El espíritu de la Navidad

Hacía años que no nos veíamos. Por lo menos siete, aunque podrían ser más. A veces me cuesta ya llevar la cuenta. ¿Cuándo empecé la carrera? ¿En qué año me fui de Erasmus? ¿Y esto, y lo otro? Las fechas se confunden. Es complicado hacerse una idea del tiempo que ha pasado. Tengo que pararme a pensarlo bien, y en ocasiones incluso necesito consultar un calendario. Supongo que es signo de que me estoy haciendo mayor. Hace no tanto, una frase así me habría parecido un cliché insoportable. Pero ahora, siete años… siete años sin ver a Marcos, media vida. Quién lo diría.

Me escribió hace una semana en Facebook. Sonaba extrañamente amable. Me preguntaba cómo me iba todo, qué tal en Edimburgo, si era feliz. Insistía en que nos viéramos al menos un rato estas Navidades, siempre y cuando pasara por Madrid. Tomar unas cervezas, dar una vuelta, ir a alguno de esos sitios a los que íbamos. No habló apenas nada de sí mismo, cosa que, conociéndole, no presagiaba nada bueno. La última vez que nos vimos, antes de que me marchara de España, bueno, me pidió dinero. Doscientos euros. Aunque le escribí varias veces desde Escocia, nunca obtuve respuesta y di el dinero por perdido. Pero Marcos es mi amigo, así que, ¿qué iba a hacer? ¿Ignorarle, no verle, no responder? Esas cosas no se hacen. Si un amigo te escribe, tienes que responder. Eso es ley.

Le pregunto cómo se lo ha tomado, no él, sino su tío. La idea de morirse.

Así que aquí estamos, siete años después, sentados en un bar que apenas ha cambiado desde que íbamos a la universidad. Marcos me mira silencioso desde el otro lado de la mesa. No sé cuánto lleva sin dormir; las ojeras le delatan. Rompemos el hielo y hablamos un poco de todo. Le cuento sobre mi vida en Edimburgo; mi mujer, mi trabajo, esas cosas. Él parece interesado pero está claro que algo tiene entre ceja y ceja. Le toca a él: dejó a Marta, su novia de toda la vida, hace un año. Creía que ya no la quería. Poco después se arrepintió e intentó volver con ella, pero esa puerta se había cerrado. Vaya; así es la vida. Ahora es funcionaria, profesora de Matemáticas en un instituto, y va a tener un hijo con su nueva pareja. Marcos cree que se han comprado una casa.

Me dice también que su tío ha tenido cáncer. Que no saben si lo ha superado del todo, pero que por ahora está mejor. Le digo que lo siento mucho, y es la pura verdad, porque su tío siempre fue un tipo legal. Nos solía dejar su coche para ir de fiesta, y le pasaba a Marcos, que luego me los rulaba a mí, discos de los Rolling, de Springsteen y de Bob Dylan. Esas cosas que escuchan los hombres mayores enrollados. Dad rock, he leído en algún sitio, y nunca mejor dicho. Pero entonces, claro, nos gustaba mucho esa música. Le pregunto cómo se lo ha tomado, no él, sino su tío. La idea de morirse. Me mira pensativo, y después me dice que ojalá él pueda afrontar la muerte con tanta entereza.

Salimos del bar y caminamos un rato por Madrid. Las calles están a rebosar de gente, en algunos tramos de Preciados casi no se puede avanzar. Marcos ha insistido en que viniéramos por aquí. Alguna razón tendrá, aunque, dada su situación, me extraña que quiera ver a esta masa de afanosas y radiantes familias, cargadas de bolsas y regalos con los que no podemos ni soñar, ir de una tienda a otra hasta que sea hora de recogerse. A no ser que, de alguna manera, quiera hacerse daño a sí mismo, cosa que no descarto. Paramos en una tasca horrible para turistas cerca de Gran Vía; insiste en invitar él.

Sé que tiene razón en lo que dice,
pero me está robando las pocas fuerzas que tengo
para afrontar las Navidades de forma digna.

