La culpa es sólo tuya

Alemania, los franceses, Syriza y Mariano Rajoy

El estado griego le debe dinero a ciertas entidades conocidas como “la Troika”: el BCE, el FMI y la Comisión Europea. El estado alemán, interesado en que la Troika cobre sus deudas, le dice al estado griego que debería pagar sin dilación ni exenciones. Pues bien: lo que supone una información aséptica y sencilla se empapa de ideología tan pronto como debe condensarse en un sucinto titular. Para empezar, porque “estado alemán” y “Alemania” no son sinónimos exactos: el primero se refiere a una entidad política reconocida como tal en este mismo instante; el segundo arrastra consigo todas las consideraciones históricas que la noción ‘Alemania’ conlleva desde hace siglos, más allá del mero derecho internacional o europeo actuales. No obstante, convengamos en que tales diferencias semánticas no son demasiado relevantes, y ambos términos se nos presentan, en general, como iguales.

Sin embargo, ¿a qué sujeto se refiere ‘Alemania’, cuando se dice de ésta que reclama el pago de la deuda? No, desde luego, a los alemanes todos, como si juntos profirieran la frase al unísono desde sus casas. Para ello está el gobierno electo, que habla en su nombre. Pero el gobierno electo no representa la opinión de todos los alemanes, puesto que algunos habrán votado por otros partidos; aunque es cierto que, mediante una mansa ficción legal, sí hablan en representación de cada uno de los ciudadanos (incluyendo a aquellos que ni siquiera votaron).

Todo lo cual tampoco confunde mucho a los redactores de noticias, porque mientras es usual que el sujeto de las frases lo constituyan nombres de naciones (“Francia le pide a Grecia…”), y que los gentilicios funcionen a veces como complemento indirecto (“Alemania exige a los griegos…”), resulta en cambio impensable lo inverso: “Los alemanes exigen a Grecia que paguen la deuda”. Así, el lector pensaría de inmediato, no en un gobierno que habla por los alemanes, sino que los alemanes se han echado a las calles con pancartas y cánticos, y exigen grupalmente el pago de la dichosa deuda.

Y obsérvese cómo tampoco suenan bien dos gentilicios: “Los griegos les dicen a los alemanes que quieren auditar la deuda”. Titular que nos aleja de la alta política para hundirnos de lleno en una suerte de negociación entre tribus (apropiada, sin embargo, para una descripción bélica: “los americanos derrotaron a los japoneses…”).

La cuestión se complica cuando los agentes de las exigencias internacionales no son los gentilicios ni los países, sino los presidentes del gobierno de turno: Ángela Merkel, Mariano Rajoy o Alexis Tsipras. O no ellos, sino sus partidos: el PP, Syriza… y, ¿alguien sabe a qué partido pertenece la señorita Merkel? De manera que mediante la alternancia de supuestos sinónimos, podemos encontrarnos titulares tan bellos como éste: “Merkel exige a Syriza que Grecia pague la deuda”, en donde un servidor ya se pierde. ¿Habla Merkel en nombre de los alemanes, de su partido, o de sí misma? ¿Syriza se considera tan diferente de Grecia, que puede hasta pedirle a ésta que haga cosas?

Grecia

Haciendo por lo tanto inventario de los nombres con los cuales designar la voluntad o la voz de un país, resultan los siguientes:

  1. El país
  2. El gentilicio plural
  3. El nombre del partido gobernante
  4. El nombre propio del presidente electo de dicho partido

Se estará preguntando tal vez el benévolo lector adónde quiero llegar con este asunto. Pues bien: repare en el sentido de marcación ascendente que hay en la lista. Decir “Alemania” resulta más neutro que “alemanes”, pero decir “alemanes” conlleva menos que “Unión Demócrata Cristiana de Alemania”; y citar directamente a Merkel nos sitúa, no en el terreno de la estricta política, en el cual una decisión es siempre legal e impersonal, sino casi en el de la política de personalidades (o sea: en la negación pura de lo democrático).

