El debate sobre el debate

Además de terremotos, consejeros de Bankia imputados y muchas encuestas autonómicas, esta semana se celebró en el Congreso el Debate sobre el estado de la nación. Ya saben, ese día en el que dos señores con corbata se dedican a mostrar lo enfadados que están el uno con el otro y luego se van a la cafetería mientras el resto de grupos les cantan las cuarenta en su turno.

Era la primera vez para Pedro Sánchez y el noveno debate de Mariano (sumando gobierno y oposición), y lo más seguro es que sea el último para al menos uno de los dos. Por eso, aunque en el interior del hemiciclo las cosas sonaban más o menos como siempre, desde fuera se sentía como un gran acto final, un epílogo de este maltrecho bipartidismo. Y es que aunque ese precioso objeto retro al que llamamos prensa escrita se empeñaba en publicar grandes fotos de los dos líderes, la tozuda realidad tomó la forma de CIS y mostró lo que la gente pensaba fuera de las redacciones.

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Este es el punto en el que están las cosas. El bipartidismo no es capaz de vencer ni en un debate pensado para su gloria y exhibición. Los ojos y el corazón de la gente están en otro sitio, sean Iglesias, Riveras o Belén Esteban. Por eso el primero de ellos, siempre astuto, montó un debate paralelo en el que se autoproclamó líder de la oposición, avanzó algunas medidas de su programa, atizó al presidente y le invitó a debatir en televisión. Un movimiento ágil que sin duda habrá tenido su efecto, pero que más allá de lo exótico no difiere demasiado de lo que había pasado dentro del Congreso. Una intervención que, por formularlo de otro modo, no soluciona el dato que más me ha llamado la atención de la encuesta de CIS.

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Es indudable que el año que viene a estas alturas tendremos un Congreso muy distinto. Habrán entrado ideas y caras nuevas, y sacar una ley adelante no será en ningún caso el rodillo con forma de mayoría absolutísima que el PP ha sacado a pasear durante esta legislatura. El cambio, visto el panorama actual, es algo que agradeceremos. Pero no deberíamos quedarnos ahí. No deberíamos conformarnos con ver a Albert Rivera, a Pablo Iglesias o a pongaaquíelnombredesunuevopolíticofavorito midiendo la longitud de su entrepierna mientras que los cronistas políticos juegan a ser periodistas deportivos por un día (Rajoy resistió los ataques de un Sánchez a la ofensiva y cosas así). ¿Es esto lo mejor que se puede hacer con las jornadas parlamentarias más seguidas del año? Creo que la respuesta está clara.

Un debate de verdad

Hay algunos cambios que, pase lo que pase tras las generales, llegarán sí o sí. Los partidos empezarán a hacer primarias por sistema, los políticos tendrán menos privilegios y seguramente tengamos una nueva Ley Electoral. Con un poco de suerte, también habrá una separación de poderes un poco más efectiva, se dejará a los jueces trabajar y los corruptos dejarán sus escaños a toda velocidad. Si este jaleo ya parece considerable, añadamos al saco una más que probable reforma fiscal, medidas agresivas contra el paro, reflotar la industria, combatir la desigualdad y peleas con Europa para afrontar la deuda. Si da tiempo, leyes educativas, reformas laborales, pensiones y sanidad también estarán sobre la mesa. Y no estoy hablando del programa de Podemos, que a priori puede parecer la opción más reformista, sino de temas que estarán sobre la mesa independientemente de los colores dominantes en el Congreso.

Y no he hablado de Cataluña y Euskadi/Navarra.

Vértigo, mucho vértigo.

Por eso, porque seguro que en un año no tendremos tiempo (con razón) para detenernos en estas minucias, este es el mejor momento para hacerlo. No basta con mirar el debate y reírnos o llorar al contemplar a dos señores con corbata intercambiando reproches como Pimpinela. ¿Qué es lo que no nos gusta? ¿Queremos ver desfilar a los políticos uno detrás de otro haciendo propaganda o preferimos otra cosa? ¿A qué se debería parecer algo llamado Debate sobre el estado de la nación?

