Hijos de la Transición

Antonio lleva una buena vida. La verdad, como suele decirle a su mujer a menudo, no puede quejarse. “A veces pienso mucho en cómo podría haber ido esto o aquello… y no, ¡no puedo! -le repite- no puedo quejarme“. Su mujer, Ana, procura no prestarle mucha atención cuando se pone así, aunque ella suscribe cada una de sus palabras. Se hace la indiferente porque no quiere que se le suba a la cabeza. Un resabio, seguramente, de sus orígenes humildes: su familia es de un pequeño y austero pueblo de Cuenca, donde todo lo que sea ostentación gratuita es decididamente de mal gusto.

Pero él, madrileño y urbanita de pura cepa, no tiene esos remilgos. “¡Nos lo hemos ganado a pulso!”, insiste Antonio, que este año se ha jubilado tras casi cuatro décadas de funcionario en la Administración autonómica, ante la indiferencia fingida de su mujer, que interiormente sonríe. Integrantes destacados del sueño dorado de la clase media española, hijos de la Transición, como suelen comentar en las cenas de Navidad y otros eventos familiares (“¡yo estaba allí, corriendo delante de los grises, y vosotros aquí con las maquinitas estas!”, rezonga cada año él ante sus sobrinos y nietos), Antonio y Ana se conocieron cuando ella acababa de sacar la plaza de auxiliar administrativa en la Diputación regional.

Han sido un matrimonio modélico.
Sin despilfarrar, votando siempre socialista,
han sacado adelante a tres hijos

Han sido un matrimonio modélico. Sin despilfarrar, votando siempre socialista, han sacado adelante a tres hijos –Juan, Luisa y Javier– en una pequeña ciudad de provincias donde no hay mucho que hacer (“aunque las escuelas y la sanidad, qué quieres que te diga, aquí no es como en Madrid”, comenta Ana siempre que le preguntan sus amigas de la capital). A los dos primeros, Luisa y Juan, les ha ido bastante bien: ambos estudiaron Administración y Dirección de Empresas y ahora trabajan en un banco en Barcelona y en una multinacional alemana en Múnich, respectivamente. Juan, de hecho, se ha casado con una alemana (“ya sé que serán así, pero, hijo, me vas a perdonar, parece que no tenga sangre en las venas”) y ya van por el tercer niño.

Pero Javier, ¡ay!, ha sido siempre diferente. ¡Se le metió en la cabeza que quería estudiar Periodismo! Le gustaban tanto los libros, y el cine, y escribir… Antonio y Ana, siempre tolerantes y dispuestos a dejar que sus hijos encontraran su propio camino, no expresaron en voz alta sus más que razonables dudas y le instaron a que se matriculara al menos en una joven universidad pública de muy buena y reconocida fama. Así, el mal sería menor, se decían. Durante los cinco años que Javier pasó en la facultad, sus padres le pagaron religiosamente la matrícula y sus gastos personales, lo que incluyó un año de Erasmus en un país báltico del que Javier volvió algo fondón y todavía más perezoso de lo que, a ojos de sus progenitores, ya era.

Ahora, a pesar del esfuerzo y la dedicación, los momentos de celebración vital de Antonio se ven empañados por lo que considera un borrón en su historial, una cuenta pendiente con una vida que de otra forma hubiera rozado la perfección: su hijo Javier no tiene ni oficio ni beneficio. Desde que acabó la carrera hace tres años, no ha encontrado trabajo estable. ¡Si le pagan sólo 240 euros en el diario digital para el que trabaja! Y mira que trabaja, si parece que está allí todo el día… Javier siempre responde que el mercado laboral está cuesta arriba, que es muy difícil encontrar nada digno, que casi no tiene oportunidad de demostrar su talento, aunque siempre sale con proyectos culturales, revistas de tendencias o blogs de crítica cinematográfica. Todo, por supuesto, no remunerado. “¡Lo que hay es mucho vago!”, refunfuña Antonio cuando hablan del tema, ante la mirada desaprobadora de Ana.

¡Su hijo le decía que había que cambiar el sistema!
Y no sólo eso, sino que le recriminaba
que su generación no había hecho lo suficiente
por crear un país avanzado y moderno

Hace poco, Javier y Antonio discutieron al teléfono. ¡Su hijo le decía que había que cambiar el sistema! Todo, de arriba abajo. Y no sólo eso, sino que le recriminó que su generación no había hecho lo suficiente por crear un país avanzado y moderno. Que si la Constitución está desfasada, que si da lugar a un sistema clientelar y corrupto, que si esto, que si lo otro.

