Vida en una película de la Nouvelle Vague

Ana parpadea varias veces sobre un fondo blanco y cobra la consciencia repentina de ser la protagonista de su propia película. La ansiedad que había controlado sus pulsaciones con un solo puño durante los últimos años -mientras aceptaba insegura trabajos que la alejaban de su naturaleza, mientras se acostumbraba a la sensación permanente de transitoriedad con que las restricciones temporales y geográficas impregnaban sus relaciones sociales, y mientras luchaba contra su amor propio por los hombres de los que no debía haberse enamorado- ha desaparecido. Piensa que se ha marchado en grúa porque pesaba doscientas toneladas.

En su lugar ahora hay oxígeno. Ana respira hondo y disfruta de la tranquilidad. Después escucha en silencio por si el director de la película está dando pistas en forma de narración omnisciente acerca de qué viene después.

Nada.

A partir de entonces es consciente de que está tomando decisiones por su cuenta. Se alegra de asumirlo, porque la responsabilidad asociada a no tener ni idea de cómo gestionar lo desconocido ya era suya independientemente de quién tomara activamente la decisión, y acatar las órdenes de otros implica decidir actuar como sujeto pasivo en cualquier caso. La vida es tomar decisiones. Contempla su razonamiento como una manera, entre muchas, de resumir la existencia. Después se da cuenta de que se le está haciendo tarde y sale corriendo de casa.

Ana espera a su amiga apoyada en una valla publicitaria de la estación de tren. Mientras caminaba hacia allí le ha dado una patada sin querer a un tapón de plástico que alguien había tirado al suelo. La trayectoria descrita por el tapón ha sido una línea recta perfectamente perpendicular a los zapatos de un desconocido, que a su vez le ha dado otra patada en una dirección distinta y se ha reído.

Un hombre joven que ha presenciado la operación se acerca a Ana cuando ésta continúa esperando. Se presenta como Juan. Ella le dice “todos los chicos se llaman Juan” sin saber por qué y mira hacia otro lado en un hipérbole que pretende clarificar su desconfianza por la situación. Después come un lacasito. A pesar de ello, Juan insiste en tomar un café mientras ambos esperan. Ana le mira directamente para tomar su decisión. Parece una persona normal, si bien repara en que tiene un ojo rojo. Le dice “tienes un ojo rojo”, a lo que él contesta “y tú la lengua azul”. Ana le ofrece su bolsa de lacasitos mientras piensa que la vida es una sucesión de detalles aleatorios que más vale divertirse gestionando. Contempla su razonamiento como otra manera de resumir la existencia. Entonces divisa a su amiga y se despide de Juan rápidamente sin darle tiempo a reaccionar.

Ana y Verónica están sentadas en un lateral de la azotea de la estación. Ana le cuenta cómo esa mañana, de repente, se había encontrado completamente tranquila de una forma que hasta entonces solo asociaba a las vacaciones de verano en edad escolar, sobre todo cuando iba a los sitios montada en bicicleta. Verónica le da un abrazo, contenta. Luego dice que la vida es un cambio constante y que a veces es difícil determinar qué estamos haciendo y si nuestras actuaciones están en línea con nuestros valores en medio de toda la confusión. Dice “si estás tranquila, significa que te has reconocido y que te gustas”. Ambas reflexionan sobre ese razonamiento mientras miran el paisaje a través de los cristales de sus gafas de sol y anhelan que acabe el invierno.

Dado que continúan en la estación, las amigas deciden coger el tren y pasar el resto del día en alguna de las ciudades vecinas paseando como lo hacían los filósofos. Con esta disposición en mente bajan a la zona de andenes, donde se encuentran con Juan, que de alguna manera también sigue por allí. Le invitan a unirse, aunque Ana sospecha que se trata de un espía de algún grupo organizado.

Los tres se montan en un vagón que va casi vacío, a excepción de un señor de abrigo largo, un militar y un gorrión suicida. Cuando el señor ve al gorrión, intenta atraparlo con el abrigo para devolverlo al exterior. Mientras tanto, el militar conoce todos los códigos apropiados en este tipo de situación y da aviso del suceso al personal ferroviario, que retrasa la salida del tren hasta que el pájaro es puesto en libertad. En los otros vagones, la gente no entiende el motivo del retraso. Piensan que tal vez se trata de una huelga encubierta. Entonces el tren se pone en marcha y Ana se pone seria. Con tono misterioso, le dice a Juan “no le cuentes a nadie lo del pájaro”. Hoy Ana cree de verdad que la vida puede salirle bien a pesar de que a veces todo parezca ir en contra.

***

Foto de portada: Intercity Train (Foto: Flickr-Halftrain)

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