Mujeres en primera línea de combate: controversia más allá de la equidad

El anuncio del secretario de Defensa del Reino Unido, Michael Fallon, sobre la más que probable inclusión de las mujeres en operaciones directas de combate de las Fuerzas Armadas antes de 2016 ha causado más revuelo del esperado. A pesar de que la medida, que será estudiada a fondo durante los próximos dieciséis meses, apenas se notaría en la práctica por beneficiar a un grupo muy reducido de soldados, las críticas han puesto al descubierto el polémico debate sobre los roles de la mujer en el Ejército y la siempre difícil cuestión de la guerra. Puede que los tiempos hayan cambiado, pero la discusión al respecto continúa.

“No debería haber ninguna prohibición basada en el género para servir en el Ejército”, aseguraba contundente Fallon durante la presentación de un informe en el que se recomienda una actitud positiva hacia la total integración de las mujeres. En ese documento, se sugiere, sin embargo, un estudio de mayor alcance y precisión sobre las implicaciones de su inclusión en las labores directas de combate en unidades donde su entrada está prohibida, como el Cuerpo de Infantería o la Marina Real, entre otras.

El Ejército sigue siendo un renglón aparte en cuestiones de género gracias a leyes como la “Equality Act” de 2010, una norma que permite a las Fuerzas Armadas del Reino Unido discriminar a mujeres y transexuales bajo el argumento de que garantiza la efectividad en los operativos. La legislación europea obliga, no obstante, al Ministerio de Defensa a revisar las bases para esa exclusión cada ocho años.

Informes anteriores concluyeron que permitir a las mujeres participar en actuaciones donde el objetivo primordial es la confrontación directa podría tener un impacto negativo en la moral y la cohesión del equipo. Argumentos similares se utilizaron durante años para vetar la entrada de personas homosexuales, sin embargo, tal y como ironiza la corresponsal de defensa de la BBC, la cohesión y la moral no parecen haber sufrido daño alguno después de que la prohibición fuera levantada en el año 2000.

El anuncio ha levantado ampollas sobre todo entre miembros del Ejército, donde la mayor parte de las voces se oponen tajantemente y lo consideran una medida meramente política. Están quienes siguen pensando que estar al frente de una operación sobre el terreno debe ser solo cosa de hombres casi por una cuestión de costumbre, como la ex oficial Ashley Merry: “Vivimos tiempos muy peligrosos. No es momento para estar experimentando con algo nuevo solo para ser políticamente correctos“. O quienes se aferran al argumento de las diferencias físicas, como el coronel Mike Dewar: “Las características corporales del 99,9% de las mujeres hace que sea prácticamente imposible que puedan pasar las pruebas físicas severas que requiere la infantería”.

En cualquier caso, será el Ministerio de Defensa el que decida hasta dónde quiere llevar la medida. Si realmente quiere que tenga un efecto práctico no tendrá más remedio que modificar los requisitos físicos en vigor para acceder a buena parte de las áreas que actualmente no admiten mujeres. Si, por el contrario, y tal y como la mayoría de expertos pronostican, solo busca un lavado de cara, bastará con una admisión puramente formal. El ejército británico cuenta en la actualidad con 160.650 miembros, de los cuales 15.920 son mujeres, según estadísticas del Ministerio de Defensa en enero de 2014.

De llevarse a cabo, Reino Unido sería el país número quince en acometer la medida. A principios de 2013, Estados Unidos puso fin a la prohibición y se unió así a otros trece países que ya lo permiten: Alemania, Australia, Canadá, Corea del Sur, Dinamarca, España, Finlandia, Francia, Israel, Nueva Zelanda, Polonia, Rumanía y Suecia.

En un artículo en The Guardian, la articulista Rhiannon Lucy Cosslett ofrecía otra perspectiva al asunto al recordar que aunque “tener mujeres en primera línea será algo así como una victoria”, “últimamente, las feministas quieren paz tanto como equidad”. La relación entre feminismo y guerra nunca ha sido fácil. Mientras el feminismo liberal siempre ha tenido claro que la participación de la mujer en el ejército era una forma más de equidad, otras teorías han intentado buscar fórmulas para encajar la histórica afinidad de los movimientos de mujeres con la paz. Estas teorías postliberales han intentado encontrar la forma de defender la diferencia sin que sirva de argumento para la desigualdad. Una ecuación que nunca ha sido fácil de resolver.

“La guerra puede que no sea un acto innato propiedad de los hombres. Pero estoy de acuerdo con la visión de Virginia Woolf de que incentivarla en una sociedad dominada por la visión masculina no es para nosotras y nunca lo será”, escribe Cosslett, quien añade que “las primeras feministas no querían los mismos derechos en un mundo de hombres, querían un mundo totalmente nuevo. No querían tener que convertirse cada vez más en un hombre – para ser carne de cañón, o para trabajar tan duro como ellos y priorizar el trabajo a expensas de la familia para promover los objetivos de la economía capitalista”.

La admisión de las mujeres en todos los escalones del ejército es sin duda una victoria para la equidad, pero aún así no se puede perder de vista esa otra opinión de quienes consideran que los derechos de la mujer no pueden verse limitados a intentar parecerse al género opuesto.

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Asela Viar redactó este artículo desde Edimburgo.

Foto de portada: British army photographers.

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