Antonio, a pesar de su edad, se considera una persona progresista y abierta al cambio, pero desde luego no en esos términos destructivos ni radicales. Como testigo directo de la Transición, cree que hay que hacer algunas reformas para mejorar el sistema, que considera el mejor posible para un país como España. Odia, ante todo, la inestabilidad, y es precisamente la poca estabilidad de la vida de su hijo Javier lo que le hace verle con ojos críticos. No hay que romper la baraja, como le gusta decir, sino que hay que jugar, jugar con lo que nos ha sido dado.

Si no fuera por el éxito de Luisa y Juan, casi creería en él. Aunque sabe que el paro alcanza niveles inasumibles y conoce lo duro que lo tienen los jóvenes para salir adelante, no puede evitar pensar que, de alguna manera, si a su hijo no le van bien las cosas, es exclusivamente culpa suya. Como todas aquellas personas que nunca lo han pasado realmente mal (y a fe que Antonio, con sus cómodos desayunos, cafés interminables y ausencia total de objetivos que cumplir o jefes a los que reportar, nunca ha conseguido identificarse con los habituales lamentos de sus amigos del sector privado, generalmente insatisfechos con su vida laboral) suele pensar que los grandes problemas sociales son, en realidad, culpa de unos pocos individuos a los que se puede señalar con el dedo y desenmascarar.

Pero, ¿su hijo? ¿Tenía que ser precisamente su hijo? El pensamiento le desanima y le pone de mal humor.

“Hijo, con lo que tú vales, ¿no has pensado en hacer unas oposiciones? Tú te lo sacarías con la gorra, te lo digo yo que…”

“Pero papá… ¿cómo voy a hacer unas oposiciones? El empleo público está congelado, reponen sólo una pequeña parte de los funcionarios que se retiran… y además hay muchos amaños. ¿Cuántos años me llevaría? ¿Y los que llevan desde antes de la crisis opositando, cuánta ventaja me sacan? ¡Es una locura!”

“Hijo, con lo que tú vales,
¿no has pensado en hacer unas oposiciones?”

Etcétera, etcétera, etcétera. Nada, no hay manera de convencerle de que haga algo provechoso con su vida. Siempre lo mismo. La verdad es que a Antonio lo que le gustaría es ver a su hijo en un puestito público, nada necesariamente exagerado, administrativo o auxiliar de biblioteca, algo que dure para siempre y le de estabilidad económica.

Y que, de paso, le descargue a él de una cierta mala conciencia (que nunca confesaría a su mujer) que le invade en ocasiones de que, quizá, en efecto, su generación podría haber hecho algo más por el país que están heredando sus hijos. Esos conatos moralistas le incomodan, y en seguida los aplaca pensando en todo lo que Ana y él les han proporcionado: un hogar estable, un marco moral progresista y tolerante, una buena educación (tres carreras, vaya dineral), vacaciones en la playa y tours organizados a las principales ciudades europeas.

Pero es que, bueno, ¡y encima se queja!

Si solo quisiera opositar, con lo fácil que es… o al menos hacer un máster de economía, o algo de márketing… algo, en definitiva, más serio. Pero, en fin, como decía su madre, Dios te da, Dios te quita. Siente un abismo entre él y Javier que no sabe cómo salvar, aunque se consuela pensando que él también fue joven y rebelde, y que un día deseaba cambiar las cosas tanto como ahora lo desea Javier. “¿Soy un carcamal?”, se dice. Sólo en esos momentos de duda existencial (la edad, debe ser) siente una ternura genuina, infinita y transparente por Javier, su hijito Javier, que nunca fue su favorito pero que, bueno, siempre estuvo ahí. Antonio no le dejaría caer: pase lo que pase, él y Ana seguirán dudando de sus decisiones en silencio y cuidando de él como lo han venido haciendo hasta ahora.

Tras devanarse los sesos, Antonio está más tranquilo. Que venga lo que tenga que venir. A pesar de sus desacuerdos y diatribas, lo acepta todo tal y como es, porque, en el fondo, no quiere que nada cambie. Sólo quiere descansar.

Después de toda una vida de trabajo duro, se lo ha ganado.

***

Foto de portada: Living Room (Foto: ImageManHunter-Flickr)

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