No hay, en consecuencia, una perspectiva inocente de los hechos cuando tan frecuentemente se habla estos días, no de Grecia, ni de los griegos, sino de Syriza y de Tsipras: cuando se cita a estos dos últimos se está estableciendo una sutil separación entre la entidad ‘Grecia’, formada por sufridores ciudadanos, y la entidad que les gobierna, cuyas decisiones pueden perjudicar al propio estado. Se le quita de ese modo al gobierno legitimidad simbólica, porque mientras la noción ‘Grecia’ no arrastra consigo ninguna nota política subjetiva (ni “derechas”, ni “izquierdas”, ni “liberalismo”, ni “socialismo”), la noción ‘Syriza’ está tan henchida de connotaciones semánticas que uno, al leer la palabra en los periódicos, prepara una artillería de prejuicios o ideas previas –lo mismo da a favor o en contra–, y completa la noticia con una considerable carga emocional.

Pero, al margen de este abominable e inconsciente empleo de los nombres colectivos, la cuestión de la representación o de la legitimidad nos lleva a zonas más profundas. No voy a plantear ahora hasta qué punto un gobierno en verdad habla por todos los habitantes legales de un territorio determinado, pues ni siquiera es necesario argumentar que la alta política habla, lógicamente, por sí misma y para sí misma, sino de qué manera el destino de los pueblos se ha convertido a estas alturas, para la psique de Europa, en una curiosa mezcla de fatalidad y merecimiento, que se enraíza con la visión que de sí poseen los individuos, asentada a su vez sobre los mecanismos del mérito y de la culpa.

Tomad superyó

Tomad superyó

 

La culpa y el castigo

Es posible que el psicoanálisis no valga mucho como método de curación del alma, y que su utilidad como ciencia haya sido refutada muchas veces con argumentos poderosos e inapelables. Pero ese elaborador de grandes mitologías que fue Freud atinó a describir la mente humana mediante una metáfora tan sublime como peligrosa: el hombre se divide en superyó, yo y ello. El superyó son las órdenes y las normas que el sujeto, a través de la educación, interioriza; el ello son los impulsos y los deseos, en sus orígenes por completo ajenos a la conciencia; el yo es la parte más consciente del individuo, y media entre el superyó restrictivo y el ello deseante. (Ruego al lector que me excuse por la burda simplicidad con que explico términos tan complejos, así como por las inexactitudes que haya podido acometer en esta somerísima descripción, y le insto a leer directamente a Freud). Digo que esta metáfora es peligrosa porque presupone en el ser humano una falta de racionalidad manifiesta: si el superyó es parcialmente ajeno a la conciencia, y el ello lo es por completo, ¿qué clase de libertad poseemos, estando a merced de fuerzas tan poderosas como desconocidas para nosotros mismos?

Ya dije en otro artículo que un esquema de la mente semejante echa al traste la libertad del individuo, porque éste se nos aparece sometido a tensiones (deseos o miedos) inconscientes que no controla, y que afectan directamente al motivo de sus actos: mientras que la teoría utópica neoliberal necesita de la absoluta libertad del consumidor para no derrumbarse ipso facto por la mismísima base. Pero alguna verdad habrá en Freud cuando tantísima gente acude al psicólogo a que éste le ayude a conocerse mejor; o cuando va al psiquiatra a que éste les altere las ideas con una buena ración de pildorillas.

(Algún día alguien se percatará de que la libertad del hombre es incompatible también con una concepción genetista de su psicología: y entonces regresarán las absurdas luchas entre los defensores del libre albedrío y de la predeterminación, pero ambos son la pescadilla que se muerde la cola del huevo y la gallina).

Dejemos la libertad para mejores ocasiones, y volvamos nuestros ojos a la Culpa.

La culpa, siempre según Freud, nos sobreviene cuando ahogamos un deseo para poder cumplir con las normas que el superyó nos impone; o cuando a la satisfacción de un deseo le sigue un arrepentimiento por haber incumplido lo que el superyó nos obligaba a cumplir. A nadie le será extraño este proceso: todos, de niños y de no tan niños, hemos sentido esa desoladora tristeza que nos desazonaba por dentro cuando algún adulto nos regañaba, sabiendo nosotros que habíamos hecho mal. O también cuando hemos hecho algo que consideramos malo, y nos topamos con que nos pesa en el alma haber cedido a nuestros impulsos.

