Yo dibujo. Tú dibujas. Nosotros dibujamos.

-Mamá, no quiero ir al colegio.

-No empecemos.

-Estoy enfermo.

-A ver…

Le toma la temperatura. Encuentra que la frente infantil está fresca.

-No tienes fiebre.

-Me duele la tripa.

-Pero si has desayunado como una lima: dos tostadas, un cruasán, un batido de chocolate y un zumo.

-Pues entonces será que estoy resfriado.

-Claro… y por eso no te he oído estornudar ni una sola vez. Anda, anda, date prisa, que hoy vas al colegio como que me llamo Rashida.

El pequeño Mohamed compone una mueca angustiada de mártir.

-Que noooo… Que no quiero ir al colegio.

Y su madre se impacienta.

-Pero vamos a ver, ¿qué te ocurre hoy? Si a ti te gusta el colegio… La maestra siempre me lo dice. “No hay niño tan aplicado como Mohamed. Siempre levanta la mano en clase y siempre trae la lección aprendida”. Y no sabes lo orgullosa que me pone escucharle eso. Así que, dime, ¿qué tienes?

Mohamed restriega el pie contra el suelo. Se lo observa remiso. No acaba de decidirse a soltar prenda. Pero el criterio de su madre no se va a contentar con subterfugios. Eso lo sabe. De modo que se arranca.

-Es que me van a mirar mal.

-¿Por qué? ¿Quiénes?

-Los demás niños.

-Pero si son amigos tuyos… Te llevas muy bien con casi todos. El otro día vi cómo François te daba la mitad de su bocadillo. Y, no es por nada, rompecorazones, pero a Géraldine deberías hacerle más caso. A esa niña le gustas. Acuérdate de tu madre, que sabe de lo que habla…

-Que no. Que hoy ya no les voy a caer tan bien.

-Pero ¿por qué no, alma cándida? ¿Qué les has hecho?

-Yo nada. Pero los hombres malos…

-¿Qué hombres malos?

Y Rashida cae de pronto en la cuenta, antes de que a Mohamed le dé tiempo a remedar con sus deditos una pistola y disparar en silencio, con una tristeza infinita que le pone mates sus ojos de carbón.

-Ya entiendo… –musita la madre.

Cuando suena la campana que marca el comienzo de las clases, Rashida penetra en el aula con Mohamed cogido fuertemente de una mano y una bolsa de plástico en la otra. Han llegado puntuales, aunque han tenido que correr un poco más que de costumbre. Por eso Rashida jadea un poco. Al menos, Mohamed parece un poco más animado. Desde luego camina con más brío, aunque un observador avezado detectaría que todavía arrastra el renqueo de una duda. La maestra los mira con una ligera sorpresa.

-Buenos días, Rashida… Bienvenida. ¿Cómo tú aquí? ¿Le sucede algo a Mohamed?

Los niños de ocho años que campan por la clase, algunos ya aposentados en sus pupitres, otros más rezagados desembarazándose aún de sus bultos, intercambian algún cuchicheo de suspicacia. ¿Por qué Mohamed viene hoy al colegio con su madre? Y entonces ella, tras consultarlo en un susurro con la profesora, se lo aclara desde la tarima.

-Buenos días, niños. Me alegro de veros. Estáis todos muy guapos. Yo ahora mismo me voy. Ya sé que no pinto nada aquí. Pero antes de irme, quería dejaros un regalito en nombre de mi hijo. Para que vosotros sí pintéis. Todos vosotros. Espero que os gusten.

Y, sin más, vuelca la bolsa de plástico. Sobre la mesa comienza a caer un torrente interminable de pinturas y lapiceros.

***

Foto de portada: Crayones (Foto: José Mesa-Flickr)

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