Dos días, una noche: Ansiolíticos para la conciencia de clase

Quizá la mayor victoria del capitalismo haya sido la de convertir a los ciudadanos o, más concretamente, a los trabajadores, en consumidores. La definición de quiénes somos dentro de la sociedad no pasa ya por nuestra posición dentro de un determinado sistema productivo, social o político, sino por nuestra capacidad para comprar cosas.

Ese cambio es el que hace que los políticos prefieran hablar de clase media en lugar de clase trabajadora cuando se dirigen a sus potenciales votantes. Nadie quiere reconocerse hoy como clase obrera, a pesar de que jamás haya sido propietario de la más mínima parte de la empresa que le paga el salario, ni tenga ninguna capacidad de decisión en ella. Si tengo un buen coche, si vivo en un chalet (aunque sea donde Cristo perdió el mechero), si voy a trabajar con camisa, ¿cómo voy a ser clase trabajadora?

Dos días, una noche¸ la última película de los hermanos Dardenne, presenta esta y otras grietas propias de esta (casi) década de la crisis europea. El punto de partida es sencillo: una trabajadora de una fábrica de placas solares de baja por depresión trata, durante un fin de semana, de convencer a sus compañeros de trabajo para que voten a favor de que ella mantenga su empleo a cambio de renunciar a un bonus de la empresa. Las reacciones de la protagonista y, sobre todo, de sus compañeros, nos hablan de nuestras sociedades y ponen sobre la mesa cuestiones que no nos planteamos suficientemente a menudo.

En la época del emprendimiento como Nirvana, del “si quieres, puedes”, de la Generación Encontrada y del “tú eres el único obstáculo para cumplir tus sueños”, la solidaridad se deforma en muchas ocasiones en lástima, en caridad. Si cada uno recibe siempre lo que se merece, ¿por qué ayudar al que se queda atrás? Durante esos dos días, Sandra (Marion Cotillard) se enfrenta en muchos casos a la incomprensión de unos compañeros que no la ven más que como un lastre por su enfermedad, por ponerles en una situación incómoda o porque ven en ella el chivo expiatorio con el que evitar su propio despido.

Pero sería injusto con los Dardenne decir que la única respuesta que recibe la protagonista es esa, incluso entre quienes rechazan apoyarla. La realidad laboral en la que tener un trabajo no basta para evitar la pobreza también se asoma en el metraje, así como la necesidad de recurrir a la economía sumergida para sacar adelante una familia. Además, los cineastas valones no se recrean en el pesimismo y dejan espacio para la supervivencia alguna conciencia de clase.

Si una de las dos batallas de la película es la de Sandra contra los votos de sus compañeros, la otra, más profunda y decisiva, es la de la protagonista contra su enfermedad, que se refleja en la lucha entre una creciente adicción a los ansiolíticos y un marido que trata de sacar a su mujer del letargo. Es esa batalla la que ha llevado a Mario Cotillard a la nominación al Óscar a la mejor actriz protagonista. Cotillard se aleja con todas sus fuerzas de la sobreactuación a la que atraen casi irresistiblemente su personaje y las situaciones por las que pasa, viviendo en el límite de una forma contenida y austera, con un aire algo ausente y, gracias a ello, mucho más real.

Es esa interpretación de Cotillard la que nos mantiene pegados a la pantalla en su doble tira y afloja por recuperar su trabajo y a sí misma a pesar de la estructura demasiado reiterativa en la que cae el guion y que se convierte en el mayor debe de la película y que por momentos bordea el precipicio de convertirse en un test de “sí o no” que la protagonista va contestando por distintas casas de su ciudad (especial mención para las repetidas llamadas a la protagonista de sus interlocutores cuando parece que su conversación ya ha terminado), pasando demasiado por encima de la mayoría de unos personajes secundarios de los que no recordaremos nada más allá de lo que acabaron votando y, con suerte, de las razones que dieron para hacerlo.

Este problema no impide, en todo caso, que la película tenga un resultado notable gracias a la protagonista creada por el monstruo de dos cabezas que forman Jean-Pierre y Luc Dardenne tanto como por Marion Cotillard y, sobre todo, a los temas que plantea y las preguntas que deja abiertas en el espectador. Porque, si Sandra llamara a tu puerta un domingo por la mañana para pedirte que perdieses mil euros, ¿qué le dirías?

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Especial Premios Óscar 2015

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