Que no oigan la profecía

Aquel lugar estaba bien. Resultaba muy apropiado. Podían verle desde cualquier punto de la plaza. Sí. Definitivamente, ése era el sitio. De modo que depositó en el suelo la silla de tijera que había llevado hasta allí debajo del brazo, arrimada muy fuerte contra su flanco derecho durante todo el trayecto. La desplegó.

El sol inundaba la plaza y el suelo quedó rayado con la sombra que proyectaban los listones de madera del asiento. Apoyó sobre él las manos y presionó hacia abajo para cerciorarse de que la silla había quedado bien afianzada. Soportó su peso estoicamente, sin ceder. Así que se dio por satisfecho, posó un pie en el asiento, lo tanteó una vez más, y, tras este segundo examen de firmeza, tomó impulso y se encaramó a la silla. Aquella nueva perspectiva estaba bien. En cualquier caso, distinta a la que le ofrecía la rutina de su metro setenta y dos.

Oteó la plaza que le circundaba, con una panorámica de ojo de pez. En la esquina más alejada, un ciego vendía cupones, haciéndole la competencia a la lotera con su aireado extra de Navidad. En torno a la estatua de bronce que quedaba a su izquierda, se apiñaba un grupo de niños de cuarto de Primaria. Una profe abnegada les estaba explicando algo sobre un rey olvidado, pero sólo atendían los de la primera fila.

El resto del corro, desentendido de la Historia, se había disgregado en grupúsculos ralos, donde se entregaban con dedicación y de tapadillo al tráfico de cromos. Uno de los escolares se había quedado totalmente apartado, embebido en la contemplación de cómo una paloma picoteaba ferozmente un mendrugo de pan demasiado grande, con el comprensible objetivo de pasárselo por el buche.

La castañera aún no había empezado a asar. Era pronto

Un camión había aparcado en la zona de carga y descarga de una de las calles que desembocaban en la plaza, y el repartidor alzaba en vilo las cajas apiladas después de haberlas vaciado en la frutería de los soportales que ofrecía las peras a dos euros y medio. Las ciruelas claudias habían subido.

Junto a la tercera columna empezando por la derecha desde la puerta de hierro forjado del Ayuntamiento, una castañera había adosado su puestecillo destartalado de chapa. Aún no había comenzado a asar. Era pronto. En el reloj de la torre todavía no habían dado las diez y media. Y, sin embargo, la temperatura era alta para aquellas fechas, gracias al sol que esponjaba a los paseantes ociosos o atareados que cruzaban la plaza, libres de las lluvias deprimentes del fin de semana, de las que ya sólo quedaban unos cuantos charquitos acantonados en un badén de la calzada y algunos riachuelos que se deshilachaban camino de los intestinos del alcantarillado.

Efectuado el reconocimiento, se llevó las manos a la boca, para formar bocina, despegó los labios y dejó que brotara un grito. Tímido al principio, apenas un zumbido, pero que fue ganando altura y potencia, hasta que algunos viandantes volvieron la cabeza. Lo miraron con suspicacia. Él les devolvió una sonrisa ufana.

-Buf, menudo loco. Esta juventud… Yo los mandaba a todos a picar a la mina, a ver si así se les pasaba la tontería –masculló un jubilado, que se alejaba parsimoniosamente con las manos anudadas a la espalda.

Pero él no se dejó intimidar. Volvió a poner las manos en forma de altavoz y dejó escapar otro alarido. Éste, más fuerte que el anterior. Del Ayuntamiento salía en ese momento una patrulla de la Policía Municipal. Dos agentes con un walkie-talkie en una mano y, en la otra, un café humeante. Volvió a gritar. Ambos le miraron. Uno puso los ojos en blanco. El otro se rió desdeñosamente. Ambos le ignoraron.

“Yo los mandaba a todos a picar a la mina, a ver si así se les pasaba la tontería”

Y entonces él chilló de nuevo. Pero, ésta vez, cuando el grito expiró en sus labios, dijo, con voz tonante:

-¡Soy libreeeeeeeee!

Y aquella “e” fue devuelta por el eco de la plaza, reverberando en las fachadas de las casas, rebotando en las columnas de los soportales, multiplicada en una elongación que se extendía hasta el infinito. Entonces, la torre del reloj marcó las campanadas de y media. Esperó a que terminasen los tañidos y volvió a gritar:

-¡Soy libreeeeeeeeee!

Ya todos en la plaza le miraban. El repartidor, la castañera, los traficantes de cromos, la profesora, que olvidó por un momento en qué año había nacido el rey de bronce, la frutera, que salió a coger 200 gramos de sus ciruelas claudias más maduras, los viandantes y hasta el niño solitario, que se quedó sin saber que la paloma había logrado tragarse la última miga de pan antes de alzar el vuelo para ir a posarse en un balcón del Ayuntamiento. Y, como todos le miraban, les devolvió una sonrisa tan radiante como ese sol que inundaba la plaza, ya seca de la lluvia deprimente del fin de semana, y les señaló con el dedo uno por uno, al tiempo que gritaba:

-¡Y vosotros también lo sois! ¡Somos libreeeeeeeeees!

Se quedó un momento en silencio, disfrutando del eco incandescente de su grito, que seguía resonando en la plaza. Abrió los brazos en cruz para dejar que le envolviera y sentirlo mejor. Aquel silencio con voz era mágico. Sorprendía y reconfortaba como un milagro. Producía un extraño alivio. Y entonces oyó el chasquido de una silla de tijera al desplegarse. Dirigió la vista hacia el foco del sonido y distinguió al ciego, que le había pedido una silla a la lotera y, con ella debajo del brazo, tanteando el suelo con el bastón, se encaminaba hacia allá, hacia su grito, dispuesto a encaramarse junto a él. Pero se le adelantaron los dos policías, ya sin cafés humeantes, ya con zancadas tajantes y apresuradas. El profeta vio que traían algo entre las manos. Era una mordaza.

***

Foto de portada: Shout. Graffiti seen in Hanbury Street, off Brick Lane (Foto: Garry Knight-Flickr)

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