Donde tengas la olla…

-Bueno, pero entonces, ¿estamos juntos o no?

Le ha pillado un poco distraído, pero la invectiva le alcanza como un dardo en plena espalda y lo devuelve a la realidad. A ese momento. Se gira. La mira, ligeramente desconcertado.

-Pues… sí… ¿no?

Ella se encoge de hombros con impaciencia.

-Y yo qué sé, hijo. Y yo qué sé.

Él traga saliva.

-¿Cómo que tú que sabes?

-Pues eso es lo que te estoy diciendo. Que no lo sé. Que cada semana es una cosa distinta y así es imposible que una se aclare.

Mierda. Está crispada. Por eso él sabe que va a tener que medir todo lo que diga a partir de ese momento con la pulcritud de un sastre. Porque todo va a ser utilizado en su contra. Sus palabras de pronto han quedado reducidas a material altamente inflamable. Pero, aún así, tiene que usarlas, porque igualmente su silencio es nitroglicerina pura. Carraspea. Para ganar tiempo. El carraspeo es el mejor invento de la historia de la humanidad. Lástima que dure tan poco. En efecto, la tregua ha expirado tras dos milésimas de segundo. Le toca terciar con lo más inteligente que se le ocurra. Por fin se la juega y lo suelta:

-¿A qué te refieres?

Ya está. ¡La pelota ya está en el tejado de ella! ¡Sí, señor! ¡Qué dribleo de campeón! El estadio se pone en pie y prorrumpe en cerrada ovación. Gracias, gracias, dice él, mano al pecho, genuflexión cefálica en señal de modestia. Falsa, por supuesto. Porque ha demostrado con creces que es el puto amo. De la diplomacia, de la sagacidad, del maquiavelismo, del jugar al despiste, de la gestión de las relaciones humanas, de la psicología, ya sea la inversa o la que está al derecho…. En fin,el puto amo. Pero cuando aún se está felicitando por su habilidad y secándose el sudor en una esquina del cuadrilátero, le llega el contraataque, casi sin verlo venir. Alevoso derechazo. Le quitan la toalla. Lo empujan de vuelta al ring. Ella ha respondido:

¡Pues me refiero a lo que me refiero!

¡Eh! ¡Eso es trampa!, le ruge al árbitro, encampanado en el colmo de la indignación. ¡Ha utilizado un argumento tautológico perdido! ¡Así no se vale! Ya no juego. Da lo mismo. Está de nuevo contra las cuerdas. Resopla. Da saltitos para calentarse y que la sangre le circule mejor, por autopista de tres carriles en dirección cerebro. Le llega el chute sanguíneo y siente la tentación de preguntarle “¿pero a qué te refieres con lo que te refieres?”.

Sin embargo, una especie de sexto sentido se apiada de él y le permite intuir el bucle infinito en el que va a quedar atrapado el resto de su vida en caso de que formule esa pregunta. Además… ¡qué demonios! ¡Él es un sofista nato! ¡En peores plazas ha toreado su labia! Si acepta sin más ni más el consejo del “yo” comodón y se aprovecha del recurso fácil, su amor propio y el prurito de estratega no le van a dejar en adelante ir con la cabeza alta por la calle. Se tendría que cortar la coleta. Qué va. Él sabe hacerlo mejor, así que ejecuta un triple salto mortal y dice audazmente:

-Hablémoslo con calma.

Ella rechina los dientes. Pone los ojos en blanco. Bufa. Pues parece que su brillante apostilla no era tan brillante. Desde luego, no hay quien la entienda. Es para echarle de comer aparte. Por lo menos, la ha provocado lo suficiente como para que hable.

Pero si es que yo ando contigo más perdida que un burro en un jardín. ¿Se supone que estamos en el mismo barco o no?

-Yo contigo en el mismo barco hasta que se ahogue el último músico, mi vida.

Ella había abierto la boca para seguir con la diatriba, pero se queda callada un momento. En suspenso. Indecisa. Ahora sí que la ha sorprendido. Él aprovecha la pausa para sonreír ladinamente y acercarse como un cachorro a recibir su paga en carantoñas. Pero, en lugar de eso, ella enarca la ceja sin previo aviso y le suelta un palo. Un palazo:

¿Quieres dejar de decir cursilerías y gilipolleces, que esto es muy serio?

Él retrocede gimoteando. Refunfuñón. Eso sí que no se lo esperaba. Creía que había asestado un golpe maestro y resulta que es él quien se lo ha llevado. Cáspita. Caracoles. Qué calamidad más calamitosa. Si ni siquiera puede tirar de romanticismo está apañado. Ya puede fusilarle los derechos de autor a García Márquez, titular esa conversación como “Crónica de una muerte anunciada” y pedir su última comida al capellán de la penitenciaría. Macarrones con chorizo y queso gratinado, que quede así bien churruscadito… Pero espérate, que ella está agregando algo. ¿Acaso alguien ha pedido una de indulto…?

-Es que no sé si seremos buenos compañeros de cama…

Ya está ahí. La puntilla, digo. Ya no es que tenga que cortarse la coleta. También las orejas. Que se le han quedado gachas. Y el rabo. Que mejor no especificar cómo se le ha quedado. La muerte ha sido cruel. Algún lobby pro vida debería protestar enérgicamente por la manera tan sucia en que se ha llevado a puerto su ejecución. El golpe ha sido bajo. Bajísimo. Su orgullo tan fatalmente herido se revuelve. Se lame las heridas con resquemor. Y se reivindica.

Yo creí que en ese ámbito siempre había dado la talla… Nunca había tenido quejas.

Ella se le queda mirando. Se masca la tensión. El silencio que inunda la habitación está infestado de grumos.

-¿En qué ámbito? –pregunta al fin.

-Pues… en el que acabas de decir… En el ámbito de la alcoba.

Y ella, implacable, pestañea.

¿Pero de qué alcoba hablas?

Ahora es él quien se impacienta.

-A ver si la que no se va a aclarar eres tú, ¿eh? ¿Cómo que qué alcoba? ¡Si acabas de decirme que no sabes si somos buenos compañeros de cama!

¡Es una expresión hecha, por amor de Dios!

-¿¿Una expresión?? ¿Cómo que una expresión?

-¡Pues sí! ¡Una frase hecha de toda la vida! ¡Una metáfora! ¿De qué te crees si no que estamos hablando?

Pues no lo sé, Tania, no lo sé. ¡Dímelo tú! ¿De qué estamos hablando?

Pues de política, Pablo, de política…

Él se mira la punta de los zapatos y masculla:

-Claro. Ya lo sabía.

***

Foto de portada: ‘La cama deshecha’ (Foto: Losmininos-Flickr)

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