The Sandman: El hombre detrás del sueño

Hay otros mundos, pero están en este.

Paul Éluard

No sé si recordáis aquella época en la que teníais miedo al acostaros. El miedo irracional y animal hacia el vacío oscuro de vuestra habitación. “Miedo”, una palabra que tiene la costumbre de apropiase de una banalidad casi infantil. Yo lo recuerdo muy bien. La zona de seguridad, donde me sentía a salvo y seguro, se desvanecía en la ansiosa quietud de los muebles y las articulaciones de las paredes. Cuando todas las luces se apagaban, yo sabía que alguien respiraba, que alguien me devolvía la mirada en la nada, apoyado en el marco de la puerta de mi habitación. La ridícula idea de que un hombre o algo peor acechara delante de la puerta, a unos metros de mi cama, era imposible y, sin embargo, era. Para algunos el Payaso It, para otros el Barón de Munchausen; el hombre del saco. Para mí, todos ellos y ellas eran Sandman.

“A la cama niños, que viene Sandman”. No hay memoria sobre los orígenes del misterioso señor que responde al nombre de Sandman. Según documentos y leyendas folclóricas de la cultura sajona y celta, Sandman era conocido como un ser mágico que esparcía arena en los ojos de los niños para llevarlos al sueño, siempre portador de una fina bolsa de arena en las manos, como lo representan los grabados de la época. Una presencia familiar y algo inquietante que incitaba a los niños a meterse en sus camas burguesas y apagar la luz temprano. Según varios estudios de folclore, la identificación con la arena y los sueños se debe a que, cuando estamos cansados, percibimos una especie de arenisca (algunos estudios la han identificado con las legañas) o leve molestia en los ojos que nos incita a dormir. No deja de ser significativo que en España sólo se encuentren rastros de Sandman en la cultura Gallega, tan apreciada de bosques, meigas, duendes y pequeños demonios.

La primera vez que escuché el nombre de Sandman tendría diez años, fue una soleada mañana de domingo viendo la televisión. Marty Macfly caminaba atónito y fascinado por las calles de Hill Valley en 1955 al ritmo de los acordes vocales de Mr Sandman (1945), el famoso hit grabado por el cuarteto The Chordettes y compuesto por Francis Drake Ballard:

“Sandman, I’m so alone
Don’t have nobody to call my own*
Please turn on your magic beam
Mr. Sandman, bring me a dream”

Dentro del mundo musical, varios grupos conocidos han rendido tributo al Señor del Sueño; Enter Sandman (1991) de Metalica o Sandman never sleeps (1985) de My Bloody Valentine, sin ir más lejos. Hans Christian Andersen, escritor de El soldadito de plomo y uno de los padres del cuento clásico, le dedicó un relato donde Sandman ―llamado Ole Lukoi en la historia― era retratado como un duende simpático y bienintencionado que amaba a todos los niños:

“He (Sandman) tiptoes behind them and breathes softly on their necks, and this makes their heads hang heavy. Oh yes! But it doesn’t hurt them for Ole Lukoie loves children and only wants them to be quiet, and that they are only when they have been put to bed”

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“ilustración de Vilhelm Andersen para el cuento de hadas Ole Lukoje, escrito por Anderson.”

Pero la historia que narro a continuación, tiene más que ver con una inquietante intuición que sospechaba no sé cómo ni por qué desde que escuché esos primeros acordes de The Chordettes ―simpáticos a priori― y que se aleja de los amables derroteros de las historias de Andersen y se acercan más a pulsiones dionisiacas y siniestras. La historia que narro a continuación, ocurrió de esta manera en mi cabeza y creo que evidencia bastante bien la magia y la maldición gustosa de la literatura, que a, fin de cuentas, son lo mismo. Al lío.

Hace tiempo oí hablar de Ernst Theodor Wilhelm Hoffman; escritor, compositor y  exponente del romanticismo alemán del siglo XVIII. Es un escritor que no conocía y empecé a verlo a menudo en los libros sobre literatura. Todas las biografías se empeñaban en señalar como dato definitorio que, debido a su devoción por la música, Hoffman  había cambiado su tercer apellido por Amadeus en homenaje a Mozart. Según lo poco que había leído sobre Hoffman en algunas reseñas, me caía bastante bien. Después de deambular por un par de bibliotecas, encontré a E.T.A (Amedus) Hoffman en una pequeña recopilación de sus relatos de título modesto: Cuentos I. Su aspecto de libro cansado de baratillo y polvo ejercía cierto magnetismo de coleccionista entre los brillantes libros de Seix Barral de la estantería. Acaricié las cicatrices del libro, lo abrí y leí una frase al azar:

¿No has sentido algunas veces, querido brahmán, elevarse en tu interior ideas que no podías conciliar con las que tienes por justas y prudentes, a causa de la costumbre que te inspiró la caduca moral de las nodrizas?

