El Hobbit. La Batalla de los Cinco Ejércitos: apología de la Épica del Esperpento.

El recuerdo del buen cine siempre ha maldecido y bendecido al cine posterior, quizá por un plus de mejoría en la distancia, como el vino y la nostalgia que emborrona el pasado casi tanto como el presente. Pocas películas estrenadas en el siglo XXI se recordarán masivamente por su impacto comercial, social y cultural que la ya clásica trilogía de El Señor de los Anillos. Y ahora, trece años después de la primera partida desde la Comarca, creo que El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos, me ha brindado, por fin; un par de conceptos para intentar entender qué le pasa al cine fantástico de Peter Jackson. Vamos al lío.

No sé si lo habéis notado debido a la escasa publicidad, pero lo cierto es que la tercera parte de El Hobbit se estrenó en cines la semana pasada. La compañía enana de Thorin Escudo de Roble (Richard Armitage) y Bilbo (Martin Freeman) llegan al final del viaje por la conquista de La Montaña Solitaria. En su periplo, aun deberán hacer frente a una antigua maldición que envenena la mente de Thorin, al dragón Smaug y tomar parte en la Batalla de los Cinco Ejércitos que se alzan para reclamar unas monedajas del codiciado botín que descansa en la Montaña.

Desde el repertorio de Oscars por la trilogía de ESDLA, Jackson se mueve radicalmente entre la sinceridad narrativa, lo que yo llamo el “encanto fantástico” ―que siempre viene aparejado de un sosegado repertorio estético, una atmosfera evocadora y un amor por la mesura― y su reverso, el artificio más burdo, la “épica esperpéntica” y excesiva que vive del desencanto, del aplauso fácil y la adrenalina batallesca, de los brillantes efectos especiales. Parece que Peter Jackson se ha movido caprichosamente entre una u otra manera de dirigir y, en mayor o menor medida, siempre se ha visto tentado por la épica del Esperpento. Y aunque encontró la manera de lidiar con lo que parece su fantasma cinematográfico de manera magistral en El Señor de Los Anillos, el resto parece ser otra historia.

El Hobbit: un viaje inesperado (2012) es un esplendido exponente (casi puro) de la aburrida y predecible épica esperpéntica de Jackson. El Hobbit: la desolación de Smaug (2013) es un revoltillo de las dos cosas: “encanto fantástico” y “épica esperpéntica” que hizo pensar a incautos como yo que realmente había manera de mitigar el daño de la primera y cerrar filas de manera digna; incluso que no sería difícil contando con el factor nostalgia. Pero cuando me adueñé de la butaca con más ilusiones que lucidez, las sospechas se confirmaron: un director cansado, agotado por la magnitud del proyecto y el tedio, que había cedido definitivamente a los sugerentes encantos de la épica esperpéntica.

Que algo no cuadra se desprende desde el minuto uno: Jackson parece hacer gala de una sobriedad, insólita y descuidada ya en el comienzo de El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos; como si Jackson no fuera aquel director que apuntala las primeras escenas de sus películas convirtiéndolas en verdaderas declaraciones de intenciones ―cada apertura en ESLDA, y también en las dos películas anteriores de El Hobbit si me apuráis, lucía cuidada al detalle: icónicas escenas que ilustraban y aportaban profundidad y riqueza al vasto mundo de La Tierra Media―. Aquí, se limita a dejarlo todo donde comenzó: no hay trucos ni sorpresas. A la revelación del minuto uno, le sigue un metraje de 144 minutos en cómodo allegro que sugiere cierta prisa y ninguna buena mano para devolver a Bilbo a su agujero hobbit y terminar de una vez por todas con este calvario de merchandising y arcoíris.

