Oasis, una historia de amor

Oasis. Si hay grupo que me obsesionó desde mi más temprana adolescencia hasta mis veintipocos es Oasis. Noel Gallagher, el genio silencioso y tranquilo de mano firme. Liam Gallagher, el hooligan rebelde y furioso, rebosante de energía. Como ellos, yo también soñaba con trascender los límites de mi aburrida, decadente y empobrecida ciudad de provincias para encontrar un éxito fulminante como estrella del rock. “In my mind my dreams are real”, cantaban en Rock’n’Roll Star, y lo cierto es que, durante muchos años, en mi mente, sus canciones consiguieron que mi barrio pareciera Manchester. A esa etapa de mi vida, oh Dioses del Rock, va dedicada esta humilde playlist.

Junto con Led Zeppelin III (1970) y un recopilatorio de Bryan Adams (tenía doce años, ¿vale?), (What´s the Story) Morning Glory (1995) fue uno de los primeros discos que recuerdo haber comprado en el destartalado Eroski de las afueras de mi ciudad. Por aquel entonces, era muy complicado obtener información sobre la música que iba descubriendo, poco a poco. No había Internet ni Wikipedia, y salía adelante con lo que tenía a mano, a base de investigar en lugares sorprendentes. Gracias a una revista Rolling Stone inglesa que encontré  en la biblioteca pública de mi ciudad (algo a todas luces milagroso), me enteré de que Morning Glory era su segundo disco, de que eran de Manchester y de que su gran rival era Blur, pero no pude conseguir su primer largo, Definitely Maybe (1994), sino que me hice con The Masterplan (1998), colección de caras B de los singles de la primera etapa de su carrera.

El inicio de una obsesión

La conexión fue instantánea. Pasaba horas delante de la mini-cadena tumbado en la alfombra, escuchando una y otra vez Talk Tonight, Roll with It, Cast no Shadow o Going Nowhere. Una manera de vivir la música que forzosamente te obligaba a poner toda tu atención en cada tema, de una forma que hoy en día casi se ha perdido. En aquellos tiempos, escuchar música era mi pasatiempo; hoy en día, casi siempre lo hago como acompañamiento de alguna otra actividad. Y empleaba horas y horas en ello. Para un chaval de doce años de una ciudad castellana fría y desangelada, aquel sonido guitarrero, tan británico, y su disparatada confianza en que iban a trascender y a ser más grandes que los Beatles (más grandes que cualquiera, diría, porque por aquel entonces casi no conocía a Lennon y compañía) convertían a Oasis en poco menos que dioses.

La escasez de información contribuía a incrementar el aura mítica de esos dos discos. Aparte de mis ocasionales visitas a la biblioteca a consultar revistas musicales, los libretos de cada álbum eran la única fuente que me aportaba datos sobre los hermanos Gallagher. Me aprendí cada letra de memoria e intenté traducirlas de forma casera y un tanto precaria en un cuaderno que tenía a tal efecto y que era como oro en paño para mí. Ocasionalmente, me ayudaba mi profesora del inglés del colegio, a la que recuerdo con precisión fotográfica explicándome el significado de Some might say, gratamente sorprendida del súbito interés de uno de sus alumnos. Las fotos de esos breves libretos alimentaban mi imaginación con mil y una historias, hasta el punto de que me dejé el pelo como Noel y empecé a tocar la guitarra para parecerme a ellos: eran lo más grande e interesante que nunca había conocido.

Un par de años más tarde, un viaje de verano a Irlanda me permitió ampliar dramáticamente mis conocimientos sobre el grupo. Standing on the Shoulders of Giants (2000) había aparecido aquel año y me había entusiasmado (a pesar de que hoy en día la crítica lo suele considerar su peor disco), aunque aquello ya era otra cosa. En Irlanda me hice con Be here now (1997), el tercer disco del grupo, tan excesivo y pasado de rosca que nunca me convenció del todo, y conseguí que la familia que me acogía me grabara en VHS uno de los conciertos que el grupo dio en el mítico estadio de Wembley ese verano y que terminaría siendo publicado como Familiar to Millions (2000). Todavía guardo la cinta, que durante una época de mi vida, durante el instituto, me ponía todas las noches un rato antes de irme a dormir.

