Selma: la distancia de Alabama al Tarajal

A pocas horas de que se entreguen los Premios Óscar 2015, pocos de los lectores de este artículo habrán visto Selma, la película en la que se retrata una de las acciones dirigidas por Martin Luther King: la marcha entre Selma y Montgomery (Alabama) para luchar por un derecho efectivo al sufragio para la población negra.

Dirigida por Ava DuVernay y protagonizada por el británico de origen nigeriano David Oyelowo –que no ha sido nominado como mejor actor, lo cual ha provocado cierta polémica en Estados Unidos-. Selma dista mucho de ser una película autobiográfica sobre Martin Luther King. De hecho, arranca con el predicador y activista recibiendo el Premio Nobel de la Paz después de la marcha sobre Washington y la Ley de Derechos Civiles de 1964.

Selma es una ciudad del estado sureño de Alabama con mayoría de población negra que, sin embargo, en 1964 no contaba con apenas negros registrados como votantes, ya que los impedimentos políticos y burocráticos prácticamente lo impedían, en una zona de Estados Unidos particularmente segregacionista. La película se centra en la llegada de King y sus colaboradores a esta ciudad, elegida como símbolo para luchar por el derecho a voto de los negros en el sur estadounidense y en todo el país.

Con este objetivo, el activista y sus colaboradores organizan una marcha desde Selma a Montgomery (capital del estado de Alabama) para reclamar el derecho efectivo a voto, en un contexto de falta de acuerdo con el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson –sucesor de John Fitzgerald Kennedy, asesinado en 1963- y de auténtica guerra abierta por parte del gobernador de Alabama, George Wallace. Es precisamente su capacidad represiva –con colaboraciones del FBI dirigido por John Edgar Hoover– la que centra las imágenes más duras de la cinta: las de los intentos de cruzar el puente Edmund Pettus Bridge, las brutales respuestas policiales y el ‘Domingo Sangriengo’ o Bloody Sunday.

La injusticia sí fue televisada

Si algo transmite particularmente bien Selma es la sensación de injusticia flagrante, de brutalidad manifiesta contra una población en busca de sus derechos de forma pacífica. El ensañamiento de las fuerzas del orden –entendidas como una masa informe, sensación que aún se acrecienta más en algunos planos por humo de los gases lacrimógenos- contra personas indefensas, de distintas edades y condiciones que intentan una y otra vez superar el muro de la represión institucionalizada.

Particularmente importante es el trabajo de los secundarios –con una excepcional Lorraine Toussaint– que apoyan las marchas de Martin Luther King siendo objeto de tremendos maltratos físicos que la película muestra con fidelidad y en ocasiones con una cierta crudeza.

Al tiempo que se ve la brutalidad policial, la película muestra al periodista del New York Times que cubría las marchas Roy Reed –interpretado por John Lavelle– que es quien pone voz al relato de la violencia policial contra la gente de King. A partir de ese relato, se muestra la sensibilización del resto de la sociedad estadounidense ante la situación; aunque no se deja de mostrar también la presión de la población blanca sureña y segregacionista hasta el extremo.

De Selma al Tarajal

Viendo ese debate entre minoría mayoritaria dominada y subyugada, y una sociedad civil que se mueve entre los extremos del racismo, pasando por la indiferencia, hasta la preocupación; es difícil no establecer la comparativa con la realidad cercana. Y, en ese momento, no es complicado relacionar Selma, la brutal represión, los jóvenes y niños que pierden la vida y el dolor de sus familias con la situación que en España presenciamos en nuestra frontera sur con Marruecos.

La película muestra una situación de injusticia flagrante y un Gobierno que gravita entre la brutalidad –en el caso del gobernador de Alabama- y la pasividad y el distanciamiento de los despachos –que muestra el presidente norteamericano Lyndon B. Johnson-.

La ventaja histórica –la que nos da observar los acontecimientos pasados con los ojos de hoy- pone claramente al espectador en los zapatos de los activistas de Selma. Provoca que, ante la pantalla, suframos con sus pérdidas, empujemos para su éxito y estallemos de rabia ante la actuación del Estado de Alabama y sus fuerzas del orden.

Esta asunción de parte, tan lógica, tan humana y tan motivada por la película en una lucha que ha sido justamente legitimada por el transcurso de la Historia; es más difícil de trasladar cuando hablamos de los inmigrantes que intentan llegar a otros países, sea a través de Ceuta o Melilla, el Estrecho de Gibraltar, la isla italiana de Lampedusa o la frontera entre México y Estados Unidos.

¿Cuál será la película que, en unas décadas, contaremos sobre esta historia? ¿Estaremos en el lado de los opresores, de los indiferentes, o de los oprimidos? En Selma se ven bien claras todas estas actitudes. Probablemente en el caso de la inmigración en España muchos queramos situarnos en el lado de la justicia, aunque no sepamos muy bien si nuestros actos nos están situando en la indiferencia o en el rechazo.

En Selma la actuación de Martin Luther King lleva a un movimiento de solidaridad de muchos estadounidenses blancos –especialmente vinculados a movimientos cristianos que empatizan con el predicador afroamericano-. Salvando las distancias –que evidentemente son muchas, para empezar porque la población negra ya tenía una ciudadanía norteamericana que requería que sus derechos fueran reconocidos-, también podemos plantearnos en qué punto está  nuestra sociedad a este respecto.

Polémicas y nominaciones

Los Óscar han reconocido a Selma con las nominaciones a Mejor Película y a la Mejor Canción –por una excepcional ‘Glory’ de John Legend, ya premiada en los Globos de Oro-, pero no han incluido a ninguno de sus actores en las categorías a las mejores interpretaciones. Reconocimiento que bien habrían podido merecer el protagonista David Oyelowo –aunque para mi gusto quizás demasiado contenido-, la directora Ava DuVernay, o Lorraine Toussaing como mejor actriz de reparto.

Esto ha provocado cierta polémica tildando de racismo a la Academia –que, sin embargo, el año pasado dio el Óscar a ’12 años de esclavitud’- con algunas declaraciones como la del protagonista de ‘Descifrando Enigma’, Benedict Cumberbatch, que pidió literalmente la nominación de Oyelowo.

Además, la relación que Selma muestra entre King y Lyndon B. Johnson –de desconfianza y falta de cooperación hasta el enfrentamiento- ha sido negada por colaboradores del entonces presidente, como Joseph A. Califano Junior, que escribió un artículo en The Washington Post negando algunas de las tensiones que muestra la película y asegurando que incluso Johnson fue quien aconsejó a King que focalizara su lucha por los derechos de voto de los negros en Selma.

Polémicas aparte, Selma es una muy digna película que permite trascender de Martin Luther King a la lucha concreta de la población negra como ente colectivo. No se pierde en el ego del líder, o incluso en la relación con otro activista clave de ese periodo como Malcom X, y mantiene el protagonismo de los hombres y mujeres que lucharon por su derecho al voto. Y encima, nos puede hacer pensar, lo cual ya puede merecer el pago de la entrada.

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