Las manos de Lady Macbeth

Es extraño porque, tal vez por primera vez en su vida, es consciente de su mano. Puede que nunca hasta entonces se hubiese dado cuenta de que tiene mano. O, al menos, no lo recuerda. Jamás había tenido conciencia de esa sensación. La sensación de que la mano existe, allí, apoyada en el reposabrazos del sillón. Siente su mano, sin que para sentirla le haga falta la percepción de la proximidad de la tela.

Es extraño. Muy extraño. Siempre había sabido que tenía mano en relación a otras cosas, al mundo exterior. Una mano para coger un lápiz. Una mano para rascarse la barbilla. Una mano para dar un puñetazo en la mesa. Una mano para acariciar la pierna de una mujer. Una mano para morderse las uñas. Una mano para… para algo. Ahora, simplemente, tiene mano. La mano está ahí. Aplastante. Ineludible. Ontológica perdida. La mano es.

Por eso no la mueve. No es necesario. La mano impone su presencia por sí misma. Con el mero hormigueo de la sangre. No precisa de adornos. No tiene por qué hacerse entender con demostraciones superfluas. Él ya sabe que la tiene, ahí, soldada, al final del brazo. Su mano. Como si estuvieran predestinados.

La televisión se ilumina con una pequeña deflagración. Comienzan a llover imágenes. Están empezando los informativos. Una señorita peripuesta da paso a una noticia de titulares. Es un dejà vu. Ésa él ya la ha visto.

Lo irremediable de esta situación le agobia un poco. Así que, aunque no haga falta, comienza a mover los dedos. Despacio. Uno detrás de otro. Nunca se había dado cuenta de que los nudillos, cuando se estiran, están hechos de piel de elefante. Piel gruesa y arrugada, que se repliega sobre sí misma. Un promontorio de carne por el que no pasa la alianza de casado. Allí está el aro de oro desde hace quince años, arrumbado en la base del dedo anular. La uña del meñique se halla surcada de estrías. En el dorso de la mano serpean las venas, con la arrogancia de ese azul que tatúa la piel. Esa piel velluda. En fin. Ésa es. Su mano.

Se levanta. Va al baño. No se mira al espejo. Abre el grifo. El chorro se estrella con violencia contra la loza blanca de la pila. Algunas gotas salen despedidas y le salpican, pero no aminora la presión. Mete las manos debajo, cortando el paso sin remedio al curso de agua. El chorro se venga, se desvía, le golpea en plena tripa. Pero no retira las manos. Las mantiene ahí, aguantando la embestida helada del agua. Al principio, quietas. Luego, se las frota un poco, la una contra la otra, como si estuviese modelando una croqueta. Repite la operación unas cuantas veces y cierra el grifo. Deja las manos empapadas suspendidas sobre el lavabo, goteando de a poco como un alero tras un chaparrón.

Cuando se han escurrido lo suficiente, las devuelve a su posición original, colgando a los lados de las caderas, pero no se las seca. Regresa a la sala. Se sienta de nuevo en el sillón. Apoya las manos en el reposabrazos. Vuelve a quedarse inmóvil. Las sigue sintiendo. Las manos. No puede librarse de las manos.

Al principio, deja las manos quietas. Igual de quietas que aquel hombre cuando cayó al Manzanares.

Para entretenerlas, para usarlas, alcanza el mando a distancia, que está sobre la mesita del café, y pulsa el botón de encendido. La televisión se ilumina con una pequeña deflagración. Comienzan a llover imágenes. Están empezando los informativos. Una señorita peripuesta da paso a una noticia de titulares. Es un dejà vu. Ésa él ya la ha visto. Y nadie quiere ver películas de su propia vida. Apaga la tele. Se incorpora otra vez.

Va al baño. No se mira al espejo. Abre el grifo. El chorro se estrella con violencia contra la loza blanca de la pila. Como él estrelló con violencia el puño en la carne. En la carne blanca. Algunas gotas salen despedidas y le salpican, pero no aminora la presión. Como le salpicaron algunas gotas de sangre tras salir despedidas de una nariz o de un labio partido, sin que él aflojase. Mete la manos debajo del grifo, cortando el paso sin remedio al curso de agua. Como ellos cortaron el paso sin remedio a un curso de vida.

El chorro se venga, se desvía, le golpea en plena tripa. Como hizo entonces aquel hombre o, al menos, lo intentó: revolverse, vengarse, golpearles en plena tripa. Pero no retira las manos. Las mantiene ahí, aguantando la embestida helada del agua. Como aguantó el agua helada del río la embestida salvaje del cuerpo. Al principio, deja las manos quietas. Igual de quietas que aquel hombre cuando cayó al Manzanares. Luego, se las frota un poco, la una contra la otra, como si estuviese modelando una croqueta. Lo que quiere es limpiarse de la masa, que se le ha quedado pegada. Repite la operación unas cuantas veces, mientras repite entre dientes: “La masa, la masa, fue la masa, no yo. Fue la masa… A la masa se le fue de las manos”. Cierra el grifo.

Deja las manos empapadas suspendidas sobre el lavabo, goteando de a poco. Ya no hay masa. Las ha limpiado, pero ahí siguen. No puede librarse de ellas. Ahí están. Inconfundibles. Las manos de un asesino.

***

Foto de portada: Río Manzanares (Foto: DavidJGB Flickr)

¿Te gusta Mayhem Revista? Recibe nuestras entradas en un boletín semanal. Apúntate aquí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s