La barba fantasma

Un barbudo, pensó Arturo. Oh, no, por favor, no, otro no. Aceleró el paso, pero le fue imposible evitar fijarse en las pobladas barbas de los dos chicos que bajaban por la calle hacia él. Una de ellas era completamente negra, frondosa, como un agujero negro moviéndose por el tejido de lo real; la otra, casi pelirroja, con canas y matices de pelos rubios aquí y allá, cual cuadro de Van Gogh. Dos obras de arte del vello facial. Dos exquisitas obras de arte con grandes salidas en el mercado social de la segunda década del siglo XXI; todo el mundo compra. Lo peor de aquellas barbas, de cruzarse con esas matas de pelo tan cuidadosamente arregladas para parecer, precisamente, naturales; lo peor, y Arturo no podía dejar de pensar en ello, era acordarse de su propia barba, del orgullo con que la había llevado hasta que un buen día tuvo que afeitársela. Arturo se cruzó con los chicos y bajó la mirada, como si buscara algo en el suelo; quizá, se dijo maliciosamente, los restos de su amor propio.

Lo peor era acordarse de su propia barba, del orgullo con que la había llevado hasta que un buen día tuvo que afeitársela

Arturo era un especialista en hacerse daño a sí mismo; sabía que durante los próximos minutos iba a darle vueltas a lo mismo: ¿dónde está mi barba, por qué? Una y otra vez, una y otra vez, hasta que la conmiseración le invadió. ¿Quién diablos puede llevar esas malditas barbas hoy en día y tener un trabajo al mismo tiempo? ¿De qué vive esa gente? ¿Acaso esos dos chicos con los que se acababa de cruzar no eran unos privilegiados, unos niños bien, con una situación vital y económica tan saludable que se podían permitir no tener que afeitarse su tupido vello facial para agradar al equipo de Recursos Humanos de una corporación para la que no iban a ser más que unos números en un documento de Excel que nadie va a mirar nunca? No, aquellos chicos tan bien arreglados no tendrían que venderle su alma a nadie para sobrevivir. Él era una víctima incomprendida de un sistema homogeneizador y perverso; ellos, colaboracionistas de un mundo posmoderno y deshumanizado.

El autobús cerró sus puertas con estrépito y arrancó, levantando lo que a Arturo le pareció una nube de humo tóxico. ¡Eh, eh!, gritó, y amagó con correr detrás del vehículo, aunque se ahorró el trago en el último segundo. Genial, voy a llegar tarde al trabajo. Genial, esto es lo mejor que me podía pasar hoy, justo hoy. Por un instante se le ocurrió que aquellas barbas le habían traído mala suerte. Se angustió durante unos segundos con la idea de que una fuerza invisible iba a hacer que su día fracasara miserablemente, pero enseguida se recompuso. Soy más fuerte que todo esto, se dijo, y empezó a contar hasta diez, tal y como le había recomendado que hiciera su amigo budista, Antonio, que, según decía, había aprendido a controlar sus episódicos ataques de ansiedad con tan sencillo truco.

Se sentó en la parada y observó a la gente pasar, consciente de lo terriblemente normal que parecía

Se sentó en la parada y observó a la gente pasar, consciente de lo terriblemente normal que parecía y de las altas probabilidades de que nadie se fuera a fijar en él nunca jamás. Sin embargo, poco a poco, un rayo de esperanza se fue abriendo paso entre las tinieblas. Las barbas son ahora lo que se lleva, lo comercial, se dijo, son una moda. Y las modas son pasajeras, van y vienen, por eso son modas. En tiempo de barbas, él podía hacer bandera de su perfecto afeitado. ¿Por qué no? Y quizá peinarse el pelo hacia atrás con gomina. Algo en plan retorno a los años treinta, algo retro. Hoy en día triunfa todo lo retro. Afeitado y con gomina. Como en las películas de gánsteres de los años treinta (¡cine, una coartada perfecta, les va a encantar!, se regocijó ante la idea de plasmar su interesante vida interior de una forma tan original). ¿Bigote?. No, no, bigote, no. El bigote irónico ya no se lleva, su tiempo ha pasado, c‘est fini. Él fantaseaba con ser el pionero de un nuevo movimiento basado en la ausencia de vello facial: un rebelde.

Cuando las barbas pasaran de moda, al igual que lo han hecho los bigotes, los cardados, las chaquetas con hombreras y demás parafernalia infernal de tiempos pasados, él podría decir que ya lo había previsto antes que el resto. Tendría preparada una elaborada teoría que entremezclara oscuras películas de cine clásico que a casi nadie interesaban con la necesidad de una nueva tendencia que liberara al hombre moderno de la tiranía de las barbas. ¡Yo ya estaba aquí, joder! ¡Os lo dije, todos dejándoos barbas como borregos, siguiendo los dictados que tecnócratas de bata blanca diseñan en laboratorios para lavaros el cerebro! No hay nada mejor que la pulcritud de un hombre afeitado, yo lo sabía antes de que vosotros lo supierais, yo… Absorto en su idea, no vio pasar el siguiente autobús, que se alejó sin ni siquiera parar. Con la vista fija en el cielo y las nubes de marzo, pensativo, perdido en sí mismo, Arturo se llevó una mano a la cara para acariciar una barba que ya no existía.

***

Foto de portada: Litografía de Louis Léopold Boilly

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