Humor, empatía y libertad de expresión

El terrible asesinato del equipo de la revista satírica francesa Charlie Hebdo por parte de dos yihadistas franceses en París la pasada semana ha provocado multitud de análisis. Desde la urgencia de la repulsa por una matanza terrible, que no admite más que rechazo y condena; a la necesaria advertencia de que tres personas no representan a toda una religión; o a la constatación que más de un grupo político en más de un país va a pretender utilizar este terrible suceso como parte de una estrategia de miedo y reducción de libertades a cambio de una supuesta pretensión de seguridad.

El debate sobre la libertad de expresión y la existencia o no de límites también es legítimo a este respecto. No es tanto un debate sobre si uno se considera a favor o no de la libertad de expresión, como parecieron haber afirmado los líderes políticos que acudieron a la manifestación de París –algunos de ellos dirigentes de países donde se castiga, encarcela o tortura a quien hace uso de su libertad de expresión-. Precisamente en esa manifestación, estos líderes se tomaron una fotografía cuyo encuadre real ha provocado una imagen certera de lo alejados que están de la gente.

Con la intención de hablar sobre la libertad de expresión y sus límites se reunieron ayer varios periodistas y humoristas, invitados por eldiario.es. Y entre los temas entrelazados se deslizó una reflexión sobre el humor y la globalización, en boca del humorista italiano Leo Bassi, con un recorrido bastante amplio que nos gustaría desarrollar aquí.

“Tú empatizas con la realidad que conoces. En un mundo globalizado, esas realidades explotan”, aseguraba el cómico hablando sobre cómo un mundo interconectado cambia las reacciones que desata cualquier muestra humorística provocadora.

Empatía y globalización

La empatía en el humor tiene un papel fundamental. Un chiste tiene gracia porque su creador se ha puesto en el lugar de la audiencia, porque comparte con ella ciertas claves y códigos que pasan por unos personajes, unas referencias y unas formas de expresarse parecidas. El humor se nutre de lo cercano, de lo que se vive y también de lo que se sufre.

Sin embargo, la globalización de los mensajes que llega con Internet ha provocado que prácticamente todo el humor impreso o en soporte electrónico no solo sea local, sino también global. Los chistes que tenían un lenguaje compartido con una comunidad concreta de un país concreto y con unas circunstancias parecidas, ahora son vistos por todo el globo.

Los códigos según los cuales un humorista toma o no la decisión de tratar uno u otro tema son compartidos de alguna forma por los lectores

El humor también se nutre de los chistes en los que se retrata a colectivos concretos, cargados con unas connotaciones que tienen que ver con el lugar desde el que se enuncia la manifestación humorística. Esto determina qué se muestra y que no, a quién se considera que se puede criticar y a quién no es elegante hacerlo.

El mismo Bassi explicaba en el debate de este martes cómo la revista Charlie Hebdo no realizaba chistes acerca de los judíos de la misma forma que sí lo hacía respecto a otras religiones por una asociación de ideas favorable que la izquierda francesa hace con Israel, que el cómico vinculaba con cierto sentimiento de culpa por haber albergado en la Segunda Guerra Mundial al régimen colaboracionista de Vichy, que apoyó el exterminio de los judíos por el régimen nazi.

En este caso, como en otros muchos, los códigos según los cuales un humorista toma o no la decisión de tratar uno u otro tema son compartidos de alguna forma por los lectores -aunque en otros muchos casos no-. Esto, en una situación en el que las sensibilidades y el acceso a las representaciones se torna en global, provoca un choque. Íñigo Sáenz de Ugarte, subdirector de eldiario.es ponía como ejemplo cómo los hermanos Kouachi no pertenecían al islam oficial francés, sino que se alimentaban de una visión más radical que procede de otros países y a la que accedían a través de internet.

Su código, por tanto, no era el de un musulmán francés normal –comunidad que manifestó su dolor por los atentados-, sino que se acercaba a un integrismo que provenía de otras fuentes radicales, algunas de ellas alimentadas por gobiernos de países como el de Arabia Saudí, cuna de la tendencia radical wahabita y al mismo tiempo aliado de muchos gobiernos occidentales.

Humor y códigos

Todos podemos estar de acuerdo con que es difícil que el humor de Albacete funcione en una aldea de Túnez. Eso no resulta problemático para nadie y tampoco supone un cambio con respecto a la situación anterior. La diferencia es que antes no era posible ver humor de Albacete en Túnez, y ahora sí. Antes nadie en Albacete tenía que plantearse un chiste empatizando con el espectador de Túnez porque ese espectador ni siquiera existía.

Ahora el espectador es global, las reacciones son globales. Ahora bien, ¿tiene que ser global la empatía? ¿Tiene que cambiar el humor por esta proyección global y posibilidad de ofensa global? Y cuando hablamos de humor, en realidad hablamos de cualquier expresión. He aquí, de nuevo, la libertad de expresión cruzándose en nuestro camino.

