Madera cortada no crece

-No te entiendo, Doménikos. Tú siempre fuiste un hombre comprometido.

Su antiguo compañero del Departamento lo miraba desde el butacón, acuciándole con sus ojos grises. Tantos años viendo esos ojos al filo de la mañana, asomando curiosos por la puerta entornada de su despacho, precedidos por el aroma del humo de pipa, y ahora le parecían los de un extraño. Estaba viejo. El tiempo no había pasado en balde. Seguramente para ninguno de los dos.

A él las amarguras de los últimos años le habían acartonado los rasgos hasta volvérselos de pergamino. Su colega trataba de parecer el dandy impecable que siempre fue, pero si uno se fijaba con atención, descubría que las mangas de su traje de mezclilla estaban raídas, como si las hubieran remordido unas termitas muy cautas y decorosas, no por ello menos implacables. Las manos de su compañero temblaban un poco y las había entrelazado. No sostenían nada porque Doménikos no le había servido ningún refrigerio. Sólo podría haberle ofrecido un vaso de agua y por eso no había pronunciado ofrecimiento alguno. Mejor que ambos se ahorraran aquel papelón.

-¿Qué quieres que te diga?

-No sé. Si me lo hubieran contado de cualquier otro… ¿pero tú? En la Facultad siempre supiste luchar las cosas. La armabas cuando había que armarla. Por eso estaba convencido de que…

-¿De qué?

El pobre Yorgos se encoge de hombros.

-No sé. De qué te conocía.

Doménikos suspira, y vuelve la cara hacia la ventana, que se la talla en contraluz.

-La gente cambia, Yorgos.

-Ya, pero tú… El país no puede prescindir de hombres como tú. De las mentes de hombres como tú, mejor dicho.

-¿Pero de qué mentes hablas?

-De las preclaras, cabezón.

-Anda, no me tomes el pelo. Y no seas capullo. Dame una tregua.

-¡Hablo en serio, Doménikos! Eres un sabio, un erudito. Nadie está más autorizado que tú para saber lo que conviene a Grecia como nación. Llevas toda tu vida estudiando nuestra historia, nuestra filosofía… ¡hiciste tu tesis doctoral sobre “La República”, no me jodas! Y ahora resulta que la máxima eminencia en política platónica de la Universidad de Atenas no se siente capaz de ir a votar… Comprenderás que me parezca una ironía.

-Siempre fui un gran admirador de Sócrates.

-Vete a tomar por culo.

Doménikos le observa con estoicismo, mientras Yorgos intenta aplacarse el espumarajo de rabia llenando la cazoleta de la pipa con su tabaco aromático y chupándola con fruición, con un frunce de labios tan obstinado que es todo un acto de resistencia. Fuma y fuma en silencio, sorbiendo ruidosamente porque sabe que a Doménikos le exaspera.

Pero su anfitrión no le hace reproches esta vez. Sólo extravía la vista en las evoluciones sinuosas del humo. Ese humo que huele a tierra, a plantas, a raíces, a madera fresca. Como olía la del olivo cuando crepitaba en la chimenea, consumiéndose poco a poco, inexorablemente, con un chisporroteo feroz al principio que luego languideció hasta declinar en la mansedumbre crepuscular de las ascuas. Hasta que el olivo no fue nada. Hasta que sus 2.400 años se diluyeron en ceniza.

Lo había traído el hijo del carnicero a las tres de la madrugada. Los habían despertado cuando más presos se hallaban de Morfeo. Su mujer se incorporó en la cama llevándose una mano al corazón. Él la imitó. Se observaron en la semioscuridad de la habitación, con los ojos aterrorizados. Los gritos y los cánticos que resonaban por la escalera del inmueble eran propios de una cohorte de bacantes en pleno guateque. La orgía de ruidos se aproximaba cada vez más. Y, de pronto, aporrearon su puerta. Él, Doménikos, hizo ademán de levantarse. La mano de su mujer le retuvo con un ruego.

-No vayas.

Él dudó. Pero entonces reconoció la voz del hijo de carnicero, que le llamaba.

-¡Eh, señor Doménikos! ¡Ábranos, que le traemos algo!

Sonaba jovial. Así que él fue a la puerta. Al otro lado, se encontró con la cara del hijo del carnicero. Rubicunda, radiante, reidora. Con unas mandíbulas que se abrían y se cerraban como valvas, con la saliva contorneándole la comisura de los labios. Exudaba un leve perfume a alcohol. Estaba algo bebido. Sus compadres se arremolinaban detrás de él como un coro, componiendo muecas, palmeándose los hombros, conteniendo apenas las risotadas. Sostenían algo entre todos.

-¡Señor Doménikos! ¡Disculpe las horas! ¡Es que tenemos un regalo para usted! –explicó el hijo del carnicero, al tiempo que instaba a sus secuaces a que mostrasen aquello que se traían entre las manos. Éstos obedecieron ufanos, con un resabio de timidez casi infantil.

El profesor, aún con los ojos soñolientos, se asomó con el mínimo de curiosidad requerido por la cortesía y se encontró ante un enorme pedazo de madera. Los interrogó con la mirada.

-¡Para que se caliente! –aclaró el hijo del carnicero- Como me dijo que usted y su mujer estaban pasando frío… Hay muchos que están en las mismas. Que no pueden pagarse la calefacción. Así que no se avergüence. ¡Mis amigos y yo hemos talado un árbol esta noche y estamos repartiendo la madera entre los vecinos para que la echen al fuego!

Doménikos se adelantó. Tomó entre los brazos aquel trozo de tronco. Pesado, áspero, sarmentoso. Y el tacto se le espantó.

-¿De dónde lo habéis sacado?

Es el olivo aquel gigante que había junto a la tapia. Ése tan viejo. ¿Sabe cuál le digo?

Y los jóvenes que aguardaban en el rellano de la fría escalera, tan orgullosos de sí mismos, se quedaron atónitos cuando vieron a aquel viejo profesor en pijama deshacerse en lágrimas mientras agarraba el tarugo de madera ligeramente astillada con sus dedos crispados.

Habéis cortado el olivo de Platón… ¡infelices! –y sollozó-. Bajo este árbol, Platón enseñaba a sus discípulos a…

-Oiga, no me venga con monsergas –le atajó el hijo del carnicero, estupefacto, brusco para protegerse de aquel primer asalto de una culpabilidad inesperada-. Nosotros únicamente queríamos hacerle un favor. Sólo es un tronco. Y su mujer se va a poner enferma como sigan sin nada con lo que calentarse. Así que es mejor que se lo quede. No hace falta que nos lo agradezca. De todos modos, era para usted.

Y se retiraron como un enjambre de faunos y sátiros, riendo otra vez, cantando más alto, sin que el episodio hubiese enturbiado su alegría invicta de héroes del pueblo. Y dejaron a Doménikos inmóvil en el recibidor de su casa, con la puerta abierta, por donde se colaba el aire frío de la escalera, que le hacía tiritar en su pijama, aferrado al olivo milenario, que ya sólo era leña. Y ese destino le dio, entregándolo a las fauces de su chimenea. Porque la lógica de la tragedia griega pide que el hombre elegido por los dioses para protagonizarla, aunque sea contra su voluntad (que nada vale), tiene que acatar hasta el final la panoplia de la fatalidad.

Pero explicarle todo esto a Yorgos sería muy complicado. Y también que para él no tenía sentido votar, porque lo irreparable ya estaba hecho. Por mucho que estudió detenidamente todos los programas electorales, en ninguno pudo encontrar la promesa de que la savia retornaría alguna vez al árbol de Platón.

***

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