Premios Óscar: Nominadas a mejor cortometraje de ficción

Aya (Oded Binnun, Mihal Brezis)

Álvaro Alonso

Aya, una joven israelí, está esperando a alguien en el aeropuerto. No sabemos a quién, ella está más interesada en observar el típico desfile de abrazos, reencuentros y despedidas que tiene lugar casi a cualquier hora en cualquier aeropuerto. Quizá ese contexto, un aeropuerto que es como todos los demás, ayuda a que la historia se desprenda de su contexto concreto y se convierta rápidamente en un lugar ya visitado por el espectador. Un sitio familiar y extraño, anodino y a la vez testigo de grandes momentos de nuestras vidas. El mismo juego de parejas insólitas al que juega todo el cortometraje.

Pero volvamos a Aya, que la habíamos dejado mirando a los pasajeros. Hace un momento un hombre de traje, un chófer con cartelito, figura también habitual en el paisaje de cada aeropuerto, le acaba de pedir que sujete su cartel unos instantes mientras va a hacer un recado. Aya acepta a regañadientes, pero cuando ve aparecer al cuarentón nórdico que parece responder al cartel, nuestra protagonista decide que por qué no, que si hay algún sitio para jugar a ser otra cosa, para vivir un rato la vida de otro, el sitio es ese y la situación está en bandeja.

Un extraño lleva a otro de un aeropuerto a un hotel, pasa a todas horas y en todas partes. Pero de alguna manera, Oded Binnun, Mihal Brezis y sus actores han conseguido hacer de ello algo digno de recordar.

La lámpara de mantequilla de Yak (Wei Hu)

Jesús Albarrán

Un pequeño pueblo nómada tibetano en el objetivo de una cámara para la toma de una fotografía; esa es la apuesta formal y experimental que el director Hu Wei nos tira amablemente a la cara para los Oscars. Wei ha barnizado a La lámpara de mantequilla de Yak de pura humanidad; una ventana de arcilla a la realidad rural tibetana. La sobriedad acentúa y recrudece un choque cultural que parece evidente y Wei se sirve de simbolismos y alegorías para representar el mundo rural ―tradicional, ancestral, identitario― y el moderno. Catorce minutos de idas y venidas de familias, vecinos y enamorados que parecen anodinas, pero que encierran todo un mapa histórico y una memoria cultural de la que el espectador, algo incómodo en la butaca, apenas se reconoce.

Sin entender las claves de la cultura tibetana, muchas cosas se disfrutan de manera diferente en el corto: El Yak ha sido venerado por los tibetanos desde siempre ―prácticamente su modo de vida se basa en la existencia de este animal: les proporciona pieles, aceite…― la misma lámpara de manteca de yak es un símbolo ancestral de lo humano (terrenal) y lo divino (espiritual).

Los autóctonos parece que son presa irremediable de la mirada de occidente, un estilo de vida y una frenética ficción. El set de carteles que enmarca la imagen cambia después de cada fotografiado; viajando a través de realidades y distintos espacios del planeta: desde la entrada a Disneyland con la fervorosa acogida de todos los compañeros de Mickey, el ayudante de fotografía repliega, desde arriba, un templo budista ancestral y los pueblerinos posan distraídamente entre las maravillas modernas de la globalización, participando forzadamente en la nueva realidad. Casi cualquier espectador estará ciego ante los desconocidos rezos ancestrales y la vestimenta de colores chillones de La lámpara de mantequilla de Yak, quizá por eso su estatismo exótico y realidad documental resulten hipnóticos. Desde aquí nunca sabremos nada más allá de los límites de una cámara fotográfica. Y eso es precisamente lo funesto y lo genial.

Boogaloo y Graham (Michael Lennox)

Raúl Mora

Cabe la posibilidad de que, en el aleatorio reparto de nominadas a mejor corto, me tocaran justo las dos más mediocres. Puede que simplemente todas sean mediocres, que la de este año haya sido una hornada pobre que no daba para más. El caso es que Boogaloo y Graham me transmitió lo mismo que A single life, un triste “pues vale”. Y la misma sospecha: la selección es una lotería.

Catorce minutos de duración para la historia de Boogaloo y Graham, dos pollitos que reciben dos niños irlandeses contra el excepticismo de su madre, que no quiere ver ni en pintura esas máquinas de soltar mierda. Un corto de 20.000 libras (en serio, ¿y en qué cojones se lo han gastado?) que ni deslumbra ni, como supongo que buscaba, emociona lo más mínimo. La historia es simpática, pero nada del otro jueves, y los niños son salaos y sueltan algún que otro one liner ocurrente pero no hay mucho más. Poco bagaje para llevarse a casa un tío Óscar (claro que, convencido como ya estoy de la aleatoria selección lo mismo los otros son peores, este al menos es aseado).

Parvaneh (Talkhon Hamzavi)

Miguel Ángel Moreno

‘Parvaneh’, un cortometraje sobre una adolescente afgana acogida en Suiza que quiere enviar dinero a su familia, es mucho más que una historia de emigración. El recorrido de esta joven desde un refugio rural a la gran ciudad -en este caso, Zúrich- y su peripecia junto a una joven suiza nos muestra la intersección entre la niña obligada a madurar atropelladamente por las circunstancias, y la adolescente que descubre el mundo, la afectividad, el alcohol y el desengaño en apenas una jornada. Y voy a intentar no contaros mucho más.

Se trata de un corto bien trabajado, que nos dibuja de forma bastante precisa y en unos minutos cómo es Parvaneh y cómo se protege en una realidad hostil; al tiempo que nos permite caminar con ella por la gran ciudad con una mezcla de fascinación y extrañamiento. Con ella contemplamos el deslumbramiento ante el lujo, la incomprensión ante ciertas formas de ser de los adolescentes acomodados europeos, y también comprendemos que, en el fondo, todos somos bastante parecidos. Una cinta para reconciliarse un poco con uno mismo sin ocultar la dureza de la situación de muchos inmigrantes en Europa.

La llamada (Mat Kirkby)

Jorge Moreno

¿Cuál es la mínima unidad necesaria para conseguir la emoción en una pantalla? Seguramente, Mat Kirkby y James Lucas se hicieron esta pregunta cuando se enfrentaron al guión de La llamada. Apenas cuatro escenarios (aunque tres de ellos son notas de adorno en la partitura), cuatro personajes (que podrían resumirse en dos y medio) y una conversación. En esa búsqueda del átomo de la emoción cinematográfica, Kirkby ha dejado ahí el listón. Y cuando hablo de emoción no me refiero a una media sonrisa o un “qué pena” por lo bajini cuando asoman los títulos de crédito. No. La llamada explota (hasta por dos veces) con una emoción profunda y real, de las de llorar a moco tendido.

Pero, para que la mezcla dé resultado, quizá lo mejor sea saber lo menos posible de lo que ocurre en los veinte minutos (parece que fueran cinco) que dura esta bomba, ganadora del premio al Mejor corto de ficción en el último Festival de Tribeca y capaz no solo de emocionar al espectador, sino de hablarle de dos de los grandes TEMAS (así, con mayúsculas) de la historia de la narración y, por tanto, del ser humano, desde un punto de vista que no huele a rancio. Quizá por eso el tráiler de ahí arriba no dice nada de lo que realmente pasa en La llamada. Quizá por eso esta crítica acaba aquí, pidiéndoles que olviden todo lo que he dicho hasta ahora y la vean. Después, hablamos.

***

Especial Premios Óscar 2015

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