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Estaba claro: me lo llevé a casa. El título del primer relato no podía ser más oportuno y parecía que, sin pretenderlo, describiera mi relación con el libro: El Magnetizador. En el relato, una familia junto al fuego enlazaba historias sobre el origen de los sueños, el subconsciente como elevación superior del plano físico y de diversas consideraciones del espíritu sobre la materia; cuestiones propias de disciplinas que ya estaban en pleno auge en la Alemania de finales de siglo XVIII, como las artes hipnóticas y el mesmerismo. Pero a medida que avanzaba el relato, se desvelaba que María, la propia hija del barón y cabeza de familia, sufría una grave enfermedad desconocida para la ciencia, y que un amigo de su hermano, que responde al nombre de Alban, llega para tratarla a través de la magia magnética, un proceso del espíritu que influye en los sueños. El relato concluye con la carta del pintor Franz Brickett, amigo de la familia, donde cuenta que Alban envenenó los sueños de la hija del barón para poseerla (no tanto física como espiritualmente) y que, por un motivo o por otro ―suicidio, mal de amores―, toda la familia muere en unos pocos años como consecuencia del proceso de magnetización de María.

El Magnetizador me perturbó mucho durante los dos días que pasé leyéndolo. Había algo diabólico que trascendía el relato y te señalaba con dedo largo y calloso, como culpando al lector de algo que no llegaba a recordar. Con la escritura de Hoffman, parecía que me internase de nuevo en los bosques serenos del Demian de Herman Hesse; esa levedad espiritual y, de algún modo, cierta que maduraba de manera sagrada y temible en el lector para, justo después, quedar cercenada en una danza dionisiaca y primitiva que templaba la lectura.

A finales del siglo XVIII, El romanticismo alemán había cobijado ―gracias quizá a cierta permeabilidad del Luteranismo hacia lo profano― animales fantásticos y cuentos de alcoba, atmosferas lúgubres de castillos encantados y tapices de caballeros malditos y maniquíes rotos. Una literatura fantástica pretendiendo al cuento de hadas truncado, al horror bello, liviano y febril alejado de la tosca y, a veces, patética novela gótica inglesa. Así podría definirse al intenso tejido de los cuentos de Hoffman. Para la inspiración en la escritura, Hoffman había recurrido a procesos poco ortodoxos. Así describe Rafael Argullol, en La historia natural de los cuentos de miedo (2013) los excesos del proceso creativo de Hoffman:

“Hoffman vivió en un estado de delirio crónico. Para introducir lo imaginario en la realidad tuvo que intoxicar su nivel de conciencia y confundir lo objetivo con lo subjetivo (…) Las alucinaciones chasqueantes de los alcohólicos le suministran material abundante para sus relatos. Así Hoffman veía duendecillos y animalejos por los rincones de su casa. (…) ¡Hoffman propugnó un cuento fantástico realista porque él vivía lo fantástico en la realidad!

Volviendo al Magnetizador, quizá fuera por esta conexión con los sueños y lo fantástico, por la funesta y plomiza atmósfera o por el carácter episódico; el caso es que fueron ellas, las historias ante la luz de la chimenea de El Magnetizador, quienes me hallaron a mí mismo tropezando con similitudes narrativas y temáticas más allá de la propia literatura, concretamente en el cómic norteamericano. Yo estaba convencido de que Hoffman narraba el relato de El Magnetizador de manera muy similar a como Neil Gaiman narraba The Sandman (1988-1996). O, si es posible ser más preciso, Neil Gaiman narraba The Sandman de manera increíblemente similar a como Hoffman narraba El Magnetizador.