Nietzsche –perdón por el brusco salto– afirma que al hombre la culpa le viene por ser el único animal capaz de hacer promesas: por lo tanto, sólo cuando alguien incumple su palabra puede recaer en ese lamentable estado mental que nos hace sentir culpables por algo. De ahí, dice, acabó naciendo la justicia: de una necesidad de regular la culpa a través de cierto orden, de sustituir la venganza personal por la venganza impersonal. A aquellos que no cumplían el pacto de no contravenir las leyes, les sobrevenía un castigo justo.

Pido aún más clemencia por este “pasar de puntillas” sobre los ricos pensamientos de filósofos como Freud y Nietzsche, pero ello se debe a que me interesan, ante todo, dos cosas: la primera, que la culpa sólo puede ser individual, como le corresponde a todo estado psicológico o a toda emoción; la segunda, que no puede haber castigo sin culpa. Pues el castigo es siempre social (en el sentido de que hacen falta dos personas para ejercerlo, lo cual no quita que un suicida que se siente culpable no haya desdoblado su yo en dos, el yo ejecutor, y el yo ajusticiado), y por eso mismo siempre se halla racionalizado.

Importa bastante qué motivos muevan a alguien a castigar a otro, y ellos determinan la mayor o menor justicia de la pena, pero un castigo ejercido sin motivo alguno se nos aparece como la mayor de las monstruosidades. Esto en el mero plano de las relaciones entre hombres, al margen de la ley. Porque un castigo legal inmotivado resulta directamente inconcebible.

“Los griegos vivieron por encima de sus posibilidades”

Tras estas dos consideraciones previas, quiero recordarle al lector una frase que ya supone un lugar común: “Los griegos han vivido por encima de sus posibilidades”. Frase que alterna con la desnuda verdad declarada de “los griegos tienen la culpa de lo que les pasa”. Y no quiero que se olvide cómo eso de las “posibilidades” también se ha dicho en relación a los españoles; los cuales, a su vez, han tenido muchas veces “la culpa” de la crisis por andar pidiendo hipotecas como posesos (los bancos que las concedían eran, en cambio, pobres ignorantes en cuestiones económicas: un cliente irresponsable pide un crédito que no va a poder pagar, pero el banco los concede en un derroche de campechanía y buena fe), o por no haber previsto lo que iba a suceder.

Usura

Pero fíjese el lector en lo siguiente: mientras que las noticias acerca de las decisiones que toman los gobiernos se enuncian de los cuatro modos antes aludidos, en cambio el sujeto de “por encima de sus posibilidades” no es nunca el partido gobernante de turno, ni el nombre del presidente, acaso muy ocasionalmente “Grecia” o “España”; sino sin duda la mayoría de las veces el gentilicio plural de las gentes innominadas. De la misma manera, “Grecia tiene la culpa de la deuda griega” suena a redundancia. En cambio, “los griegos tienen la culpa de la deuda Griega” convierte, ¡por arte mágico!, a los griegos en entidades independientes de la propia Grecia: un giro impensable en el tipo de titulares que hemos visto en la primera sección del artículo. ¡Cómo! ¿Que el pueblo griego no se identifica con Grecia, sino que hasta puede perjudicarla portándose mal?

En este berenjenal de denominaciones y culpas se constata lo siguiente: a diferencia de la culpa analizada por Freud, se trata de una culpa grupal. Y, a diferencia del tipo de culpa explicada por Nietzsche, y contrariamente a todas las leyes del derecho, es una culpa que carece de sujetos definidos. Qué tipo de juicio es aquél que no sabe ni a cuántos sujetos está juzgando y que no distingue entre grados de culpabilidad, no lo sé, pero se enfrenta contra toda noción de “justicia” que pudiéramos sostener ahora mismo.