Dos opciones extremas: un humor absolutamente neutro o una barra libre en la que todos pueden ser objeto de sátira.

Ante esta pregunta se plantean dos opciones extremas: un humor absolutamente neutro en el que nadie pueda sentirse ofendido ni vilipendiado, o una barra libre en la cual todas las sensibilidades sean conscientes de que pueden ser objeto de sátira de cualquier forma. Y estén dispuestas a convivir con ello.

Si apostamos por el segundo de los extremos, el más vinculado a la defensa de la libertad de expresión, tendremos también que preguntarnos acerca de sobre qué aspectos no se pueden realizar chistes en nuestras sociedades occidentales. El guionista Facu Díaz, también presente en el debate, ha sido imputado por realizar un ‘sketch’ político sobre el Partido Popular con estética de organización terrorista que ha sido catalogada como “humillación a las víctimas del terrorismo” a través de una denuncia de Dignidad y Justicia.

Evidentemente, este caso poco tiene que ver con el caso de Charlie Hebdo, dado que en este caso se trata de una lógica de Estado de Derecho, en la cual quien se considere ofendido por cualquier manifestación pública tiene legítimo derecho a elevar una denuncia en los tribunales por sentir lesionado su derecho al honor y propia imagen. Pero sí muestra cómo en todas las sociedades hay manifestaciones humorísticas que encuentran límites para unas u otras personas.

Gracias Aristóteles

Por suerte existe ese sabio griego conocido como Aristóteles y el concepto de la virtud en el justo medio. Entre el humor plano y políticamente correcto por imposición o miedo; y la sátira desmedida y no reflexionada sobre cualquier hecho también hay una amplia gama de grados en los que humor, sensibilidad y sátira pueden convivir.

En el debate de este martes, el dibujante de Mongolia Darío Adanti se mostraba a favor de un humor en el que “no tengamos límites” pero también apuntaba una distinción: el humor que ataca al fuerte y el que ataca al débil. “Creo que mi responsabilidad como satírico, mis propias normas, es que si yo apunto a alguien que tiene más poder hago sátira y soy valiente”, explicó. En el mismo sentido, la periodista Olga Rodríguez apuntaba: “Cuando la sátira apunta hacia la gente sin poder es, sobre todo, vulgar”.

Adanti: “Si yo apunto a quien tiene más poder, hago sátira y soy valiente”

Tampoco se puede olvidar que la libertad de expresión expresada con el clásico ‘Estoy en desacuerdo con tus ideas, pero defiendo tu sagrado derecho a expresarlas’ atribuido a Voltaire, se ejerce en un mundo asimétrico, en el que las culturas entran en conflicto y en el que miradas neocolonialistas, de superioridad o hipócritas también están en juego.

Hipocresía máxima la de los líderes con periodistas encarcelados que acudían a ponerse bajo la pancarta del #JeSuisCharlie, como el embajador de Arabia Saudí en Francia, cuyo gobierno tiene encarcelado y condenado a latigazos al bloguero Raif Badawi por poner en marcha un sitio web de debate político; tal y como denuncia Amnistía Internacional.

Lo que nunca es justificable

En un mundo asimétrico en el que existe libertad de expresión podemos ver tanto una portada tan censurable como la que Charlie Hebdo realizó en julio de 2013 tras la matanza de miembros de los Hermanos Musulmanes en Egipto por parte del ejército tras el golpe militar, en un dibujo en el que aseguraban que el Corán (libro santo del Islam) era “una mierda” porque “no paraba las balas” (ver aquí); como la réplica que ha circulado estos días repitiendo aquella portada, pero con los dibujantes del Charlie Hebdo como protagonistas (ver aquí).

Probablemente, para un espectador sensato tanto una imagen como la otra sean repugnantes y recurran a una sátira que tiene más de ofensa cruel que de sátira humorística. Pero, bajo una óptica de libertad de expresión sin matices ni responsabilidad, ¿qué hace más defendible a una que a otra?

Lo que parece meridianamente claro es que ninguna ofensa provocada por una expresión pública puede justificar una matanza, ni en la revista Charlie Hebdo, ni en Egipto, ni la tortura a un bloguero en Arabia Saudí.

Y que el extremismo -que no representa al conjunto del Islam- está provocando dolor tanto en aquellos lugares donde se convocan manifestaciones multitudinarias y muestras de dolor, como en otras zonas donde en estas mismas semanas el grupo Boko Haram ha matado a miles de personas en el noroeste de Nigeria. De momento, las manifestaciones internacionales no llegan a Abuya ni a Lagos. También convendría preguntarse por qué.

***

Foto de portada: Un momento del debate organizado por eldiario.es ‘Libertad de Expresión y el caso de Charlie Hebdo”  (Foto: eldiario.es)

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