Contra la mujer trabajadora

“Cuando hablo de ‘la liberación de la mujer’ no me refiero a que la mujer se libere, sino a liberarse ‘de la mujer’” (Isabel Escudero)

Este pasado domingo se celebró el día de la mujer trabajadora. Tal conmemoración comenzó en Austria, en 1911; y con el tiempo se ha extendido a casi todos los países de occidente. Pero lo que antaño celebraba, sobre todo, el acceso de la mujer a la libertad política y social (derecho al voto, igualdad de derechos constitucionales, etcétera), cada vez más ha ido con el tiempo convirtiéndose en otro elogio velado del trabajo. Incluso el nombre del día, “de la mujer”, se ha convertido ya sin remedio en “de la mujer trabajadora”. No sé si porque las mujeres que no trabajan deben excluirse, o porque, como ellas mismas dicen, “ser ama de casa también es un trabajo”. “Depende de qué ama de casa”, podría replicarse. Porque, sí, las amas de casa de baja renta tal vez malgasten sus días en tareas vanas y tediosas de las que no pueden sustraerse; pero el mal congénito de las amas de casa de clase alta ha sido siempre el aburrimiento. También aquí establecen las clases sus diferencias. Y obsérvese con qué sarcástico retintín se agita en la locución la palabra ‘ama’, como si en la casa no hubiese más voluntad y más poder que el suyo, el femenino.

Pues bien: sospechamos algunos, con bastante pesar, que este elogio de la mujer trabajadora esconde en su núcleo muchos malos motivos. El trabajo, como se sabe, o como se debería saber, ha sido considerado por todas las culturas una gran desgracia, y la misma etimología de la palabra (“trabajar” viene de “tripaliare”, que significa ‘torturar’) no esconde su más que razonable mala fama. En la antigüedad, tanto los griegos como los romanos lo consideraban una actividad indigna del ser humano, y para ello delegaban las tareas más duras y necesarias en los esclavos. Como también se sabe, la ética del trabajo no llega hasta el siglo XVII a este mundo nuestro; y asociada a un sentimiento de angustia religiosa y existencial nada sano. Sólo con la llegada de la modernidad se empezó a dar trabajo a los menesterosos para que estos no perturbaran el orden social de los pudientes: y así, como método de control social en los albores de la industrialización, nació esta maravillosa esclavitud asalariada bajo la cual todos malvivimos.

Que la sociedad occidental es también patriarcal en su fundación no puede negarlo nadie. Lo que a mí me llama la atención es que el movimiento feminista, o lo que como tal se nos vende, haya aceptado sin más las estructuras sociales como si se trataran de carcasas vacías: o sea, como si no estuvieran fabricadas por los hombres y para los hombres, sino para cualquier sexo que pueda medrar en ellas. De tal modo que, si una mujer se vuelve corredora de bolsa, no se sospecha si tal oficio posee connotaciones masculinas inherentes, sino que prima el deseo de alcanzar –sin juzgarlo– lo que han fabricado los hombres quizá perversos en su afán de dominio. O, por poner otro ejemplo: el embarazo como una tara a la hora de ascender en la empresa. Sólo una visión masculina del éxito sancionaría la gestación de futuros seres como un impedimento económico.

A esto se le añade que la mayoría de las reivindicaciones de las mujeres en los años finales del siglo XIX y los primeros del XX exigían cosas razonables y buenas: poder votar, acceder a una educación superior, o no depender de la voluntad de su marido o de su padre para ciertas actividades legales. En ésos ámbitos, en efecto, la diferencia sexual no marca ni pauta el contenido de lo que se reclama: los saberes (tanto ciencias como humanidades puras) rehúyen la cosificación sexuada. Pues al contenido de la matemática o de la gramática, o de la física o de la filosofía, le resulta indiferente el sexo de quién razone.

Por otro lado, la participación en la res pública, en la política activa, también parece relevante, porque en una comunidad regida –según la propia comunidad dice– por un gobierno del pueblo o democracia debe incluir a todos sus miembros. Lo mismo puede aplicarse a todas aquellas leyes que regulan, no la relación entre los débiles y los fuertes, que en ese caso la justicia debe tender a equilibrar las fuerzas, sino la relación entre el estado y sus súbditos, que deben resultar equitativas sin clasificar a estos en dos géneros salvo cuando las diferencias fisiológicas ineludibles lo requieran.

Mujer en cocina

Nada semejante sucede cuando las pobres mujeres, confundiendo igualdad con sumisión al mismo Amo, y no sospechando que ciertos oficios son por esencia ideológicos u odiosos, reclaman (¡santa madona!) para sí la ocupación de cargos por completo ajenos a lo que, a mi juicio, reclama su naturaleza. Lo cual nos sitúa en dos ámbitos que yo sugiero observar con desconfianza: el primero, en el elogio ciego del trabajo como algo bueno. El segundo, en la consideración de que la sociedad creada por el hombre no es masculina sino neutra.

No obstante, antes de proseguir y de terminar (hoy vamos a ser breves), quiero aclarar eso tan ambiguo de “su naturaleza”. Pues seguro que más de una lectora, y quizá más de un lector, haya fruncido el ceño. Cuando digo ‘naturaleza’ femenina no me refiero a “eterno femenino” de Goethe ni nada semejante, sino a lo que han dicho, antes que yo, dos personas con mejores y más precisas palabras. Primero, el dibujante Miguel Brieva, en una entrevista concedida en 2012 para Tercera Información:

Los valores del hombre (conflicto, superación, prepotencia, beneficio individual, unidireccionalidad), es decir, los que rigen la humanidad, no son precisamente los más beneficiosos para la especie -para la felicidad de la especie-, pero hasta ahora se han mantenido inamovibles, tal vez por ser “activos” e “impositivos” frente a otros valores más “pasivos” (empatía, cuidado, bien común), que parecen preservar en nuestra especie precisamente las mujeres.

