El amigo invisible

En diciembre se produce en mi vida una concentración de invitaciones a eventos bastante similares por parte de círculos sociales distintos que incluyen en su agenda la ingestión de alimentos y el intercambio de regalos con personas a las que no conozco demasiado bien. Hoy acudo a la segunda de estas celebraciones después de haber confirmado mi ausencia en otras tres, y de momento solo ha transcurrido una semana desde que comenzó el mes.

La mayoría de las veces asisto a este tipo de eventos por compromiso y no porque me apetezca genuinamente. Nunca suele existir una verdadera opción a rehusar sin pasar a convertirse automáticamente en el misántropo del grupo, aunque uno no hubiera sido consciente de esa percepción grupal en concreto ni de su rol dentro de ella hasta entonces.

Así que antes de pronunciarme a favor o en contra, evalúo si mi dependencia de ese grupo es lo suficientemente importante como para no poder permitirme la asociación a connotaciones negativas dentro de él. En general permanezco inalterable ante opiniones poco fundamentadas. No obstante, si la situación concierne al trabajo que determina mi sustento, acabaré comprando un regalo aleatorio para alguna persona a la que en circunstancias normales probablemente no sentiría la necesidad de premiar en absoluto pero que el azar me ha asignado manifestándose en forma de trozo de papel mal cortado extraído de un plumier.

La esencia de este tipo de eventos es conectar la vida adulta, una crisis constante,
con los comportamientos sociales del colegio.

Si, en cambio, el contexto propuesto es una reunión oficial de antiguos alumnos de la clase de secundaria, ese día voy a tener ineludibles responsabilidades que atender en otra parte del planeta de manera anual, al menos hasta que alcance alguna crisis de identidad al pasar determinada barrera de edad que me haga querer reconectar con todas las etapas vitales al mismo tiempo. De hecho, creo que esa es la esencia de este tipo de evento: conectar la vida adulta, que en realidad es una crisis constante, con los comportamientos sociales que ya ejecutábamos en el colegio cuando teníamos nueve años.

El juego se llama “amigo invisible”, supongo que porque la mayoría de las veces la amistad con el elegido accidental es imaginaria y no se encuentra por ningún lado. Pero con la estacionalidad de este tipo de eventos he aprendido a valorar la brillantez de los detalles recurrentes. Como, por ejemplo, que a la más reciente incorporación de ese año al equipo de trabajo siempre le toca regalarle al jefe porque su inocencia no concibe que los demás vuelven a dejar el papel en el plumier una vez han visto el nombre.

O que el máximo precio que se pone de techo para que todos los regalos tengan un valor semejante siempre es excedido con creces por el individuo más pretencioso, que después de regocijarse en la incomodidad de sus compañeros, explica con las cejas arqueadas y sin reparar en su mezquindad que su mujer consigue gratuitamente botellas de perfume de marca porque trabaja en la sección de belleza del Duty Free. El propio concepto de “tope de precio” es un diamante en sí mismo. Como este tipo de regalos hablan más de quien los hace que de quien los recibe, mi recomendación es, ante la duda, regalar siempre cosas del Fair Trade, que al menos convierte la pantomima dadaísta en una acción comprometida.

El propio concepto de “tope de precio”
es un diamante en sí mismo.

Prueba de que esta clase de eventos constituyen un movimiento antipoético es la vela de color rosa pálido que me regaló un compañero de trabajo las navidades pasadas. Venía dentro de un gran recipiente de cristal relleno con arena blanca y figuras de corazones, todo ello envuelto en plástico transparente atado con lazos rosas. Lo cierto es que inicialmente me fascinó la idea de un obsequio feo, inútil y, además, grande, así que mi expresión facial no reveló lo que realmente pensaba de aquello.

Este fue un hecho afortunado, porque lo había elegido la esposa de mi compañero y me indicó ilusionado que a ambos les había parecido muy bonito. Yo me había esmerado más en conocer a mi víctima, y tras observar los cómics que ojeaba regularmente en los descansos, le regalé una novela gráfica de Daniel Clowes, ilustrando así que el “techo de precio” no homogeniza el valor intrínseco de las cosas. Al llegar a casa, escondí mi vela y su tarro de cristal en el fondo del armario, y el plástico hizo bastante ruido al adaptarse a su nuevo espacio. Después me olvidé de ella. Hasta este año.

A la fiesta a la que voy hoy sí que me apetece ir. En primer lugar, porque aunque asistan muchos extraños, estamos todos conectados a través de amigos de verdad. Con esto me refiero a conocidos auténticos que son visibles mientras tomamos café y compartimos las emociones de la semana. En segundo lugar, porque el “techo de precio” es aquí sustituido por la restricción de “cosas de las que queramos deshacernos”. Tampoco hay un sujeto concreto al que va destinado el anti-regalo.

Según llegamos, colocamos los paquetes en el suelo de la habitación y nos disponemos a comer las chucherías que han preparado nuestros amigos comunes mientras intercambiamos risas e ideas. Cuando ya estamos todos, cada asistente elige entre las formas y colores apiladas en el centro de la estancia guiado por su propio sentido estético.

Alguien desenvuelve un juego de mesa que tiene piezas perdidas reemplazadas por otras artesanas pintadas a mano.  Y alguien una maravillosa máquina de palomitas. Entre la algarabía, un amigo agarra esperanzado un paquete en forma de botella de Bourbon y al arrancar el envoltorio, resulta que es una vela rosa metida en un tarro de cristal y envuelta en un ruidoso plástico. Todos nos reímos. Él nos mira con los ojos muy abiertos y dice: “Conozco a la persona perfecta a la que le va a encantar esto, y además la veo en una semana”. Su voz tiembla ligeramente de emoción. Y yo también, porque por fin hemos encontrado el propósito para la vela.

***

Foto de portada: Preparing Christmas Gifts (Foto: Fredrik Rubensson-Flickr)

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