¿Qué hacía de Oasis un grupo tan especial? Indudablemente, su arrogancia y confianza ciega en sí mismos, sus orígenes de barrio, su revisión moderna de un legado musical glorioso (el británico, con los Beatles a la cabeza) y su fanfarronería y constantes enfrentamientos públicos -el componente familiar, todo muy rock and roll- eran sin duda la mezcla perfecta para ganarse la admiración de los adolescentes de medio mundo. En mi caso, Oasis era la prueba de que, más allá de los límites de mi mundo conocido (un mundo en el que casi nunca pasaba nada), había gente que rompía con los límites que la clase y la procedencia parecían imponer. Era fácil ver en la historia de éxito de esos cinco tíos de clase obrera que dejaban atrás una existencia mediocre en un entorno decadente para convertirse en estrellas un anhelo que hacer propio.

El regreso a Oasis

Como todo fan de Oasis sabe (admitirlo es algo más difícil), desde Morning Glory la banda inició una decadencia progresiva que terminaría produciendo discos tan faltos de inspiración como Heathen Chemistry (2002) o Don’t believe the truth (2004). La universidad me amplió las miras y, poco a poco, nuevos intereses musicales desplazaron a Oasis de mi centro de gravedad. En una improbable, creía yo, traslación de la guerra británica de bandas del Britpop a nuestro país, nuevos conocidos, gente joven y moderna de la capital con intereses culturales y una educación artística con la que yo ni siquiera hubiera podido soñar en mi ciudad de origen, miraban con condescendencia a los suburbiales hermanos Gallagher, mientras que Blur, sus intelectuales y eclécticos rivales, eran saludados con gran afecto.

Sin embargo, en mi caso, mi relación con Oasis guardaría aún un último giro, casi de melancólica despedida, en forma de re-descubrimiento de su primer y glorioso álbum, Definitely Maybe (1994), que por razones del destino nunca cayó en mis manos hasta que tuve diecinueve años. Si bien nunca pude escuchar de nuevo la magia de Morning Glory o The Masterplan (y a fe que lo intenté) en los discos que los precedieron, Definitely Maybe era algo aún más especial y auténtico, por ser el primero: el puñado de canciones que lo empezó todo y que enseñan de forma más transparente sus influencias y su punto de partida. A pesar de ese sorprendente y último reencuentro, Oasis ya nunca fue lo mismo para mí. Su progresiva decadencia, los derroteros por los que me llevaba la vida y la sensación de que había muchas otras cosas que escuchar hicieron que terminara olvidándome de ellos por completo.

Pero, contrariamente a lo que se suele decir, uno siempre vuelve a los lugares en los que ha sido feliz. Y así, ahora me pregunto qué saldo arrojan tantas horas de temprana devoción hacia un grupo musical del que terminé separándome sin dolor y casi sin darme cuenta. Quedan desde luego, dos grandes discos Definitely Maybe y The Masterplan, que me acompañaron durante gran parte de mi vida, y uno, sobre todo, Morning Glory, que a día de hoy me sigue pareciendo tan cojonudo, tan lleno de vida y tan inspirador como el primer día. Al igual que aquel que visita rincones que una vez recorrió con un gran amor, ya extinto, a veces saco tiempo para escuchar esos discos y pienso en muchas cosas que, la verdad, ahora no vienen a cuento. Baste decir que me siguen recordando que aún no está todo dicho; que un día, cinco tipos que podrían haber sido de mi barrio se convirtieron en el mayor grupo de la historia y yo pude sentir su éxito como mío. Y que, gracias a sus canciones, sigo asomándome a la persona que una vez fui y que, por suerte o por desgracia, nunca llegó a ser fan de Blur.

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