Sueños

David L. Palomo | Falso 9

No se trata de hablar de lo que ocurrió, eso ya lo han contado todos los periódicos, lo han fotografiado infinitas cámaras, lo han escrito cientos de corresponsales y lo han guardado en su retina millones de espectadores. No se trata, por tanto, de volver a contar los hechos. Para qué. No tendría ningún sentido repasar las estadísticas, envolver las instantáneas con lírica o hacer del presente un infierno con hambre de nostalgia.

Han pasado cinco días desde el salto de todos los tiempos, en Nueva York, en el Madison, en una madrugada larga en España, histórica por lo acontecido, venerada por lo inolvidable y acompasada con la música de los sueños, la que la NBA utiliza para hechizar a las futuras generaciones.

En la pista, dos hermanos: los Gasol. Un apellido, cinco letras y la certeza de que, a veces, la vida es capaz de palpar lo imposible. Uno un poco más gordito; otro más delgado. Uno más serio; otro más risueño. Uno más ‘alto’; otro más ‘pequeño’.

Su dualidad es la historia de muchas familias, remite a esa pregunta tantas veces escuchada por los padres y formulada por parientes cercanos: ¿De verdad que ambos son vuestros? Salvo en las casas de hijo único, en las restantes siempre surgió esa necesidad criar dos polos opuestos, enemigos de las cerámicas y amantes de las batallas a campo abierto.

La historia de los Gasol es la de la familia española. O quizás, la de los niños españoles. Lo entenderán los que hayan jugado al baloncesto. O al fútbol. Da igual. Todo crío, disfrazado de deportista y con pelota bajo el brazo soñó con hacer lo mismo que Marc y Pau. Incluso con menos.

¿Jugar en la NBA? Claro, quién no querría. Es posible. Ya lo hizo Fernando Martín. Y Rudy. Y Sergio Rodríguez. Y Ricky Rubio. ¡Carajo! Si hasta Fran Vázquez tuvo la oportunidad de ponerse la gorra de los Orlando Magic. ¿Por qué no pensar en ganar un anillo cuando se tienen 12, 13 ó 14 años? Que nadie se atreva a quitarle la idea a los niños.

Un balón. Un par de canastas. Unas risas. Unos amigos. Eso fue el All-Star. Da igual que los Gasol ganen millones de dólares. No importa. En el fondo, la noche del domingo al lunes volvieron a ser niños. Cumplieron el sueño de una generación. O de dos. O de todas.

¿Lo valoramos ahora? Seguramente no. Es imposible. Pero no deberíamos olvidarlo. Esa imagen, en términos deportivos, es el póster de los chavales a los que sus padres les compraron la camiseta de los Bulls hace bien poco. Es quizá un momento único. Irrepetible. Como decía alguien por ahí –no me pregunten el autor– es la vuelta a la infancia. Y no, no lo volveremos a ver, por lo tanto, habrá que guardarlo bien vivo en la memoria y darle gracias a los Gasol.

***

Foto de portada: Basket. Foto: Leo Hidalgo (Flickr)

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