Intento fallido de crítica negativa a Boyhood

Esta pretendía ser una crítica negativa a Boyhood. A solo unos días para la gala de los Óscar en la que la película de Richard Linklater puede ser entronada (Birdman mediante) como mejor película del año según la industria americana, ya se ha dicho todo lo bueno que se tenía que decir sobre ella.

Con ese afán me enfrenté al segundo visionado de la película. A pesar de que la primera vez que la había visto, en pantalla grande, había disfrutado, recordaba suficientes defectos como para poder armar un discurso en el que se resaltaran los puntos que evitan que Boyhood sea una película perfecta. Sin duda, no lo es, pero viendo de nuevo la película, repasando esos defectos y poniéndolos por escrito, me he dado cuenta de que no solo no son suficientes como para armar una crítica negativa sólida y sincera, sino que en muchos casos son en realidad virtudes. Vamos a repasarlos.

1. Bienvenidos a Texas

En una película como esta, en la que el protagonista y su evolución personal lo son todo, no meterte en su piel por completo hace que todo el artefacto se tambalee. Y ese ha sido el mayor defecto que le he encontrado a Boyhood, las dos veces que la he visto. El nivel de conexión, de empatía, que yo logré con Mason Junior fue siempre irregular. Nunca acabé de ponerme del todo en sus zapatos, ni pude llegar a entender su forma de relacionarse con el mundo o la visión que transmite de la familia, la amistad o la pertenencia. Ciertos chirridos me alejaban de tanto en tanto de lo que trataban de contarme.

Pero es que eso, en la historia que quiere contar Richard Linklater, es inevitable. Y por eso he escrito las últimas frases en primera persona del singular. Aunque toda buena historia debe tener una cierta vocación de ir más allá de su propia cultura y ser capaz de superar las diferencias de partida con los que lleguen a ella, Boyhood opta por centrarse en un lugar y un tiempo (aunque extendido) muy concretos y contar una historia que solo podría ocurrir en ese espacio, puesto que los personajes van creciendo (literalmente) influidos definitivamente por ese entorno, por esa cultura, por ese estilo de vida.

Para comprender Boyhood, hay que verla como el relato de la adolescencia en el Estados Unidos actual, no como una historia de iniciación aplicable a cualquier ser humano. Pese a que el imperialismo cultural nos salga por las orejas y que cada vez nos parezcamos más al reflejo que nos devuelve la pantalla de Hollywood, no creo que Linklater intente que el resto de culturas entiendan esta como una historia universal. Supongo que, por eso, optó por no situar la historia en Nueva York, sino en Texas, donde lo americano pretende ser aún más americano y donde las distancias con una cultura como la europea se hacen más largas. Más aún con la de la Europa mediterránea en la que ver a tu madre llorando cuando te vas de casa y no darle un abrazo te convierte inmediatamente en un auténtico gilipollas al que le falta un hervor o una buena dosis de collejas. ¡Afortunadamente!

2. Adolescencia gris

Este punto es una consecuencia lógica del anterior y, antes de comenzar, en honor al nombre de esta magnífica sección, tengo que poner mis prejuicios encima de la mesa. Los adolescentes americanos, así en general, me caen mal y, lo peor de todo es que esta película, lejos de quitarme la venda y alejarme de mis prejuicios, me ha convencido todavía más de la razón que, infundadamente, creo tener. Malcriados y, a la vez, faltos de cariño real y de empatía hacia su alrededor, individualistas, presuntuosos, de vuelta de todo sin haber hecho nada… Así podría seguir un buen rato.  Viendo a estos niñatos, hasta los swaggers y los canis de la Apple Store me caen un poco mejor, me parecen más equilibrados o, por lo menos, más auténticos.

Los adolescentes americanos de mis prejuicios que tan bien representa Mason tienen una variedad especialmente densa de horchata en las venas. Van acumulando experiencias vitales como quien huele un pedo que ni siquiera apesta demasiado, enarcando ligeramente una ceja y esperando que el hedor se difumine lo antes posible para poder volver a la comodidad del aburrimiento diario.

A la mayor parte de las anécdotas por las que pasa Mason les falta el color saturado de lo nuevo que nunca volverá a serlo o, al menos, de la revolución de las hormonas que te hacen pasar de la mayor depresión de tu vida a la felicidad absoluta en lo que tarda en llegar una nota de un lado al otro del aula. Al final, en Boyhood parece que hacerse mayor en Estados Unidos consiste en acumular un número de decepciones suficientemente significativo como para que todo lo que pasa a tu alrededor te afecte lo menos posible.