Amigas y amigos, ha llegado la hora de construir. Y como no me apetece parecer un loco pegando gritos en la puerta del supermercado, dejo algunas ideas para discutir.

Un debate sobre el estado de la nación suena a balance, a dejar un momento de lado la corriente de la actualidad y mirar con un poco de perspectiva lo que se ha hecho. Sería el momento para hablar de las leyes que se han aprobado, de cómo han funcionado y de cómo se pueden mejorar. También tocaría reflexionar sobre los problemas más urgentes que toca resolver y la mejor manera de hacerlo, así como recordar el estado de cumplimiento del programa electoral que se esté intentando cumplir en esa legislatura.

Los máximos líderes políticos tendrían que hablar, por supuesto, pero quizá también los ministros responsables de las políticas que se discuten o los afectados por ellas. No se me ocurre mejor manera de valorar la implantación de una reforma de la justicia que con un representante de los jueces explicándolo en sede parlamentaria, o a un representante de los profesores para hablar de cómo está funcionando la reforma educativa.

Los periodistas también tendrían, tendríamos, que hacer nuestra parte y dedicar las jornadas previas a explicar de qué se va a hablar, para contribuir a que la gente esté informada y sea más difícil vendernos la moto. Para ello quizá deberíamos renunciar a la espectacularidad de presentar estas jornadas como un combate de boxeo, pero a cambio quizá contribuyera a la creación de una ciudadanía más activa que marcara el debate en lugar de que se lo marquen otros.

Y por supuesto, en el debate ideal que bosquejo en estas líneas, los aplausos no se escuchan hasta el final de las intervenciones.

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Una respuesta a “El debate sobre el debate

  1. Como siempre, eres muy optimista. La idea que planteas es no solo interesante, sino más bien necesaria, pero hay algo que no has tenido en cuenta en el análisis. Más allá de lo que le interesa a la ciudadanía o al país en este tipo de debates, lo que hay que preguntarse es qué le interesa a los que tienen la capacidad de cambiarlos. Solo si esas dos líneas van en el mismo sentido conseguiremos algo porque, si no, el cambio no va a caer del cielo.

    Al final, esto, como bien dices, es una competición para ver quién mea más largo. Una competición que, si tenemos en cuenta la personalidad de los representantes de la “nueva política” y su forma de hacer y de decir, va para largo y no va a cambiar en la próxima legislatura.

    Por otra parte, yo no doy por muerto (o al menos tanto como tú) ni al bipartidismo, ni a la vieja política (aunque esta llegue con nuevos logotipos). Para empezar, la campaña de acoso y derribo a Podemos (en la que ellos también han puesto sus granitos de arena) parece que empieza a dar resultados en las encuestas y eso que no hemos empezado todavía a votar: en Andalucía primero y, después, en muchas comunidades autónomas les va a tocar mojarse y ahí, como ya le ha pasado a IU con Andalucía y Extremadura, van a quedar mal hagan lo que hagan. Queda mucho para noviembre.

    Sobre la nueva política, las primarias y la rendición de cuentas. Ahora mismo, en Madrid, por ejemplo, los candidatos que mayor consenso están consiguiendo entre partidarios y detractores están puestos a dedazo (sin mirar a lo de ayer) y los que fueron legítimamente elegidos en primarias, de patitas en la calle. Una buscando un clavo ardiendo al que agarrarse y el otro intentando correr más que un tranvía. En las primarias de Podemos, por otro lado, aunque el dedo del líder no es infalible, acierta casi siempre. Y, si no, hasta la corrección de género o una lista de consenso (si eso no es dedazo…) están ahí para echar una mano.

    En definitiva, casi todo el que se mete en este juego es porque el poder le atrae y, si no existen medidas externas que controlen eso, esa atracción acaba convirtiéndose en lo que todos sabemos y poco podremos cambiar no solo del debate sobre el estado de la nación, sino de todo lo demás, también.

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