Está más hablador con cada cerveza. Me confiesa que cree que lo peor que ha hecho en su vida es estudiar Periodismo. Me habla de los trabajos que ha ido encadenando en estos siete años, e incluso hace gala de su buen humor al relatar las condiciones de explotación y precariedad, a cual más draconiana, en que se han desarrollado. Cree que si hubiera estudiado ADE o Economía otro gallo cantaría. Y la verdad es que le doy la razón; a todos nuestros amigos que lo hicieron les va viento en popa. Periodismo, Comunicación Audiovisual, Bellas Artes, Humanidades, Historia del Arte; no hay futuro. Somos comida para peces. Así son las cosas. Marco lleva en paro ya seis meses, desde que dejó de colaborar, harto, con un periódico online que le pagaba 20 euros por artículo.

Estoy ligeramente borracho después de varias cervezas, y algo deprimido. Llevo un rato anonadado, sin saber qué responder. Sé que tiene razón en lo que dice, pero escuchar todo esto de nuevo me está robando las pocas fuerzas que tengo para afrontar las Navidades de forma digna. Mientras vamos hacia el Metro, me doy cuenta de que no tenemos casi nada que decirnos. Casi nada realmente personal. A eso me refiero. A las cosas que se dicen entre amigos. A esa confianza imprescindible. Caminamos pensativos, haciendo torpes intentos de hablar con normalidad aunque intuimos que no vamos a vernos más. Él parece decepcionado, como si no hubiera encontrado en mí lo que esperaba. ¿Y qué esperaba? Siete años son muchos. Todos cambiamos. Eso también es ley.

Llegamos a la estación de Gran Vía. Aquí me quedo yo, le digo. Él se para, y mira hacia el edificio de Telefónica, como buscando las palabras. Se pasa la mano por el pelo. Nos damos un abrazo, que dura un buen rato. En la despedida, siento un arrebato de melancolía. Esto es real, me digo,  y el momento anterior de duda queda atrás. A pesar del tiempo y la distancia. Joder, Marcos, le digo, tienes que cuidarte, tronco. Tenemos que vernos más. Llámame alguna vez. Sí, claro, tío. A ver si voy a verte a Edimburgo, tiene que ser la hostia eso. Tiene lágrimas en los ojos, Marcos. Oye, ¿necesitas algo? ¿Dinero? Lo he dicho, y no sé por qué, pero ya lo he soltado. Parece sorprendido. Bueno, no me vendría mal, para ir tirando. Si tienes algo a mano, eh. Te lo devuelvo en cuanto nos veamos. Para las Navidades. O me pasas tu número de cuenta y te lo ingreso. Saco cien euros de la cartera, es todo lo que llevo, lo tenía para los regalos, y se lo tiendo. Todo por un colega, me digo. Él se lo guarda y me da un abrazo. Joder, tío, te quiero mazo. Hablamos, eh. No voy a olvidar esto, no lo voy a olvidar.

Feliz Navidad. Feliz Navidad, tronco.

En el vagón, volviendo a casa, empiezo a darle a vueltas al asunto. Soy blando, siempre lo he sido. Ha estado guay ver a Marcos. Ha sido, después de tantos años, casi, bonito. Recordar los viejos tiempos, hablar con alguien de tu generación que también lo ha pasado mal. Saber que hay muchos que están mejor que tú. Y algunos otros, peor. Pero Marcos, Marcos va aparte. Ni mejor, ni peor. Repetir los mismo errores que has cometido en el pasado porque piensas que las personas cambian y que un saldo positivo en karma se va a traducir en una vida mejor y más saludable, es humano, ¿no?. Marcos. El palo como forma de vida. Pienso en las Navidades que acaban de empezar, y se me pone todo cuesta arriba de repente, todo cuesta arriba, porque no sé cuándo le voy a volver a ver, a mi amigo Marcos, al mejor amigo que nunca tuve, y -eso sí que no se lo perdono- ya me debe trescientos euros, trescientos, el valiente hijo de la gran puta.

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