Premios Óscar: Nominadas a mejor película de habla no inglesa

Relatos salvajes (Damián Szifrón)

Álvaro Alonso

Con un título tan poco poético como descriptivo y preciso, hay que agradecer a Relatos Salvajes que cumpla lo que promete: una colección de historias breves, pasadas de rosca y que siempre llegan un poco más lejos de lo que pensábamos. El aplauso al director, Damián Szifrón, por no achantarse y quedarse a medias es obligado. También, por qué no decirlo, por la sabia decisión de no enlazar unas historias con otras y así evitarnos un lugar común del cine moderno del que nos conviene desprendernos de cuando en cuando.

Eso sí, con la estructura episódica viene casi por obligación la irregularidad. Ni los actores, ni el tono ni, por supuesto, las historias, mantienen el nivel de inspiración a lo largo de las dos horas. No es lo mismo ver a un soberbio Ricardo Darín luchando contra los elementos (burocráticos, pero tan inevitables como los otros como nos enseñó The Wire) que una historia de ricos que modulan el mundo a base de billetes. Pero aunque alguna historia te deje frío, te recomiendo que no te desanimes. Allá, al final del camino, te espera una sublime boda que desde ya hace sombra a cierta boda roja televisiva por copar las pesadillas de los amantes que se encaminan al altar. Un desenlace que por sí solo merece la nominación al Óscar.

Ida (Pawel Pawlikowski)

Miguel Ángel Moreno

Ida, la película del director polaco Paweł Pawlikowski es la historia del viaje de su protagonista, una novicia que sale del convento para conocer a su tía, su único familiar vivo, antes de tomar los votos. Una ‘road movie’ por una gris Polonia comunista rodada en blanco y negro, en la que la búsqueda de los antecedentes familiares, el reciente paso del nazismo, la experimentación de una rancia modernidad bajo el telón de acero y las decisiones de una silente protagonista mueven el filme.

Lo poco que dice la actriz Agata Trzebuchowska por el mutismo de su personaje lo expresa con los ojos. Siempre muy abiertos, inquisidores, en los que se va fijando continuamente la cámara, empeñada en encuadres un tanto extraños que no hacen sino destacar la expresión de la joven actriz.

Mandariinid (Zaza Urushadze)

Álvaro Alonso

La guerra por la independencia de Abkhazia que tuvo lugar en los noventa es algo que me pilla tan lejos como el cine estonio, así que Tangerines me cogía totalmente a contrapié. Pero Zaza Urushadze, director de la película, no quería hablar de este conflicto concreto. El mercenario checheno, el actor convertido a soldado y esos dos vecinos estonios que se niegan a abandonar la tierra en la que han pasado la mayor parte de su vida podrían ser actores en cualquier guerra. Esta pequeña película, de cámara tranquila y silencios largos, se propone mostrarnos el absurdo de la guerra, de cualquier guerra, dejando las balas como actor secundario. El mundo no trata tanto de orgullos nacionales y fronteras imaginadas como de luchar por dar de comer a tu familia o que te dejen en paz para poder continuar cosechando tus mandarinas.

Aunque sus posibilidades de lograr el Óscar a Mejor película de habla no inglesa son escasas, esta cinta recuerda a En tierra de nadie, que sí lo logró en 2001 con uno de los mejores (y más sencillos)  alegatos contra la guerra que he visto en mi vida. Puede que Tangerines no llegue a ese nivel, pero el tremendo personaje de Ivo, ese anciano de principios que se empeña en solucionar un pequeño trozo de guerra, bien merece un visionado.

Leviatán (Andrei Zvyagintsev)

Eduardo Tejada

Zvyaginstev nos ofrece una radiografía de la Rusia contemporánea a través de la historia de Kolia, un hombre que se niega a vender el terreno que ha ocupado su hogar durante generaciones, ante las exigencias del gobierno local. Leviatán combina con maestría los componentes del drama familiar y de la denuncia social, acogiendo elementos del film noir y del western, además de la inclusión de cierto humorismo asociado a las costumbres de esta pequeña localidad del norte de Rusia. La carga simbólica de los paisajes, la temperatura fría del color y el ritmo reposado, logran implicar sin duda al espectador en este retrato terrenal y humano. Tratar de abarcarla en este parrafito implicaría restarle valor. Leviatán se convierte en una experiencia cinematográfica que no debemos dejar pasar.

Timbuktu (Abderrahmane Sissako)

Álvaro Alonso

Cuenta Xavier Aldekoa en su recomendable Océano África, que en el siglo XIX Timbuktu (Tombuctú en español) era una ciudad de leyenda. Exploradores de toda Europa intentaban llegar a ese lugar en medio del desierto, llamados por las historias que hablaban de riquezas casi infinitas y calles pavimentadas de oro y diamantes. Solo era una leyenda de marineros, pero aquel nombre exótico y la promesa de riquezas sin fin eran razones suficientes para embaucar al hombre blanco. Casi dos siglos después, los occidentales volvemos a visitar este supuesto paraíso gracias a la película de Abderrahmane Sissako, pero lo que nos encontramos es lo opuesto al paraíso.

Tomada por extremistas islámicos en 2012 aprovechando la inestabilidad del país, Timbuktu cayó víctima de un régimen de terror en el que la arbitrariedad se había convertido en la norma. Pero el director no quiere mostrarnos el horror de una interpretación medieval y sanguinaria de la religión con una gran historia. El verdadero terror no es un ataque puntual en una capital europea, sino levantarse todos los días de la cama sin saber lo que prohibirá el dictadorzuelo de turno; ayer la música y mañana el fútbol. Por eso la película, con su bellísima fotografía y sin renunciar al humor, se centra en la vida de los habitantes de la ciudad. Deslavazada, en ocasiones absurda y de una potencia política brutal, este Amacord africano nos recuerda que algunos “sont Charlie” sin haberlo elegido todos los días de su vida.

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Especial Premios Óscar 2015

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