El cuento de nunca acabar

Érase una vez, en un país muy muy cercano, una joven becaria llamada Blanca. Blanca era la becaria más trabajadora y motivada de su empresa, pero se le acababa el período de prácticas en poco. Un día, la malvada jefa de la empresa multinacional donde trabajaba consultó su espejo mágico para saber si la recuperación económica ya había llegado; y éste le contestó que, pese a lo que dice el gobierno, la recuperación todavía tardaría en llegar.

Movida por la ira que le provocaba este pronóstico, la malvada jefa empezó a tramar su plan: para poder contratar a Blanca, la única alternativa que le quedaba era rebajarse su propio sueldo. Esto le dolía especialmente, porque su salario era de los más bajos entre los altos cargos de la empresa, y bastante inferior al  de sus compañeros con la misma formación. La malvada jefa decidió entonces tomar medidas drásticas: llamó al ‘cazador’, el responsable de Recursos Humanos encargado de despidos y EREs, para comunicarle que quería mantener a Blanca en la empresa sin pagarla.

El ‘cazador’ se reunió con la joven para proponerla que siguiese con las prácticas estudiando un curso de cualquier temática y de dudosa calidad. Sin embargo, tras un rato de encuentro, la situación cambió. Blanca le comentó que, como cualquier joven, tenía planes de vida que quería llevar a cabo y necesitaba que la remuneraran de forma justa por su trabajo. El cazador se ablandó y la dejó escapar.

Blanca salió de la empresa, tomó aire y respiró aliviada. Pero pronto los pensamientos y la incertidumbre sobre su futuro empezaron a agobiarla. Tanto es así que la única salida que vio a su situación, fue quedarse a vivir en casa de sus siete tíos. A su llegada a la casa Blanca fue acogida con amor y una gran cena; pero a la mañana siguiente descubrió que su estancia no iba a ser tan idílica como esperaba: pese a que la joven pretendía aprovechar para buscar empleo, en seguida sus tíos le encontraron un trabajo “mejor para ella”.

Uno de sus tíos está gravemente enfermo y como la asistenta que venía a cuidarlo ya no lo hace debido a los recortes, ahora será Blanca quien le bañe, le cure y se encargue de su medicación. Además también tiene que cuidar al mayor de sus tíos, que sufre alzhéimer y la mayoría de las veces no recuerda ni su nombre. El centro al que iba todos los días ha cerrado, y en su lugar, se levanta ahora un macro centro comercial.

Otro de sus tíos, que no está enfermo ni trabaja, entiende que estos cuidados no van con él, mucho menos ahora que está Blanca por allí ya que, según él, “ella sabe más de esas cosas”. Por si fuera poco, el resto de sus tíos trabajan con horarios poco compatibles con la vida: cuando salen de trabajar, cualquier comercio está cerrado. Así que la joven aprovecha los ratos libres, entre cuidados y trabajos de la casa, para hacer la compra, arreglar papeles, ir al banco…

Una mañana recibe un whatsapp de su malvada exjefa en el que adjunta una imagen con un contrato parcial que seduce a Blanca a primera vista. Piensa que la opción de trabajar la liberaría de muchas de las tareas de la casa y, a la vez, le permitiría ahorrar dinero para hacer su propia vida. Lo que ella no sabees que es una trampa, ya que sus tíos han interiorizado que esas tareas eran responsabilidad exclusiva de Blanca independientemente de que trabajara fuera de casa. Encima, el poco dinero que ganaría a final de mes no le daría ni para el alquiler.

Blanca no es Blancanieves, ni es sólo Blanca. Blanca son ese 7% de las mujeres a las que se consideran paradas cuando están cuidando niños, mayores o familiares con discapacidad. Que se dedican a ‘eso’ que el Instituto Nacional de Estadística denomina “actividades productivas no de mercado”, que son horas de trabajo, pero no se considera empleo. Este conjunto de mujeres que, de manera invisible, invierten 4.541 millones de horas al año, según el ya extinto Ministerio de Igualdad, para cuidar a familiares dependientes.

Una histórica invisibilidad detrás de la cual se esconde una lógica de mercado que lleva a considerar trabajo sólo las actividades con valor monetario. Y como consecuencia, expulsa del ‘mercado de trabajo’ a las mujeres que, prácticamente de manera automática, son las que se ocupan de los cuidados (no remunerados) cuando son necesarios.

Una situación que se ve intensificada por unas políticas de recortes que devuelven todos estos cuidados al ámbito privado. Y como consecuencia, la mujer no sólo se ve expulsada del mercado laboral sino que también pierden representación en todas las esferas de la sociedad.

Se hace, pues, necesario desnaturalizar el trabajo de cuidados como algo inherente a lo femenino y en un segundo plano. Sólo así conseguiremos que todas las mujeres puedan elegir en igualdad de condiciones que empleo quieren tener sin verse condicionadas por la presión de tener que cargar con el trabajo reproductivo y de cuidados.

¡Contra el paro, la precariedad y sus culpables!

Oficina Precaria

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Foto de portada: Blancanieves riot (Foto: r2hox-Flickr)

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