Con todo, la primera cuestión se me antoja más grave: porque de los dirigentes de un país, así como de los directores de los bancos, o de los grandes financieros, o de cualquier cargo con cierta capacidad ejecutiva, sí sabemos los nombres individuales e intransferibles con que designarlos. Sin embargo, por razones más que llamativas, mientras uno ve perfectamente lícita en la portada de un periódico alemán una frase como “Tsipras dice que no pagará la deuda”, en “La culpa del impago es de Tsipras” la asunción de las culpas personales parecería un chiste de mal gusto. “¿Y qué satisfacción nos daría ajusticiar a Tsipras?”, podrían preguntarse los alemanes.

Resulta desconcertante que, a la postre, un nombre propio pueda usurpar por metonimia el nombre de un país y la voluntad plena de sus ciudadanos; pero, en cambio, toda responsabilidad que conlleve un castigo –que no así un premio: los aplausos suelen llevárselos los agentes públicos individuales– se desentenderá de líderes o de presidentes para recaer sobre los gobernados, que se convierten en reos de la mala gestión de sus gobernantes.

Se logra con ello el auténtico milagro de transformar la culpa, que es personal y se sustenta sobre acusaciones con fundamento, en una culpa general e inmotivada: “Vas a pagar por lo que tu gobierno haya hecho: da lo mismo que tú, sí, tú, personalmente no hayas contribuido a este desastre”.

Pues una masa que sea culpable de algo por el mero hecho de ser esa masa, a despecho de la burda tautología, no puede ya apelar a ninguna defensa de sí misma. Sólo el individuo puede defenderse o proclamar con pruebas su inocencia. En cambio, una multitud definida por un rasgo único y superfluo (la denominación ‘griegos’; y quien dice ‘griegos’ dice ‘musulmanes’, ‘negros’, ‘homosexuales’, etc.) no podrá encontrar pruebas de nada para su defensa: pues en la misma palabra con que se la define están ya grabadas como en piedra su culpa y su condena.

Y no importa con qué adjetivos se acompañe la ideología que afirma con certeza “la culpa es de determinado colectivo”, pues no sólo subyace en ella el más aterrador eco del nazismo culpando de todo a los judíos, sino la necesidad –ésta sí– personal, psicológica, por parte del individuo, de decirse a sí mismo que ‘el sistema’ bajo el cual él vive, sufre, ama y muere, no falla. Que sus esfuerzos por medrar, y las recompensas que recibe, son justos premios a sus méritos. “Yo ya sabía que esto iba a pasar”, “ya te dije que no pidieras esa hipoteca”, no reflejan sino el angustioso narcisismo de quien necesita asegurarse a sí mismo que está al margen de la masa: si los griegos han caído, ello no se debe a un sistema injusto, manejado a voluntad por los grandes inversores y por los altos cargos políticos, sustentado por falacias infantiles sobre la naturaleza humana, y ajeno a cualquier gota de humanismo que pueda entorpecer sus delirantes planes de eternos beneficios. No. Porque una visión así sume al hombre en un estado de desazón que ninguna religión puede tolerar para sus creyentes, y por lo tanto se suministra el dulce néctar de la realización personal: “no pain, no gain”, “has de esforzarte para conseguir tus sueños”, “emprende, emprende”, y demás mantras con los que asegurarse la salvación y librarse así de la culpa que se descarga sobre los demás.

Tampoco se desconoce, por lo demás, la urgente necesidad de expiación que las religiones han introducido siempre en el mundo. Los sacrificios incas, los holocaustos israelitas, el vino libado a los dioses griegos, los rezos cristianos: todos ellos pretendían evitar el castigo de los dioses, ejercido siempre por encima de la voluntad humana. En consecuencia, si el sistema neoliberal necesita víctimas, no puede echarle la culpa a los sacerdotes de su falsa fe, sino a otros seres más abstractos: pues en todo sacrificio ritual la identidad del sacrificado se diluye en lo simbólico de su entrega.

¡Caiga pues la ira del Señor del débito sobre las mesnadas griegas!

Sacrificio

***

Foto de portada: Fotograma de la película Falso culpable de Alfred Hitchcock (Foto: Wikimedia)

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