La Llamada: Un himno agridulce para el 2015

2015 se plantea como un año político apasionante. Comenzará con la oportunidad de un primer cambio político real en el conjunto de protectorados bursátiles con sede en Berlín en el que se ha convertido la Unión Europea con las elecciones griegas del veinticinco de este mes en las que la Coalición de la Izquierda Radical, Syriza, parte como favorita. Después, en mayo y noviembre (o diciembre, o enero, o hasta que el cuerpo y la ley aguanten) y posiblemente antes en Catalunya, llegará el turno español, donde da la sensación de que, en buena medida, el tiempo de la movilización ha dado paso a un periodo de respuesta en forma de delegación (una posición no exenta de riesgos) hacia propuestas políticas que parecen haber encontrado cierta legitimidad entre aquellos que hace tres años y medios tomaban las calles por no sentirse representados por quienes ocupaban las instituciones.

Este que, según los más optimistas, ha de ser el año de nuestras vidas, puede ponerlo todo patas arriba o convertirse en una nueva decepción (quizá la definitiva, en un momento en el que se respira el ‘ahora o nunca’) para los que creen que el cambio es posible después de que los gurús tallaran en piedra que la Historia se había acabado para siempre. La simple posibilidad ya merece alguna sonrisa. Eso ha debido pensar Ismael Serrano al que, una vez más, se le han mezclado lo personal y lo político, que diría una feminista radical.

La Llamada, el último disco del cantautor madrileño, planea entre la esperanza (El día de la ira) y una cierta melancolía (Apenas sé nada de la vida). Un equilibrismo que parece lógico si lo firma alguien que acaba de ser padre (Te vi) cuando supera la barrera de los cuarenta años (Éramos tan jóvenes).

Pero lejos de dejarse llevar por el pesimismo o la tristeza a la que se han abrazado con demasiada fuerza otros cantautores cuando la madurez los atrapaba, Serrano ha realizado en La Llamada un trabajo notable, el mejor en años. En él, algunas gotas de añoranza de la juventud que se aleja no enturbian, sino que dan profundidad y sombras necesarias al sabor entusiasta de quien quiere contarle a su hija recién nacida el mundo como si fuera un cuento. Un cuento comprometido, por supuesto. Como la versión de La cigarra y la hormiga que Javier Bardem contaba en Los lunes al sol.

Serrano ha dotado así a la mayor parte de los temas del disco, especialmente a los más políticos y reivindicativos, de una alegría radiante y de una paleta de colores amplia formada por cuerdas, metales, instrumentos irlandeses, sonidos electrónicos o la voz merengue de la mexicana Natalia Lafourcade en Mi problema (con letra firmada por el padre del cantautor, el periodista Rodolfo Serrano, habitual en los discos de su hijo, al que le ha regalado algunos de sus mayores éxitos, como La extraña pareja). Una variedad instrumental que resulta de una ecléctica mezcla de referentes genéricos. Desde el country (La Casa y el Lobo) hasta, y sobre todo, la música latinoamericana (Rebelión en Hamelin) en buena parte de su inabarcable extensión.

Quizá sea ese sea el paso más largo que Ismael Serrano haya dado con La Llamada. No es casualidad que, como en la política europea, quien está cansado del panorama del viejo continente, haya mirado al otro lado del océano para encontrar respuestas a problemas que aquí nos suenan nuevos pero que allí son tan viejos como el tiempo.

Bachata, candombe, samba, ranchera y hasta un reguetón pasan por los compases de La Llamada. Sí, Ismael Serrano canta por reguetón. Y, para que quede clara la declaración de intenciones, lo hace en el tema que da nombre al disco, en su primer single y, como casi hizo en su primer álbum, Atrapados en azul, lo ha colocado en el último de los trece cortes de La Llamada. Es una apuesta, un órdago más bien. Una reivindicación de lo popular, de una forma musical propia de la clase trabajadora y despreciada por la intelectualidad, en muchos casos progresista. Una propuesta que recuerda a lo que Owen Jones dice sobre los chavs (los canis británicos), a los que se ha convertido en una forma de demonización de la clase obrera, con un desprecio inequívocamente clasista.

Pero La Llamada no es solo eso. Además de una melodía, un ritmo y una letra de los que se quedan grabados en el oído y en la garganta, tiene también una carga de canción grande, épica. Porque La Llamada guarda una voluntad que va más allá de ser la última canción del último disco de Ismael Serrano. Porque  toda revolución, por limitada, indefinida, dudosa, contradictoria e incluso fracasada que pueda llegar a ser, necesita, como de la esperanza férrea de quienes creen en ella, de un himno.

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Una respuesta a “La Llamada: Un himno agridulce para el 2015

  1. Gracias por el artículo Jorge. Me puse el disco después de leerte, y ahora no puedo parar de escucharlo. :)

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