Aparte de todo lo que convierte a El Hobbit en una luminosa belleza visual ―mención especial al diseño conceptual a cargo del siempre minucioso y evocador Alan Lee junto a John Howe― La Batalla de los cinco ejércitos sigue en sus trece de festival de juguete, un rimbombante parque de atracciones, una aburrida y vertiginosa visita guiada por un recorrido embellecido del que estás más que harto, porque conoces hasta la última hoja verde del camino.

Visito en mi mente el proceso creativo del guión preguntándome los porqués y los cómos y sólo se me ocurre una imagen: Jackson, Phillippa Boyens, Fran Walsh y Guillermo del Toro ―cuatro guionistas, no menos― sentados a la mesa, ebrios en una cena de trabajo, destrozando una langosta a placer y riéndose a mandíbula abierta, el mantel, de seda; copado de figuras de acción de “El Hobbit: la película”, mientras Jackson usa las páginas arrancadas de El Hobbit de un tal J.R.R Tolkien para limpiarse la salsa de su nutrida y glamurosa barba.

Lo peor en una película fantástica, es que el guión no deje ningún resquicio a la imaginación. Y esto es precisamente la tónica general de El Hobbit: todo está impostado como nunca se impostó en el Señor de los Anillos. El guión, explicativo y, en algunas ocasiones, incluso pedagógico; raya el patetismo: es común que los propios personajes enseñen a “leer” lo que está ocurriendo al espectador, sin dejar degustar los flecos sobrantes, por un lado, a la intuición de un público maduro, y por otro, a la complicidad siempre agradecida del lector del libro. El guión sigue recto el camino marcado por la primera película.

Gandalf, un personaje clave que vertebra en gran medida toda la trama, queda relegado a un viejo achacoso y harapiento que cojea a rebufo de todos los personajes ―Ian Mckellen apenas tiene veinte páginas de guión y Bilbo parece absorber, como por arte de magia, toda la sabiduría y serenidad del mago. Lo más interesante, quizás sea el conflicto de Thorin y la relación con sus compañeros ―que por otra parte se resuelve en dos planos y medio, metáfora mediante―. La historia de amor de Kili (Aidan Turner) con Tauriel (Evangeline Lily) no interesa ni a Légolas ―y no porque Tauriel sea un personaje sacado de la chistera, sino por la falta de química, lo manido de la historia y la falta de carisma de sus personajes―.

El mundo ha cambiado. Lo siento en la tierra, Peter Jackson. Lo siento en mi bolsillo. Lo que antes era encanto ahora es forzada épica, lo que antes sutileza y fantasía, ahora predecible esperpento. Pero, como en aquel mágico comienzo de 2001, parece que ya no queda nadie para recordarlo.

Lo que dijo el crítico prejuicioso

Unas cuantas ceremonias, largos paseos, largas conversaciones de personajes con la voz engolada y largas secuencias de preparación para largas batallas.

Más que paseos, carreras. El concepto “conversación con voz engolada” adquiere nueva resonancia ―gesto de mano que indica chiste― en un par de escenas protagonizadas por Thorin Escudo de Roble, como siempre en el clavo, dude. Las largas secuencias se reservan para las batallas y la defensa de su agotadora tesis: nuestros protagonistas no mueren ni a tiros. Ah, y Légolas hace chulerías cuando no habla.

Después de esta larga y aburrida agonía que ha sido El Hobbit, qué menos que nos den un final medianamente digno con el que quitarnos el sabor amargo del hocico.

Eso digo yo (mientras arranco los posters de la película y los quemo en la chimenea del salón).

¿Qué gafas me llevo?

hobit3-grafico-prejuiciosoo

Entonces: ¿voy a verla?

Si te gustan Braveheart (1995), Robin Hood (2010),  El rey Arturo (2004) y demás películas de exacerbada gloria e improbable verosimilitud, estás más cerca de que sea tu película. Si te consideras lector acérrimo de Tolkien, esta vez ni los cuidados detalles frikis de papá Pete te distraerán ante tamaño producto embalado.

***

Especial Premios Óscar 2015

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