Tu mejor enemigo

¿Pero qué te hice yo, vamos a ver? Yo creía que éramos amigos. Lo creía de veras. Vos me lo dijiste más de una vez. Y yo no tenía motivos para dudarlo. Todo entre nosotros parecía ser lo que se suponía que era. Tenía la pinta de ser amistad. Cumplía todos y cada uno de los requisitos, al menos tal como yo los entiendo.

Sin ir más lejos, empezó como empiezan estas cosas. Con una broma. Casi siempre empiezan con una broma. Un desconocido que suelta un comentario chistoso en la sala, y a uno le hace gracia, y se la ríe. Y entonces vos, al cabo de un rato, te atrevés con otra alusión jocosa, para comprobar si el desconocido te secunda. Aunque no lo formulés así, querés sondear si hay correspondencia. Aunque ni siquiera te parés a pensarlo, algo en tu interior reclama saber si el desconocido y vos estáis en la misma onda. Y tal vez haya unos segundos de silencio incómodo. De tensa duda. Y contemplás la posibilidad de que el desconocido, en esa fracción de momento, esté pensando de vos que sos tremendo pelotudo. Te preparás para la retirada. Nadie lo entendió. Mal jugado. Te pasaste de listo.

Empezó como empiezan estas cosas. Con una broma. Casi siempre empiezan con una broma

Pero entonces, puede ser, si tenés suerte, que al desconocido, cuando ya no lo esperabas, se le deforme la cara. Que se le estiren los labios hacia las orejas. Es una sonrisa. Y no es forzada. Siempre se nota cuando lo es. Y, en caso de que no lo sea, ¡qué alegría!

El animalito que había agachado las orejas dentro de vos, que ya se retiraba con el rabo entre las piernas, de repente crece, y se pone de puntillas con el pecho hinchado. Te sentís tan orgulloso. Y no podés dejar de darte cuenta de que es el desconocido el que ha logrado que te sentís re bárbaro. Hay que reconocerle el mérito. Es él quien te ha respaldado. Y no podés evitar agradecérselo. Siempre es de agradecer que te hagan sentir así. Y entonces el desconocido deja de serlo. En tu estima pierde su anonimato. Ya se convirtió en tu cómplice.

Y luego las complicidades comienzan a rodar una detrás de otra. Un día será una conversación sobre el picadito del domingo que los mantuvo pegados al televisor. Otro, ustedes averiguarán que les pone arrechos la misma actriz, ésa que a los demás les parece una desabrida. Más tarde, cuando haya un poco más de confianza, se confesarán que a ambos les cae gordo el mismo boludo del Departamento de Contabilidad con el que fingen congeniar mientras les entran las arcadas y están a punto de echar la pota. Y descubrirán que los dos habían reparado en que el aliento siempre le huele a arenque, ya de buena mañana. Y por eso, cuando lo vean aparecer, se buscarán la mirada y harán juntos el esfuerzo titánico de aguantarse la risa el tiempo suficiente para que no se les note. Y discutirán a gritos de política, pero siempre con afecto.

Antes de que se den cuenta, estarán compartiendo un trago en el bar de la esquina, a unas horas que ya no son de oficina. Y él te contará la vaina de que su matrimonio no va bien. Y que una vez tuvo un desliz con una mujer diez años menor a la que está pensando en volver a llamar. Y vos admitirés, sin avergonzarte, que te marea ver lo rápido que están creciendo tus hijos; que a la mayor, en ocasiones, te da la sensación de que ya no la conocés. Le cuentas que, sin ir más lejos, el martes pasado, cuando se sentó a la mesa con ese piercing horripilante en la nariz, estuviste a punto de gritar: “¿Quién es esta extraña que se coló en nuestra casa? ¿Quién la dejó entrar?”. Y con la pequeña… quién sabe cómo lo estás haciendo con la pequeña. Te aterra que un buen día tenga que sentarse en un diván para contarle a un profesional que fuiste nefasto.

Por eso, porque me aseguraste que al hacerlo te estaba ayudando, te presté la pistola. Vos una vez me habías prestado plata.

Y él cabecea, le da un sorbo a su bebida, te palmea el hombro. Se burla de vos. Te da un consejo. Bueno o malo. Qué más da. Te consuela. “Todos estamos en las mismas, amigo”. Sí. Para entonces ya lo es. Tu amigo. No hace falta más declaración jurada que ésa.

Entre vos y yo todo era así. Tan sencillo. Amistad de manual. Yo sabía lo que podía esperar de vos. Que el lunes traerías puestas las ojeras y que no se te podría hablar durante la primera media horas si no querías recibir un ladrido. Que le echarías tres cucharaditas de azúcar al café. Que rechinarías los dientes cuando me mordiera las uñas. Que, ante un determinado comentario, relatarías la misma anécdota que yo ya había escuchado por lo menos seis veces. Y que todos se reirían, porque en verdad la contabas con mucho desparpajo, y que yo, aunque ya me la supiera, también echaría la carcajada, para no desentonar, para apoyarte, porque te admiro. Incluso, alguna vez, sería yo mismo el que te animaría a que volvieses a contarla, por el simple placer de escucharte, para sentirme orgulloso de vos.

Todo eran certidumbres. Predicciones que no fallarían. Como no lo haríamos nosotros cuando de ayudarnos se tratase. Por eso, porque me aseguraste que al hacerlo te estaba ayudando, te presté la pistola. Vos una vez me habías prestado plata. Y sin embargo esto… esto era diferente. De pronto, los límites de lo que es lícito y lo que no se difuminaron en los de las implicaciones de la amistad. Entramos en un terreno pantanoso: por primera vez en muchos años; por última vez en lo que nos restaba de ser amigos. Porque yo te dejé la pistola. Es un hecho. A partir de ahí, nadie sabe la verdad. Algunos dicen que la usaste contra vos. Y, en ese caso, que sepás que la usaste también contra mí. Porque fui yo quien te puso el arma en la mano. Puede que eso sea lo único cierto. Así que yo sería el culpable de estar echándote hoy de menos. Eso también es cierto. Por eso pienso que, tal vez, en el último momento, nos convertimos en enemigos sin nosotros saberlo. Y por eso me siento con todo el derecho del mundo a preguntarte: amigo mío, ¿por qué nos hiciste esto?

***

Foto de portada: Edificio del Congreso argentino en Buenos Aires (Foto: Miguel Ángel Moreno)

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