Kepa Junkera: Velando por el camino

“Yo, como quien dice, estoy empezando y tengo que aprender mucho, porque la música es muy compleja y es un mundo muy amplio. Pensar que eres capaz de hacer cualquier cosa sería muy pretencioso por mi parte”. En frío, esa declaración en boca de un músico con treinta y cinco años de carrera a sus espaldas parece un ejercicio de falsa modestia. No lo es.

Kepa Junkera (Bilbao, 1965), referencia de la música vasca en el siglo XXI, nos habla de los que para él son sus primeros pasos después de una hora de conversación relajada y divertida, en la que la pasión que siente por la música, por su instrumento y por la tradición que lo contempla obligan a una humildad sincera.

Su último trabajo, Trikititxaren historia txiki bat (Una pequeña historia de la trikititxa) es un agradecimiento. Una ofrenda a quienes pisaron la tierra por primera vez, convirtiéndola en senda y, a la vez, unos pasos más adelante, llevando de la mano a quienes deberán seguir abriendo el camino. Junkera se presenta con este disco-libro como un eslabón entre un pasado al que admira y un futuro por el que vela.

El trikitilari de Rekalde siempre ha tenido un punto irónico, pues su carrera se ha basado en llevar la música tradicional a la modernidad. Asentarse en las raíces de la cultura vasca para crear algo no solo nuevo, sino también innovador. Ahora, ha decidido volver a los orígenes, aunque sin renunciar a lo aprendido. “Este trabajo es algo diferente. La música está bastante desnuda, no hay instrumentos estándar. Está hecho un poco a propósito, buscando el origen de la trikititxa. En la trikititxa tradicional hay tres elementos: el acordeón, la pandereta y la voz. Lo que pasa es que aquí está un poco ampliado, con más panderetas, con más voces y arreglos adecuados a ello”.

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Kepa Junkera escucha una pregunta durante la entrevista. (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Esas voces y esas panderetas corren a cargo de quienes él mismo ha llamado a ser la próxima generación de la música tradicional vasca: las siete jóvenes Sorginak (brujas, en euskera). “Ellas se conocían, pero no eran un grupo establecido. Tres son de Mondragón, otra de Zarautz, otra de Deba, de Zizurkil y de Andoain. Lo que busqué fue la frescura, la ilusión de la gente joven que está empezando y abrirles un poco mi experiencia, mis circuitos, la posibilidad de hacer un disco o una colaboración y que este proyecto siga creciendo, que puedan hacer arreglos con las panderetas, que aprendan a tocar otros instrumentos de este mundo, como los panderos cuadrados, que puedan bailar y cantar. Estamos en ello. Podría haber buscado pandereteros clásicos y, de hecho, aparecen en algún tema, pero no buscaba eso, buscaba otra cosa. Esa ilusión. Quería hacer una labor de enseñanza y transmisión”.

Bacalao y sushi

En definitiva, asegurarse de que la tradición no muera en un siglo XXI hiperglobalizado, en el que la última tendencia en Londres o Nueva York parece capaz de borrar herencias de siglos. En esa batalla, Junkera, que ha compartido escenario con Pat Metheny o la Orquesta Sinfónica de Euskadi, tiene clara su trinchera: “En la península se siguen descuidando sonidos, instrumentos, instrumentistas, cantantes, coplas, melodías, ritmos… Harían falta generaciones y generaciones solo para poder tocar todo lo que ya hay o para poder crear sobre lo que ya hay”.

Él, aunque no los ve como dos mundos incompatibles, reconoce que “ha habido otros instrumentos que han sabido situarse, que para los jóvenes han sido más interesantes. Para ellos ha sido más fácil acercarse a una batería o a una guitarra eléctrica que a un pandero de Peñaparda, a una pandereta gallega, a una dulzaina o a un timple canario. Yo, si fuera canario, sinceramente, aprendería a tocar el timple antes que la guitarra eléctrica. La guitarra eléctrica me encanta, pero sé que hay otras culturas que nos llevan un terreno ganado ahí.  Si soy vasco, puedo cocinar sushi, pero antes tendré que aprender a cocinar un bacalao al pilpil y unos chipirones. En la música ocurre lo mismo. Hemos descuidado la pandereta que teníamos de nuestros abuelos, de nuestros padres o una alboka o una txalaparta y nos hemos fijado más en lo que nos venía de fuera. Y cuidado, que aquí también hay grandes músicos, pero yo defiendo más la creatividad a través de lo que tú tienes más cerca y, una vez que has trabajado bastante a fondo, te puedes meter con otras cosas”.

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Jorge Moreno y Kepa Junkera charlan en la sede de Fol/Boa Música (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Porque, para el músico bizkaino es irrenunciable “lo que a cada persona nos toca vivir al nacer en un sitio. La música y las tradiciones están muy aferradas a ese sitio y creo que ahí tienes una personalidad que no tiene otro que está en otro lugar del mundo. Si te basas mucho en esa esencia de tu alrededor, puedes enganchar más fácilmente y transmitir cosas que a otros pueden resultarles más originales, que si intentas hacer algo de otra cultura que te es ajena. Por ejemplo, Martin O’Connor, que es un músico irlandés buenísimo y muy amigo mío, aprendió un fandango, pero no lo tocaba como nosotros. Lo puede tocar mejor, dar más notas, hacer otros arreglos, pero el aire no es el mismo. Como yo no puedo tocar una canción irlandesa como lo hace él, porque yo no tengo esas imágenes. La puedo tocar, como puedo tocar un tema de Quebec, puedo intentar acercarme, pero no soy de esa cultura. Si ellos tocan un fandango, no han podido ver cómo bailaba mi madre o a mi abuelo tocar la pandereta. Esos acentos es lo que tenemos cada uno”.

