Puro Vicio: un exceso con balas de fogueo

Hace un par de años emprendí la lectura de Vicio propio, que es como se tradujo en España el título de la novela Inherent Vice de Thomas Pynchon; y descubrí, allá por la página trescientos, que no me estaba enterando de nada.

¿Incapacidad lectora? ¿Una trama demasiado compleja? ¿Exceso de nombres y de referencias? Puede que acaso un poco de las tres cosas -aunque del señor Pynchon ya me había leído tres novelas; y no precisamente fáciles de digerir-, pero más allá de las complicaciones objetivas, o de mi talento como lector, subyacía la incómoda impresión de que el libro ocultaba alguna gracia implícita que a mí se me escapaba.

Eso, o que sencillamente Pynchon se reía de mí. Porque esta vez no bastaban las marcas de fábrica con las cuales siempre se engalana: el humor absurdo, los personajes estrafalarios, la prosa pródiga en adjetivaciones, las constantes referencias pop y las situaciones pintorescas.

Pues bien, cuando supe que el señor Anderson iba a adaptar dicha novela pensé para mis adentros: “A ver si ahora le pillo la gracia al asunto”. Para mi desdicha, la impresión que me deja la película es idéntica a la que me dejó el libro (aunque la película sí la acabé): o excede mi capacidad mental, o también le toma el pelo al espectador.

He tratado de subsanar mis taras mediante la búsqueda de explicaciones razonables en Internet, pero me topo con lo mismo que encontré cuando, loco de mí, quise descubrir qué veían los sibaritas en El espejo, la trepidante screwball de Tarkovski: y resultó que cada analista veía en la película una cosa diferente. Y abstracta, muy abstracta; y en consecuencia, inapelable.

De modo que no sé si Inherent Vice trata de Estados Unidos, de los hippies, de las drogas, de las asociaciones secretas, del amor desesperado; o ni siquiera si puede considerarse una comedia o una muestra de cine negro postmoderno. Puede discutirse hasta qué punto está o no bien elaborada. Pero de lo que sí estoy seguro es de una cosa: es una película fallida. Y, cosa extraña, no posee ningún largo plano secuencia, de ésos que tanto le gustan al señor Anderson.

Ignoro cómo aguantará las revisiones, pero hay algo en ella profundamente fatal, una desgana narrativa que apaga el interés del público a lo largo de sus dos horas y media de duración; la trama es demasiado compleja –muchos datos, muchos misterios, mucho movimiento– y a la vez demasiado simple, pues los hechos que en ella se suceden no se suman al conjunto como una pieza más del contenido total, sino como meros agregados casuales que podrían haberse seguido sumando sin fin. Parte de ello estaba ya en la novela de Pynchon, pero lo que en el libro se sostenía gracias al ingenio de Pynchon, en la película aparece como falto de vida.

Tampoco funciona como sórdida visión de la América de los setenta, porque la gran baza del film, el humor absurdo, aleja a ésta demasiado de la realidad. De manera que lo que se gana en entretenimiento se pierde en capacidad de satirizar con más rigor o de forma más incisiva. Y es una lástima, porque hay situaciones que, extraídas del metraje, resultarían sin duda antológicas, y que integradas en el continuum de la película le obligan al espectador a preguntarse “¿qué sentido tiene todo esto?” sin que parezca llegarse nunca una respuesta satisfactoria. Ello no excluye que quien esto escribe no se haya hartado a reír en algunas ocasiones.

Vicio-propio-2

Inherent Vice puede considerarse, por lo tanto, una gran farsa, o una ópera bufa que nunca se toma en serio a sí misma pero que se desarrolla como si de algún modo sí quisiera hacerlo. En esa indefinición general naufraga la película. Porque apunta bajo para apuntar alto y se acaba disparando al pie.

No le han hecho mucho caso en los Oscars®, a la pobre, y ha tenido que contentarse con dos nominaciones: a mejor vestuario y a mejor guión adaptado. El vestuario y la ambientación de la época son muy buenos; y el guión adapta el libro con tanta precisión que consigue apropiarse hasta de sus confusiones.

No obstante, y por incoherente que crean el consejo, no dejen de verla si les surge la ocasión, porque todo cuanto sale de las manos de Paul Thomas Anderson merece sin duda verse, y el buen hombre tiene al menos la suficiente integridad como para rodar siempre la película que le sale de las narices.

Esperemos que la próxima se asemeje más a una obra maestra como The Master, entre otras.

***

Especial Premios Óscar 2015

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