16 cuerdas y una guerra

Julián Carpintero | Falso 9

‘Kristallnacht’ es el término que se utiliza en Alemania para referirse a la célebre ‘Noche de los cristales rotos’, la cruel madrugada que separó el 9 del 10 de noviembre de 1938 y en la que las tropas de las SA nazi atacaron a la población judía sin que las fuerzas del orden hicieran nada para evitarlo.

A pesar de que gran parte de la población civil participó en esa barbarie que Goebbels justificó como una reacción espontánea ante el asesinato de un diplomático de embajada alemana en París, Ernst vom Rath, a manos de un judío polaco, unos pocos valientes arriesgaron su vida para salvar la de decenas de perseguidos. Ese fue el caso de Max Schmeling, una suerte de Oskar Schlinder del ring, que aquella infame noche escondió en su casa a dos niños judíos a pesar de que años atrás el propio Hitler le había presentado como el orgullo del nazismo tras una épica victoria en casa del enemigo.

Desde que el marqués de Queensberry redactara las reglas del boxeo moderno allá por 1865, la propia naturaleza del ser humano ha necesitado siempre entender los grandes combates como una especie de enfrentamiento en el que uno de los púgiles representa al Bien y el otro al Mal.

De hecho, dicha dicotomía estuvo relacionada con la raza de los mismos hasta el inicio de la década de los 60, cuando, por vez primera, la opinión pública tuvo que posicionarse entre dos boxeadores negros, Floyd Patterson y Sonny Liston, cada uno con sus propias connotaciones políticas y sociales en una época de gran agitación por el cambio. Sin embargo, la politización de este deporte alcanzó sus cotas más altas en 1936, un año en el que Berlín acogió los Juegos de la XI Olimpiada, sin duda el acontecimiento deportivo más manipulado de todos los tiempos.

Cinco fueron las medallas que la Alemania nazi conquistó en las distintas modalidades de boxeo en la cita olímpica. No obstante, entre los nombres de Willy Kaiser, Herbert Runge (oro), Michael Murach, Richard Vogt (plata) y Josef Milner (bronce) no se coló el de Maximilian Adolph Otto Siegfried Schmeling, que entre 1930 y 1932 ostentó el título de campeón de los pesos pesados y que en junio de ese mismo año había sido capaz de derrotar al mismísimo Joe Louis en pleno corazón de Manhattan. Con esta carta de presentación no resultará difícil entender que Schmeling era, a todas luces, el ojito derecho del ‘Führer’ y, por extensión, de todo el nacionalsocialismo.

Max Schmeling (Foto: Wikimedia)

Max Schmeling (Foto: Wikimedia)

Cabello oscuro, cejas pobladas, nariz plana y rostro rudo, al parecer el idilio de Schmeling con el boxeo dio comienzo cuando, siendo un adolescente, su padre le llevó a ver un combate del gran Jack Dempsey. Cuentan que, años después, siendo Dempsey aún campeón mundial de los pesados, Schmeling disputó un par de asaltos con él durante una gira por Europa y que el norteamericano quedó impresionado por el estilo técnico de aquel púgil que, sin alzar demasiado la voz, fue conquistando todos los campeonatos en los que participaba.

Consciente de que su particular El Dorado sólo lo podría encontrar cruzando el Atlántico, el boxeador teutón desembarcó en Nueva York en 1928, aunque su apellido no comenzaría a hacerse notar en los rings hasta que conoció a Joe Jacobs, un cazatalentos que pronto se convirtió en su mánager.

Así, de la mano de Jacobs, Schmeling debutó en el Madison Square Garden ante el popular Johnny Risko, al que tumbó cuatro veces en un mismo asalto, hazaña que la revista especializada The Ring bautizó como “La pelea del año”. Su momento de gloria llegaría en 1930 al proclamarse campeón de la categoría frente a un Jack Sharkey que fue descalificado por propinarle un golpe bajo en el cuarto asalto. El mismo Sharkey sería quien le arrebataría el título dos años después en un combate que se resolvió a los puntos en el décimo quinto ‘round’ y tras una controvertida decisión de los jueces. En este contexto, la paliza que Max Baer le propinó en 1933 hacía presagiar el declive de Schmeling a los 27 años.

Max Schmeling, campeón de los pesos pesados (Foto: Wikimedia)

Max Schmeling, campeón de los pesos pesados (Foto: Wikimedia)

Nada más lejos de la realidad, tras contraer matrimonio en Alemania con la actriz Anny Ondra —chica Hitchcock, para más señas—, Schmeling regresó a Estados Unidos en 1936 con el objetivo de retar a Joe Louis. De este modo, el 19 de junio Schmeling noqueó al ‘Bombardero de Detroit’ en el décimo segundo asalto en un abarrotado Yankee Stadium. Aquella victoria cambiaría su vida, pues a pesar de no poder aspirar al cetro que ostentaba James J. Braddock —a quien Russell Crowe dio vida en ‘Cinderella Man’—, Schmeling se convirtió en un adalid del nazismo en contra de su voluntad: fue fotografiado comiendo con Hitler, quien le utilizó como ejemplo de la superioridad aria. No en vano, nunca se afilió al NSDAP y renunció a despedir a su mánager, Jacobs, de origen judío.

Dos años después, el orgulloso Louis, ya campeón de los pesados, afirmó que no se sentiría como tal hasta que no derrotara a Schmeling —conocido, injustamente, como ‘El perro nazi’—, por lo que se concertó la revancha para el 22 de junio en el mismo escenario. Hasta el Presidente Roosevelt arengó a Louis haciéndole ver que “necesitamos músculos como los suyos para derrotar a Alemania”. Y así fue como el púgil norteamericano liquidó en el primer asalto a un Schmeling que acabó con dos costillas rotas y cayó en desgracia para todos sus compatriotas. En contra de lo que pudiera parecer, ambos rivales estrecharon una relación de amistad que duró hasta la muerte de Louis en 1981; antes, Max ayudó económicamente a Joe, arruinado y destrozado por el alcohol, y hasta pagó los costes de su entierro.

Humillado a ojos de la Alemania nazi, tras sacar del país a su mujer en la ‘Noche de los cristales rotos’ Schmeling se vio obligado a servir como paracaidista en la Lufftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial, aunque a consecuencia de los saltos se rompió los dos tobillos, lo que provocó el inicio del fin de su carrera. Pero tras tanto caminar por el desierto la vida le reservaba un pequeño oasis en forma de representante de Coca Cola en su Alemania natal, un trabajo que le permitió retirarse hasta que murió a los 99 años, con las cicatrices propias de toda una vida recibiendo golpes, unos dentro y otros fuera del ring.

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