Exodus: Dioses, reyes y narcolepsia

Después de ver Exodus al espectador le quedan dos opciones: o bien asume que Ridley Scott ha perdido el talento para narrar y sorprender que demostró ampliamente a lo largo de su carrera, o bien el talento sigue intacto pero los grandes estudios de Hollywood se han convertido en una máquina de mercadotecnia tan perfecta que no pueden permitirse una adaptación de la biblia que se salga mínimamente de los márgenes de lo políticamente correcto. Ambas opciones son deprimentes por igual, así que queda a juicio del espectador elegir con cual se queda de las dos, que siempre es mejor que pensar en una más deprimente todavía combinación de ambas. Sea cual sea la elección, ese simple debate interno será de largo lo más entretenido que le aportará la experiencia de ver Exodus.

No voy a decir que Exodus sea una mala película (no lo es), ni una adaptación innecesaria (¿cuál es necesaria?), pero la impresión que permanece durante todo el visionado es que se trata de una cosa que ya hemos visto. Que sea un relato bíblico que ha sido adaptado hasta la saciedad y que todos conocemos de sobra no ayuda, pero tampoco es lo más importante. La clave está en la falta total de riesgo: unos personajes con la complejidad de una sartén, una apuesta visual tan grandilocuente como conservadora y un guion limitado a la sucesión de los pasajes más relevantes del Éxodo con una sorprendente falta de emoción y épica, son la poción mágica que nos hace dudar sobre si realmente estamos viendo un estreno de 2014 o la remasterización de un título de los años cincuenta.

Si hay algo que salvar de Exodus, algo que consigue engañarnos durante un rato, es su arranque. El primer tramo de la película nos muestra a un moisés escéptico, consciente de su papel secundario en el gobierno y que muestra cierta distancia crítica con las estructuras y supersticiones que rigen el Imperio egipcio. Esta actitud, combinada con el panorama que le abren los descubrimientos en torno a su nacimiento, nos muestra un personaje con aroma shakesperiano que se resiste a ser lo que el destino le tiene reservado y a la vez es incapaz de seguir viendo con los mismos ojos el régimen en el que ha crecido y que ayuda a mantener. Pero esta interesante carretera secundaria por la que nos lleva Ridley Scott se termina con el exilio del protagonista. A partir de ahí el director se incorpora a la autopista, sube la música y deposita su confianza en Christian Bale y los efectos visuales para que le solucionen la papeleta hasta los créditos finales. La excesiva duración del relato hace además que el prometedor inicio sea un vago recuerdo en nuestra memoria cuando salimos de la sala.

Por eso estoy tan cabreado con Exodus. Su problema no es un problema de ideas, pues el camino existía y no supieron/quisieron aprovecharlo, sino de falta de valentía. Es la máxima expresión de un tipo de cine comercial que confía en que los actores conocidos y una carro de millones compensen la ausencia de imaginación y ganas de confrontar con los espectadores. Claro que tiene que haber cine de evasión sin más pretensión que entretener, pero si ese es tu objetivo mejor cuéntanos una historia que no nos hayan contado decenas de veces. Y si después de todo insistes en hacerlo, amigo Ridley, al menos moléstate en que sea entretenido.

Lo que dije de Exodus: Dioses y reyes

Sin entrar en la polémica de que el amigo Ridley no haya considerado que una película ambientada en el antiguo Egipto pudiera estar protagonizada por actores negros (qué cabecita la suya)

Tengo que decir algo respecto a esto. Yo pensaba que sería una muestra más del etnocentrismo americano, pero viendo la peli me sorprendí a ver que sí que salen negros, y que de alguna manera Ridley Scott se las ha apañado para hacerlos parecer más esclavos que los cientos de esclavos que salen en la peli. O sea, no solo es que Egipto aparezca como tierra del hombre blanco (también hay muchísimos más hombres que mujeres), sino que al parecer tiene la misma organización social que Estados Unidos en el siglo XIX. Al menos no comen hamburguesas ni hay sheriff.

La enésima narración cinematográfica de este pasaje bíblico despierta en mí más pereza que otra cosa. Ya nos sabemos la historia, ya nos sabemos cómo dirige Ridley Scott y, joder, también sabemos que le gusta que sus pelis duren más de dos horas y media.

Ninguna sorpresa por aquí. Como se ha dicho, Scott dirige con el piloto automático puesto y respeta los ritmos de una historia que nos sabemos de memoria. Eso sí, a juzgar por las trece veces que acaba la película (¿qué clase de final es ese?) empiezo a pensar que lo de la duración es una conspiración mano a mano entre Google y Hollywood para que la población aumente la capacidad de su vejiga. ¿Los motivos? Especulen ustedes.

Pero precisamente por eso, porque no espero nada que me sorprenda, iré a la cita cinéfila de la semana a disfrutar.

Jajajajajajajajaja

No espero personajes con gran profundidad ni grandes reflexiones morales, pero exijo unas plagas del copón y unas aguas abriéndose que me dejen con la mandíbula en el suelo.

Las plagas sí que son molonas pero la secuencia del mar es una de las bajonas de 2014. Además de que el montaje sea narrativamente confuso, que les venga una ola de cincuenta metros a los protagonistas y que a los dos minutos estén para irse a merendar al Vips me parece una tomadura de pelo para los fans de la destrucción sin límites.

A veces, solo a veces, soy un crítico de gustos sencillos, y mientras que el guion no sea especialmente absurdo y no me vengan a vender a dios y esas cosas que tanto les gusta hacer a los americanos, me daré por satisfecho de haber visto una adaptación bíblica a la altura de Hollywood.

Aquí voy a discutir con mi yo de hace cuatro días, porque aunque Exodus cumpla todos los requisitos anteriormente citados no puedo darme por satisfecho. Es tan Hollywood, tan de manual y tan poco emocionante que, atención, volvería a ver antes el peñazo de Noé que esta épica bíblica tan poco épica.

¿Qué gafas me llevo?

exodus-grafico-prejuicioso

Entonces: ¿voy a verla?

Lee la biblia, mírate la peli de Charlton Heston o, mejor, El príncipe de Egipto. Si quieres ver a Scott en acción, revisa Blade Runner, Alien o hasta Gladiator. Date un paseo y mira escaparates, pasa frío en un banco del parque, observa a la gente comprando cosas para Navidad de forma absurdamente previsora. Compra la entrada y devuélvela para formar cola en el cine, ve a ver otra peli o cómete un saco de palomitas en casa. Si vas a verla no te querrás tragar la lengua, pero piensa en la cantidad de cosas maravillosas que podrías haber hecho durante esas dos horas y media.

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