En la década de los ochenta, donde el cómic de superhéroes parecía arrojar a los protagonistas a una amarga madurez ―La última cacería de Kraven (1982), El regreso del caballero oscuro (1986), Watchmen (1986)― y se apostaba en el complejo, y a menudo delirante, mundo interior de los héroes; Gaiman se valió del marco mitológico que propiciaba el personaje de Sandman y rescató parte del mundo marginado por la Editorial DC Cómics ―el original superhéroe Sandman, Rainie― para crear un vasto universo plagado de referencias literarias, históricas y filosóficas. Shakespeare, Hobbes, Las tragedias Griegas, La Biblia… Usando como catalizador a un antihéroe como Sandman, desplegado entre los sueños de los hombres, un narrador expresionista y humanista como Gaiman, tan habituado al giro y a la creación de fabulas de abyecta significación, podía detenerse y diseccionar pequeñas historias y mundos inconexos; mundos que se convertirían en laberintos sobre los sueños; laberintos que se internan en los miedos y debilidades de los seres humanos. En The Sandman se tratan los temas fundamentales de la humanidad: muerte, suicidio, los mundos posibles del arte,  filosofía..; en definitiva, los sueños del hombre. Todo con una reconocible pincelada Lovecrafiana tanto en el diseño estético como en las tripas del guión.

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El Sandman de Gaiman, aunque se descubra como una criatura sombría, se aleja de la visión popular e inquietante, de algún modo doméstica, sedentaria y familiar propia de las leyendas antiguas célticas. Gaiman lo caracteriza como un eterno adolescente, el dios justo que pondera el mundo de los sueños ―Morfeo; Oneiros, Dador de Mundos, son algunos nombres que recibe en el cómic― y que guarda el equilibrio colectivo, que se identifica más con una deidad clásica que con la actividad íntima, abominable, individual y desnuda de soñar.

Aseverando estos pensamientos y estableciendo divertidas relaciones entre Gaiman y Hoffman, acabé de leer El Magnetizador: la última frase del cuento, concluía como una maldición: ¡Al fin voy hacia ellos!, decía Brickett, el pintor, en su testamento. Después, una página amarillenta sin impresión y el título del segundo relato. Tragué saliva. El título del segundo relato era “El hombre de la arena”. Imaginé que se trataba de un déficit de traducción del alemán; que “El hombre de la arena” era, en realidad, “El hombre en la arena” o “El hombre de arena”. El título contaba con un pequeño asterisco de referencia que conducía al pie de página y al título original: Der Sandmann. (El hombre de la arena).

Coppelius, el coleccionista de ojos

Más allá de la primera página no encontré referencia alguna a Sandman. Der Sandmann comenzaba con la carta de un universitario, Nataniel (nombre de origen hebreo que significa regalo de Dios), a un amigo. Nataniel parece muy preocupado y afectado por un hecho que, según él, explicará más adelante y advierte a su amigo que para entenderlo debe remontarse a su niñez: a un trauma infantil que marcará su vida. Ya en la tercera página, con el Nataniel niño, su madre pronuncia las palabras mágicas: “Vamos, a la cama, que viene Sandman”. Nataniel, curioso y preocupado se dispone a investigar sobre el invitado; y una noche, sin que su madre se entere,  le pregunta a su abuela sobre el misterioso ser:

¡Ah, Thanelchen! ―me contestó― ¿No le conoces? Es un hombre  muy malo, que viene en busca de los niños cuando se niegan a acostarse y les arroja puñados de arena a los ojos, los encierra en un saco y se los lleva a la luna para que sirvan de alimento a sus hijitos; estos tienen, así como los mochuelos, picos ganchudos, y con ellos devoran los ojos de los niños que no son obedientes”

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 Nataniel interioriza el horror que le produce Sandman y se percata de que coincidiendo con las noches que su madre les envía a acostarse pronunciando el nombre de Sandman, se respira un ambiente de tensión y miedo durante la cena y después, en la cama, siempre escucha unos pasos muy reconocibles que van de la entrada al gabinete donde trabaja su padre. Una de las noches malditas y ante tanto secreto, Nataniel, con la intención de conocer a Sandman, se escabulle dentro del gabinete de su padre sin ser visto. Una figura aparece en la estancia infundiendo respeto y miedo en su padre. Nataniel descubre que Sandman es en realidad un abogado conocido de la familia llamado Coppelius y que ninguna otra figura podría haberle causado tanto horror;  Hoffman emplea un lenguaje limpio y pálido propio de toque de queda:

“Figuraos un hombre alto, ancho de espaldas, con una cabeza disforme, un rostro apergaminado y amarillento, cejas grises muy pobladas, bajo las cuales brillan los ojos de gato, y nariz larga que se encorva sobre el labio superior. La boca algo torcida se contrae a menudo con una sonrisa irónica; dos manchas de color rojizo coloran entonces los pómulos, y, a través de los dientes apretados, se escapa un silbido (…)

En los derroteros de la imaginación, Coppelius ―nombre que adoptará en 1997 una banda de Steampunk alemana en homenaje al personaje del relato― se me antojaba como la imagen abominable y desfigurada del actor Timothy SpallMr.Turner (2014); El discurso del Rey (2010)― de sonrisa diabólica y que, en cierta manera, evocaba el miedo y asco que pocas veces distingue el terror infantil hacia lo grotesco y lo malvado:

“Sus dedos callosos y velludos nos desagradaban más que todo, hasta el punto de que no podíamos comer nada de lo que él tocaba. Él lo había notado y cuando nuestra madre nos ponía furtivamente algún trozo de pastel o una fruta confitada, se complacía en tocarlo bajo cualquier pretexto (…) Nos llamaba sus pequeños animales y se nos estaba prohibido quejarnos o abrir la boca para decir la menor cosa”.

Nataniel asiste atónito a una sesión de alquimia presidida por Coppelius; desde su escondite ve como el abogado saca un horno y pronuncia incesante unas palabras aterradoras; como viejos graznidos de cuervo: ¡Ojos, ojos! Agazapado en su escondrijo Nataniel es descubierto por Coppelius ―¡He aquí unos ojos jóvenes!― y ante la escena, su padre grita horrorizado: ¡Maestro, maestro; dejadle los ojos a mi Nataniel…, ¡dejádselos! El niño se desmaya y despierta en los brazos de su madre que lo consuela. Su padre moriría en extrañas circunstancias durante las siguientes sesiones de alquimia, y Coppelius huiría sin dejar rastro. En la carta, un Nataniel ya universitario le explica a su amigo que hace pocos días apareció ante su puerta un vendedor ambulante de libros y reconoció las facciones del desaparecido Coppelius.

Hacia la mitad, el relato abandona la voz narrativa de las misivas y se eleva hasta presentarse como el propio escritor Hoffman que explica cómo Nataniel se vio atormentado por la imagen y el fantasma de Coppelius hasta la locura y el suicidio. Durante todo el cuento, Hoffman se debate entre la veracidad de las intuiciones de Nataniel y la certeza de que es un delirio propio de su funesta fantasía; tesis defendida por su amigo y su amada, Clara. Der Sandmann es una historia tan desquiciante como bella sobre la palidez del amor, el trauma y las aduanas de los sueños.

Quizá no importe que Coppelius igual que el señor desconocido que me contemplaba dormir fuesen reales o no; existieron en algún lugar de este vasto universo que es la literatura, la mente o el espíritu. Clara, quien es la voz de la serenidad y el equilibrio en la historia, reflexiona de manera limpia hacia la mitad del relato:

¿Existirá alguna fuerza oculta, dotada de tal ascendiente sobre nuestra naturaleza, que pueda arrastrarnos por la senda de desgracias y desastres? Si existe, está en nosotros mismos, y por eso creemos en ella y la aceptamos para llevar a cabo todas las acciones misteriosas.

Quizá no haya respuesta y todo sea invención. Pero no dejo de pensar en las coincidencias de la literatura;  también fue un vendedor ambulante, un Coppelius algo más remilgado y prudente, quien desveló a un jubilado Borges el secreto de lo imposible: Me dijo que su libro se llamaba El libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen fin. Como los sueños. Y pensé que lo infinito siempre acaba y acabará hiriéndonos los ojos.

***

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Una respuesta a “The Sandman: El hombre detrás del sueño

  1. aunque algunos no me crean :,c
    yo vi a sandman . iba de camino la colegio entre a la sala y derrepente el profesor me llama hacia afuera (para salir) en eso veo un ser extraño ojos negros y muy alto. mientras corria escuchaba como mis compañeros eran torturados cuando finalmente me atrapo me tiro una especie de arena brillante luego me tiro en un ataud con una cruz y repentinamente no veia nada :,c espero que me crean

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