Escartín

Mario Becedas | Falso 9

Como quiera que fuera la cosa, uno llegó al ciclismo en septiembre del 2000. Se disputaba la Vuelta a España y el rodillo de Roberto Heras se llevaba de calle la carrera bajo las rayas del Kelme-Costa Blanca, el equipo de todos los que bebíamos ciclismo por la tele. En esa edición, la escuadra de Vicente Belda arrasó en casi todo justo antes de lo que iba a ser un éxodo masivo.

Además del Heras campeón, por ahí aparecían un niñísimo Óscar Sevilla, un carismático Chechu Rubiera o un corpulento Félix Cárdenas. Pero en el empeño de buscar siempre la figura trágica en la épica de cualquier deporte, al final de las rampas y entre la niebla, siempre tenía que aparecer una afilada figura detrás de un afilado cabeceo: era el pedaleo sufriente de un Fernando Escartín que el 24 de enero cumple 47 puertos en la montaña de la vida.

Natural de Biescas (Pirineo tan aragonés como salvaje) y escalador de ADN, Escartín fue un elogio al trabajo, un corredor de granito y una sílfide de fibra y carbono. Su mayor valor, la regularidad; su reivindicación, el esfuerzo; su método, la riñonada. Y como todos los héroes, tuvo también su criptonita, la contrarreloj. Un ciclista de otra época que llegaba al 2000 con vértigo de adiós.

Eterno jefe de filas de las avispas o abejas del Kelme, Escartín sabía que había perdido su sitio, y tuvo que buscarse las castañas fuera de la que había sido su casa desde que recaló del Mapei preso de ambición. Conocido el referente, uno fue hilando acontecimientos hasta tejer la madeja del pasado. El bidón cosechado en la Vuelta a Aragón del 98 era suyo, y volvió a darse ese comienzo de las cosas que nunca llegamos a imaginar.

La afición al ciclismo fue una progresión al igual que fue un flash-back. Y el exilio de Escartín en un más que cutre Team Coast al que no llevaron al Tour de 2001 se contrapuso a su rocosa victoria en solitario —como las mejores— en Piau Engaly, la etapa reina de la ronda gala del 99. Un hito el de la etapa que no pudo cosechar en la Vuelta a España, carrera que corrió nueve veces y abandonó dos, las otras siete acabó entre los diez primeros, siendo segundo en 1997 y 1998 ¿Se va comprendiendo el mito?

Muchos pensamos que su caída fue política, que se retiró a un corredor que no queríamos ver bajarse la bici. Tímido hasta el extremo, Escartín pudo ganar la Vuelta del 99, pero se cayó bajando el Cordal, una asturiana lengua de asfalto mojado. También pudo haber tenido el Tour de ese mismo año una vez que se borró a Armstrong de la vida y Zülle venía de haber sido manecilla del Festina, pero la UCI, tan maja por España, decidió dejar desierto el cambio de siglo.

Harto de desplantes, Escartín corrió con rabia —que yo le recuerde— la Volta de 2001 y la Vuelta de 2001, en la que se despidió con el puesto de su debut, décimo. Fuera del Tour de nuevo en 2002, quiso marcharse con la serpiente de la Vuelta por montera, pero el cuerpo falló ante el frío y el ciclismo se perdió a ese hombrecillo tan colosal. Un ciclista para el recuerdo, un aragonés para la historia, un deportista para el ejemplo y un mito, aunque él no lo sepa, para toda la vida.

***

Foto de portada: Fernando Escartín (Foto: Aragoneses ilustres)

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Una respuesta a “Escartín

  1. Articulazo. A propósito de él se me ha venido a la cabeza Óscar Sevilla, que tiene otra historia interesantísima como niño prodigio del ciclismo patrio, caído por el dopaje, y rehabilitado en el ciclismo colombiano. Ahora creo que tiene hasta la nacionalidad colombiana.

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