Puede que, de nuevo, la distancia cultural vuelva a alejarme de la película o que el problema sea mío, que me estoy convirtiendo a toda velocidad en un viejo cascarrabias que ya no sabe ni lo que es ser adolescente. En todo caso, no se puede poner en el debe de la película haber mostrado un personaje que no es fruto de sus experiencias y del mundo que le rodea, pues siempre vemos como todos esos comportamientos, esa forma de ver la vida, tienen su origen en una anécdota anterior. Y es que, si los adolescentes americanos son unos ególatras repelentes es porque, en el fondo, siempre han estado solos.

3. Experimento innecesario

Boyhood es un experimento cinematográfico, rodado a lo largo de doce años para mostrar, principalmente, la evolución física de unos personajes interpretados en todo momento por los mismos actores. A Hollywood, de vez en cuando, le gusta premiar los experimentos. El departamento de I+D de la industria es fundamental para que la máquina siga avanzando con paso firme y, en ocasiones especiales, hay que darle algún caramelo. Posiblemente, esa sea una de las grandes razones que han convertido a Boyhood en favorita para estos premios Óscar. Un argumento que te puede llevar a darle el Globo de Oro al mejor drama a Avatar o a nominarla para nueve Óscars, incluyendo Mejor Película (aunque, para que luego se lo llevara En tierra hostil, ya se lo podían haber dado).

Además, todo expermiento tiene sus riesgos. Boyhood cae de lleno en uno de ellos. Un niño mono no tiene por qué convertirse necesariamente en un gran actor. El caso de Ellar Coltrane es un buen ejemplo de ello en menos de tres horas de metraje. La falta de carisma y de expresividad del absoluto protagonista de la película, que solo parece manejar plenamente dos registros (ceja arriba y ceja abajo), queda todavía más en evidencia cuando tiene al lado a un Ethan Hawke y una Patricia Arquette que se lo comen en cada fotograma y consiguen que nos interesen más sus personajes que el de su hijo.

A pesar de todo esto, solo hay una razón que justifica la experimentación en el cine narrativo: que esté al servicio de la historia que se cuenta y no al revés. Obviamente, para desgracia de mi crítica negativa, esto ocurre por completo en Boyhood. Sin duda, el cine tiene herramientas suficientes, desde la fase de guion hasta el maquillaje, pasando por el casting, para poder contar la misma historia que cuenta Boyhood rodándola en unas pocas semanas, pero el resultado final nos dice que no hubiera sido lo mismo, que las costuras se habrían visto o que la historia habría sido amputada. El laboratorio ha confirmado la hipótesis y ahora solo falta ver si este es el primer paso en un camino por recorrer o si se convierte en una anécdota aislada en la historia del cine.

4. Narrativa aleatoria

A priori, Boyhood puede parecer una película aburrida. No deja de ser una serie deslavazada de anécdotas aparentemente intranscendentes de un niño que pasa a ser un chaval. Las peripecias del personaje son, cuanto menos, austeras y el desarrollo narrativo de la película, difuso. Incluso se ha dicho que es una película poco profunda. Se ha hablado de la llegada, con décadas de retraso, del cinéma verité al corazón de la bestia del cine clásico pero yo me inclino a manejar otra idea. Una idea que, de nuevo, me impide lanzarme a la yugular del objetivo.

Boyhood es, tan solo, una colección de recuerdos. Si cada uno de nosotros se para a pensar en los diez primeros momentos que se nos pasen por la cabeza de una etapa de nuestra vida, seguramente no tengan una secuencia lógica ni sean en muchos casos nuestras anécdotas más divertidas o las que a priori diríamos que fueron las más significativas. Muchos de ellos seguramente pueden parecer aburridos para cualquiera pero, para nosotros, son imprescindibles. Esos son los recuerdos que sobresalen sobre los demás, los que fijan en nuestra memoria esos años con un color concreto y los que, posiblemente, nos hayan hecho ser quienes somos hoy. Esos recuerdos son las escenas de Boyhood, una colección de recuerdos tan desordenada y aparentemente aleatoria como nuestra memoria. Sin mucho sentido narrativo, pero con un determinante sentido emocional y biográfico para cada uno de nosotros. Y, aunque con esto reconozca mi fracaso, solo por eso, por descubrir esa verdad, Boyhood ya merece la pena.

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Especial Premios Óscar 2015

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