Mañana será otro año

-¡Abuelitaaaa!

-Déjela, Raúl, ¿no ve que la pobre está sorda como una tapia?

Que no, que tiene que saber la noticia. No me apetece que ande en la luna mientras aún está en este mundo. Si luego se entera por otro lado, nos va a caer con la bronca de que por qué no se lo dijimos antes y qué menuda vaina de nietos estamos hechos.

-Pero si ya sólo le interesa la telenovela… ¿no la ve lo concentrada que está?

Y, en efecto, allí estaba la abuela María Elena, con sus ojos mansos de párpados caídos, fijos en el televisor, en aquella pantalla pequeña y abombada rescatada de alguna chatarrería y que chisporroteaba sobre la mesa camilla y sus faldas multicolores estampadas con guacamayos. Unas faldas que la abuela había tejido a ganchillo cuando tenía vista afilada y unas manos prontas con la aguja que todavía no conocían la palabra artritis, y cuyos guacamayos llevaban criando polvo en las plumas desde la época de la Revolución.

-Venga. Yo voy a contárselo –resolvió Raúl.

Su hermana suspiró y trotó tras él. Bendita gana de liar las cosas, cuando daba gloria ver a la abuela María Elena de tan apacible como estaba de un tiempo para acá. Aquello era soliviantarla de capricho.

-Abuelita…

Raúl la zarandeó levemente para que le hiciera un mínimo caso. Las cuitas de Luisa Fernanda y Alberto Rodrigo (que le había sido infiel con Alejandra Roberta) eran, qué duda cabe, infinitamente más interesantes que él. Aún así, el acendrado amor de abuela logró que María Elena llevase a cabo un acto de estoicismo y desligara la mirada del televisor. Sus ojos traslucían la resignación de las reses camino del matadero. No llevaba puesta la dentadura, así que la lengua se le pegaba al paladar de continuo. Casi no se le entendía cuando farfulló:

-Dígame, m`hijo.

De pronto, al enfrentarse a su mirada, Raúl se puso nervioso como un actor al que se le olvida el texto por un alevoso envite de miedo escénico. Su hermana, a su espalda, sonrió malignamente para sus adentros. “Ahí se las componga usted, Super Man”. El osado tragó saliva.

-Pues verá, abuelita, resulta que hicimos las paces con los gringos.

La venerable María Elena frunció el ceño, y con su voz pastosa y desdentada arguyó:

-Uy, m’hijo, pues tendrá que ir al médico, no vaya a ser grave.

“GRIN-GOS. LE HA-BLO DE GRIN-GOS”

Aquella no era la reacción que él esperaba. Compuso una sonrisa ecuánime.

-Pero… ¿por qué abuelita? ¿Qué tiene que ver que…?

-Ay, m’hijo, no me sea desidioso y luego nos llevemos todos un disgusto. Pues ¡tendrá que verle un doctor si a usted le dan respingos!

Raúl suspiró. Su hermana, detrás de él, comenzó a partirse calladamente de risa.

-Que no, abuelita, que no… no le dije nada de respingos, sino de gringos, ¿me oye? –y como ella le mirara con desconcierto, se aproximó cuanto pudo a su oreja para silabearle- GRIN-GOS. LE HA-BLO DE GRIN-GOS. QUE RESULTA QUE HICIMOS LAS PACES CON ELLOS.

Tras su alocución de pregonero, la abuela María Elena se lo quedó mirando de hito en hito. Se llevó una mano al pecho. Parecía embargada por el estupor. Haberla calificado de afectada habría sido un eufemismo. Raúl contuvo el aliento. Tal vez no debía habérselo contado. ¿Y qué si a la vieja de pronto le daba un ataque al corazón? Su hermana aprovechó para arrogarse un tanto y condolerse, sin renunciar, eso sí, al placer pecaminoso del triunfalismo:

-¿Ve? La pobre habría sido más feliz ignorándolo…

Raúl, preocupado de veras, se echó al hombro la responsabilidad que le correspondía: la de arreglar el entuerto. Se arrodilló junto a la abuela para que la desvalida mujer se sintiera mínimamente arropada en ese mundo que para ella acababa de ponerse patas arriba.

-Mire, abuelita, yo ya sé que tal vez a usted esto le choque y no le guste. Incluso entiendo que se enfade. Yo sé que el abuelito murió en lo de Bahía de Cochinos y que a usted la dejó muy sola, con dos hijos tan pequeños para criarlos, y que ha tenido que luchar mucho para sacar la casa adelante, y que desde entonces les tiene tremenda ojeriza a los gringos. Yo lo sé. Y lo comprendemos, faltaría más. También sé que usted cree en el socialismo como la que más y que quizás tenga miedo de que la isla se nos venga abajo si empiezan a invadirnos con su capitalismo y demás vainas… Pero oiga, no crea que las cosas van a cambiar tanto. Yo creo que no, ¿eh? Usted no se preocupe. Y no reniegue de Fidel. No se sienta decepcionada con él. Es que verá, él ya está mayor, ¿sabe? Ya se imaginará, que son ustedes de la misma quinta. Y claro, pues el hermano ya se sabe que siempre fue más blando… Pero usted, ante todo, no se nos vaya a preocupar ¿eh?

“Y no reniegue de Fidel, ya se sabe que el hermano siempre fue más blando”

La abuela María Elena permanecía absorta en sus meditaciones. Casi oían chirriar los engranajes de su cabeza, funcionando a mil por hora, como un obrador de polvorones en Navidad. Raúl y la hermana la contemplaban, sinceramente consternados. La noticia había sido una bomba para su anciano corazón. La había fulminado.

Pero, de repente, la abuela María Elena pareció salir de su trance. Alargó su mano huesuda y artrítica hacia la de su nieto, se la aferró con la fuerza de la garra de un aguilucho y, fijando en él sus ojos mansos de párpados caídos, barbotó valiéndose de su voz desdentada:

Entonces, ¿podré viajar a Niu York?

Los nietos se quedaron en silencio. De pronto, en aquella casa sólo se oía a Luisa Fernanda haciéndole feroces reproches al infiel Alberto Rodrigo, y a éste asegurándole muy enfático y muy mohíno que la quería realmente a ella y no a Alejandra Roberta. Hasta que Raúl tragó saliva y puntualizó:

-No sé, abuelita… Aún es pronto para decirlo, pero tal vez… al año que viene…

-Ay, pues ojalá –sentenció la honorable abuela María Elena con ojos soñadores-. Mi ilusión siempre fue pasearme por la Quinta Avenida cargada de diamantes como la Odry Hepbur esa. Va a estar bueno que pueda hacerlo antes de irme para el otro barrio ¡ja! Qué loco, oigan. Quién iba a decirlo.

Los nietos abandonaron la salita completamente mudos. A la abuela María Elena la dejaron canturreando “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”, más alegre que una verbena. Ya en el zaguán, Raúl miró por fin a su patidifusa hermana y dijo:

-Parece ser que, realmente, 2015 será otro año.

***

Foto de portada: Mujer con cigarro en La Habana (Foto: Daniel Febei-Flickr)

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