Aurrez aurre, frente a frente

En su Pequeña historia de la trikititxa, Junkera muestra cuáles han sido para él esas referencias. Las imágenes y los sonidos que lo han acompañado para convertirlo en el músico que es: “Los que me han ido siguiendo, en mis trabajos han ido conociendo instrumentos como la trikititxa, la txalaparta, la pandereta o la alboka, pero sentía que me faltaba bucear un poco más adentro. Le dije a Joxean Agirre que buscaba contar una pequeña historia en este libro-disco, porque aquí puedes alargarte mucho más. Así, el aficionado puede conocer la historia de estos personajes y cómo se sitúa este sonido en el País Vasco”. Un sonido, el de la trikititxa, el acordeón diatónico característico de la música vasca, que es a la vez instrumento, pero que no lleva ni doscientos años asentado en ese folklore:

“Muchas veces, la gente hace suyos sonidos, ritmos o instrumentos que a lo mejor los intentas introducir tú y no lo consigues. Cuando sucede algo así, de forma natural, y en dos provincias como fue en Bizkaia y en Gipuzkoa, es algo mágico. […] En un mismo instrumento, tienes una pequeña orquesta manejable para las romerías y esas fiestas en la calle. El txistu, a lo mejor, tenía un sonido más uniforme, no tienes el acompañamiento, y la alboka está más limitada por notas, por melodías. Cuando apareció el acordeón, con el que además puedes tocar temas muy alegres o muy melancólicos, se adaptó muy bien a lo que en ese momento buscaban los aficionados a la música popular. A partir de ahí, arraigó de forma muy fuerte. Cuando me interesé por ello, ya estaba tocando toda esta gente a la que yo admiro, pero ha sido en muy poco tiempo, esa generación y dos anteriores. Nosotros seríamos la cuarta o quinta generación, no son dinastías chinas que se pierden en el tiempo”.

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Kepa Junkera, durante la entrevista. (Foto: Miguel Ángel Moreno)

“Quien era músico, en aquella época, era muy importante, porque no había un bar, como ahora, en el que se escuchase música o la opción de escuchar una grabación. La música tenía que producir una sensación de la que yo creo que nosotros no somos conscientes. En esa época, imagínate a quien tocaba algo en una romería en un monte, debía ser una pasada”. Junkera habla de esas generaciones entre risas y nostalgia, de la “rústica” escuela bizkaina y sus personajes y de la investigación técnica de los gipuzkoanos, cuenta las anécdotas de a quienes la iglesia vio como enemigos por tocar el infernuko hauspoa, el fuelle del infierno, y de los métodos de transmisión del instrumento entre maestros y aprendices: “Muchos aprendían aurrez aurre, que es frente a frente. Luego, cada uno iba añadiendo sus cosas y esa improvisación daba lugar a formas de tocar muy personales. Ahora, con las escuelas, tienes una canción y todos la tocan de forma parecida. Se ha ganado que toca más gente, pero se ha perdido la personalidad. Ahora tocan mejor, entre comillas, pero se ha perdido la gracia que tenían estos personajes, que eran bastante auténticos”.

Buscando contrastes

Kepa Junkera es un buen conversador y la charla pasa por músicas y músicos de raíz cercanos -desde La Musgaña a Olga Cerpa- y lejanos -como las escuelas del acordeón de Quebec o Colombia-, por Michel Camilo y Maurizia -una panderetera que “no era una superpercusionista, pero tenía una fuerza que a mí me emocionaba”-, por las puertas que abrió la etiqueta de la World Music, por la gestión de las críticas, por Bilbao, por la extraña relación entre cultura y deporte, por la última final del Cuatro y Medio de pelota mano entre Irujo y Olaizola, por San Mamés y por el Athletic. El músico, que enseña orgulloso una fotografía en la que Iribar y Julen Guerrero los flanquean a su trikititxa y a él, mira la deriva por la que avanza el fútbol contemporáneo con una ceja arqueada.

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Kepa Junkera fotografía a Jorge Moreno con su copia de Trikititxaren historia txiki bat, en parte deborado por su perro, Txopo, en homenaje a Iribar. (Foto: Miguel Ángel Moreno)

Quizá fuera viendo con preocupación esa transformación cuando él se decidió a poner su energía en marcar la dirección del camino que otros empezaron y él ha llevado más lejos de lo que muchos podrían imaginar, ayudando a quienes deben seguirlo a no perderse por él. Nos despedimos hablando de un futuro, el suyo, que con tres décadas y media en las botas, no ve “como un salto mortal” aunque sí con ilusión por seguir buscando contrastes: “Lo que vendrá, no lo sé. Intentaré disfrutarlo. Eso lo tengo claro”.

***

Lee la entrevista completa a Kepa Junkera

Foto de portada: Kepa Junkera en Fol Música, Madrid (Miguel Ángel Moreno)

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