Segundo, Theodor Adorno, que en su libro Dialéctica de la Ilustración explica de modo asombrosamente despiadado y preciso cómo el hombre se apoderó de la mujer, cuya naturaleza le resultaba constantemente amenazadora, pues su ansia consiste en dominar la naturaleza hasta en sus más recónditos recovecos:

Pero la preocupación por el animal irracional le parece ociosa al animal racional. La civilización occidental se la ha dejado a las mujeres. Estas no participan propiamente de la clase de aptitudes de las que surgió dicha civilización. El hombre debe salir a la vida hostil, debe actuar y luchar. La mujer no es sujeto. Ella no produce, sino que cuida a los productores: recuerdo vivo de los tiempos ya desaparecidos de la economía doméstica cerrada. La división del trabajo impuesta por el hombre le ha sido poco favorable: ha hecho de ella una función biológica, una imagen de la naturaleza, la opresión del cual ha sido el título de gloria de esta civilización. Dominar sin límites la naturaleza, transformar el cosmos en un inmenso territorio de caza: tal ha sido el sueño de milenios al que se ha conformado la idea del ser humano en la sociedad masculina.

Pues bien, he observado yo –y de cualquier ceguera que de aquí en adelante pueda percibir el lector hágame único responsable– cómo, en efecto, las mujeres se caracterizan por varios rasgos distintivos que las hacen, en su mayoría, sensiblemente distintas, de los hombres. Se encontrarán las excepciones que se quieran, pero desde niñas las he visto más vivas cuando de entender o explotar los sentimientos ajenos se trata. También más aplicadas tanto en los estudios, como en los deportes, como en cualquier actividad que requiera un elevado nivel de concentración. Más compasivas con el sufrimiento de los demás. Más reacias a aceptar las ideologías dominantes, y más propensas a desquiciarse –con razón– en cuanto una ideología se les mete bien en el alma. Más audaces a la hora de despreciar lo trascendente; que hasta tuvo que ser una santa, y no un santo, quien dijera aquello de “Dios también está entre los pucheros”. Poseen una risa limpia y fresca como nunca le he escuchado yo a ningún hombre, y una inteligencia más tendente a la chanza y a las excepciones que la mayoría de las masculinas.

Por desgracia, y como la sociedad las mata de diversos modos (reduciéndolas a ser, o esclavas de los hombres y de sus cánones, o proyectos de hombres inconclusas), también en sus más oscuras desesperaciones pueden mostrar un lado cruel y retorcido que desde siempre ha asustado al género masculino, porque no podían comprenderlo. Como bien explica Adorno, ese “estar más allá de lo masculino dominante y racional” las ha convertido en el objeto que con más miedo había que controlar.

Por ello, introducirlas en la sociedad masculina, y darles un trabajo masculino es sólo el último y más exitoso ataque por parte del varón para dominar y vencer a la mujer.

Qué desolación la nuestra, por lo tanto, cuando vemos perplejos cómo la historia de la liberación de la mujer no ha consistido en un “poner patas arriba” los terribles y poco imaginativos valores masculinos, y con ellos a la sociedad que los varones han fabricado; sino en solicitarles, como diciéndose también varonas ellas, que les dejen las migajas del banquete. Me irritan esos libros que se titulan “Las mujeres también dirigen empresas”: me dan ganas de decir: “¿También? ¡Nunca dejarán de sorprendernos! ¡Caramba con estas mujeres!”.

Y más desolación aún cuando ellas, entregadas a las obligaciones y al estudio con celo desde niñas, toman por una liberación el trabajo reglado porque les otorga la independencia económica. En realidad, lo único que han hecho ha sido cambiar de dueño. En vez de servir al hombre sirven al capital; cuando, en realidad, el capital también es una fuerza de dominación masculina. Los tiempos no muy lejanos en los cuales las mujeres podían encarnar con más fuerza y más razones cualquier rebelión contra el poder han quedado definitivamente atrás.

Thatcher

Las mujeres entraron en el mercado laboral moderno en el mismo instante en que al capitalismo le convenía aumentar de su mano de obra (a cambio de sueldos, por lo demás, bastante más bajos, como bien se sabe). Y entraron, evidentemente, para convertirse ellas en hombres si deseaban alcanzar los más elevados escalafones. ¿Quién duda, por ejemplo, de que los atributos de Ángela Merkel, Esperanza Aguirre o Margaret Thatcher son, clarísimamente, ostentar un buen par de cojones? Para alcanzar tan altos cargos hay que competir con los machos cabríos, y en ese ansia de dominio la verdadera mujer no tiene cabida.

Con la añoranza de ver, o vislumbrar, algún día, cómo sería una sociedad en donde sus más hondas estructuras respondan a una creación de las mujeres plenamente liberadas hasta de sí mismas, lo voy a decir bien claro: nada hay que celebrar en el hecho de que la mujer trabaje asalariadamente.

Larga vida, en cambio, a la mujer: sea esta lo que sea, con tal de que no se la confunda con un hombre ni con las limitaciones de este.

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