y triste: “Y los hipopótamos se cocieron en sus estanques y murieron. ¡Buenas noches, New York!” Quizá la vida moderna e iconoclasta que empezaba a surgir a mitad del siglo XX, con dos guerras a sus espaldas, había encumbrado al ser humano pero también a su neurosis y miedos, contradicciones y perversidades, su consciencia de ser pensante, único e individual; dueño y sufridor de su existencia. Quizá la única respuesta al absurdo de la existencia es el juego, la niñez, la inocencia y la maravilla; como parecen demostrar, a veces, los personajes de la novela —“en La sociedad definitiva, todos serán artistas”, pregonaba Phillip (Lucien Carr) —. Quizá todos, Jack, William, Cathcart, Allen y la sociedad moderna, eran los hipopótamos. Quizá todos nosotros, las modas, las bolsas de rédito, y los grandes carteles de publicidad seamos los hipopótamos y ahora mismo, todavía, nos estemos cociendo lentamente en nuestros estanques. Hasta que alguien nos acaricie con ternura el lomo. Y se aleje pidiendo auxilio.

(Las páginas coinciden con la versión publicada en Anagrama).

***

¿Te gusta Mayhem Revista? Recibe nuestras entradas en un boletín semanal. Apúntate aquí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s